La realidad de los futbolistas en México que sueñan con ser estrellas

DOMINGA.– Diter Guzmán todavía recuerda el día en que le sacaron la tarjeta roja definitiva en su naciente carrera como futbolista de segunda división. No hubo conferencia de prensa para anunciarlo.
No fue mencionado en los periódicos deportivos. Nadie le dedicó una nota en la televisión o en la radio.
Fue una conversación breve, casi burocrática. Fría.
En una sala de juntas de medio pelo, su entrenador le expresó “No entras en los planes”. Eso fue todo.
Jugó cinco años dentro del futbol profesional, después de haber salido de casa a los catorce años para perseguir un sueño que parecía posible. Ese lustro quedó reducido a nada cuando en unos minutos le dijeron que hasta ahí llegaba el camino que durante toda su infancia creyó que lo conduciría a la fama, al éxito y a mejorar sus condiciones de vida.
El futbol latinoamericano alimentó durante décadas una de las promesas más poderosas de la región: que una pelota podía sacar a un niño talentoso de la pobreza y cambiar el destino de toda una familia. Pero detrás de cada Cuauhtémoc Blanco, de todos los futuros Hugo Sánchez, o de los aspirantes a Rey Pelé, existen miles de jóvenes cuyo sueño termina antes del debut.La caída de Diter Guzmán no sucedió ese mismo día.
Llegó semanas después cuando dejó de levantarse temprano para entrenar. Extrañaba concentrarse con sus compañeros en hoteles o moteles antes de los partidos.
Entendió que el juego seguiría avanzando sin él. “Mientras más alto llegas, la caída es más dolorosa porque te enfrentas al mundo real”, dice Diter Guzmán para DOMINGA.Más de una década después del fin de sus sueños futbolísticos, con la serenidad de quien ya aprendió a mirar aquella derrota sin avergonzarse de ella, el futbolista originario de Michoacán bajó el balón así: “en el futbol vives en una burbuja. Sales de ahí y descubres que existe otro mundo, con otros problemas y otras reglas”.
La historia de Diter no es extraordinaria. Ese es precisamente el problema.
Es la historia más común del futbol. Sólo que casi nadie se da cuenta a tiempo.
Cuando apenas era un niño, en su natal Tacámbaro, el balón parecía otra cosa. Era diversión, sí, pero también una promesa.
En un país donde este deporte ocupa las sobremesas familiares, las conversaciones de oficina y las portadas de las revistas, convertirse en un futbolista profesional parecía una forma legítima de cambiar el destino de toda una familia. “Claro que superarme económicamente estaba dentro de mis sueños”, recuerda. “Vivimos en un país donde se come, se vive y se sueña futbol. Sabes de las oportunidades económicas que puede llegar a darte estar en primera división.
Claro que eso también es una motivación”, explica.Pero hubo un momento clave en el que ese prospecto de futuro para Diter Guzmán se estrelló con una pared de realidad. Los que llegan al estrellato en la industria del balón no siempre son los que más talento y condiciones tienen sobre la cancha.
Muchas veces llega quien paga favores, quien paga por jugar, quien tiene palancas “arriba” o es un buen publirrelacionista. “Es algo que existe y que te das cuenta, a mí como tal no me lo pidieron, pero me di cuenta de gente a la que sí le pedían dinero, gente que sí lo podía pagar y que gracias a eso pues está vigente. Digo, debe de existir algún talento para que Javier Chicharito Hernández, Armando La Hormiga González o para que hijos de exjugadores famosos, como Santi Giménez (que está jugando este Mundial con la selección mexicana) llegaran a primera división… pero pues obviamente tiene que existir también el apoyo de algo detrás, ¿no?”, sospecha Diter.
En ese instante, su fracaso individual dejó de parecerse a un mero accidente y se dio a conocer, frente a su cara, como un patrón estructural dentro del futbol mexicano. El maldito embudo en el futbol mexicano“De cada 10 mil jóvenes que aspiran a ser futbolistas profesionales, apenas 100 logran entrar a las reservas.
De esos, alrededor de 10 debutan y solamente uno o dos consiguen consolidar una carrera más o menos rentable”, asegura el economista Rafael Espinosa Ramírez, jefe del Departamento de Métodos Cuantitativos y profesor investigador de Economía de la Universidad de Guadalajara, para DOMINGA.Estos datos obligan a replantear toda la narrativa cultural sobre el pambol. Durante generaciones, América Latina aprendió a mirar el futbol como una escalera de movilidad social.
Pelé salió de una favela. Maradona convirtió Villa Fiorito en un mito.
Cuauhtémoc Blanco pasó de Tepito al Real Valladolid primero, y después a convertirse en uno de los futbolistas más importantes de México. Son historias ciertas pero también garbanzos de a libra.Espinosa lleva años estudiando el deporte desde una perspectiva poco habitual: la económica, mirándola a través del cristal de los deciles, los percentiles y el PIB.
Cuando le pregunto qué posibilidad hay de un niño mexicano que hoy entrena en una escuela de futbol logre vivir holgadamente su adultez dedicándose a este deporte, hizo una gambeta, frenó el ritmo de la jugada y respondió con una cifra que golea décadas de romanticismo: “ni el uno por ciento”.La atención pública siempre se queda con las excepciones, con los que se vuelven ídolos, pero casi nunca con el denominador común. Jamás con los derrotados en el torneo de la vida cotidiana. “La gente se enfoca en el exitoso, no en los otros 9 mil 999 que no llegaron”.
Para explicarlo recurre a una comparación inesperada: el Servicio de Administración Tributaria no presume a los pequeños evasores, exhibe a los artistas famosos porque son los que todos conocen.Con el futbol ocurre lo mismo: la industria se hincha el pecho de orgullo cuando relata las hazañas de Messi, Cristiano Ronaldo o Mbappé, mientras que, en la cancha de junto, miles de jóvenes que abandonaron el camino y desaparecen del narrativa de masas. Y se pone peor cuando ves que ni siquiera aquellos que logran cruzar el cerrado embudo tienen garantizado el éxito económico.
Rafael Espinosa insiste en que otro punto que rara vez aparece en las transmisiones deportivas es que el talento no es el único filtro para triunfar dentro del futbol. El mercado también selecciona apellidos, historias familiares, presencia mediática y hasta perfiles raciales para los anuncios comerciales. “Hay jugadores extraordinarios que simplemente no entran en el mercado”, afirma Espinosa.
No siempre basta con jugar mejor. “En una industria donde conviven representantes, patrocinadores, academias privadas y estrategias de mercadotecnia”, filtra el pase al área chica. “El futbol dejó hace tiempo de ser únicamente un deporte. También es un negocio.
Y como todo negocio, no siempre se premia al más talentoso”. El privilegio corre por la delanteraLa historia de Joaquín ‘El Capi’ Beltrán es de esas de menos del uno por ciento.
Quizá con el paso del tiempo se convirtió en una radiografía íntima de lo que significa la movilidad social dentro del futbol mexicano. El propio exjugador de los Pumas de la UNAM lo reconoce: “Mi historia es privilegiada.
Para mi el futbol siempre fue una pasión antes que ser una presión para lograr el sustento económico a futuro”, me revela en conversación para DOMINGA. Nacido en la colonia Narvarte, hijo de catedráticos de la UNAM –su madre egresada de Letras Inglesas y su padre de Arquitectura–, creció dentro de una familia de clase media en la que nunca faltó nada, pero tampoco había lujos.
En ese contexto, una prestación laboral de su familia le permitió entrar a la escuela Pumitas. “A los cuatro años de edad comencé a jugar futbol. Era un ambiente más recreativo que competitivo, definitivamente”, recuerda Bernal.El momento que lo marcó para siempre sucedió en algún partido de los Pumas en la Liga Mx.
Su categoría infantil fue la encargada de hacer el “show de medio tiempo” para entretener a los aficionados. Ahí miró a la tribuna y quedó sorprendido: las porras, las banderas ondeando y sus ídolos Luis Flores y Manuel Negrete a tan solo unos metros de distancia. “Sentado en la rampa del estadio de CU, ese día decidí que quería ser futbolista profesional.
Desde entonces modifiqué mi alimentación, mis descansos y me enfoqué en entrenar con disciplina. No me costó tanto trabajo, porque era similar al estudio.
Y más porque de joven era un poco nerd para la escuela”, confiesa.Joaquín no cargaba con la urgencia de sacar a su familia de la pobreza, como muchos compañeros que eran el sostén de padres, hermanos y hasta cuñados, primos y abuelos. Beltrán tenía otra vida: había ingresado a la Facultad de Química y cursó cuatro semestres antes de que la huelga universitaria de 1999 y las exigencias del futbol lo obligaran a elegir el deporte.
Esa doble opción le dio tranquilidad: “si no hubiera sido futbolista profesional, hubiera sido ingeniero químico. Era bueno para los elementos y la tabla periódica, aunque no tanto para la Física y las Matemáticas.
Terminé hasta el cuarto semestre de la carrera, pero con los entrenamientos, los viajes y los partidos, ya no pude seguir”. Su carrera profesional duró catorce años, una excepción notable en un país donde el promedio es de apenas tres.
Fue el capitán de Pumas, de Cruz Azul y jugó trece partidos con la selección mexicana, aunque sólo uno de carácter oficial. Nunca fue del gusto de los entrenadores nacionales cuando vivía su mejor momento. “No le llené el ojo ni a Javier Aguirre, en su primera etapa con El Tri, ni a Ricardo Lavolpe que llegó después al timón.
Eso me cerró la puerta de los Mundiales de 2002 y 2006. Aunque ya visto a la distancia, si me hubiera deprimido por no haber jugado esos torneos, no habría disfrutado los últimos años de mi carrera”, sostiene.
Incluso quienes logran consolidarse enfrentan filtros invisibles como las predilecciones del director técnico, la suerte y las palancas que podían permitir o limitar su ascenso. Por eso Beltrán subraya la fragilidad de la carrera futbolística. “Puede destruirse por factores externos ya sea una lesión, una decisión técnica o incluso la fama, las fiestas, el despilfarro.
Pero también puede transformarse: aprovechar una oportunidad inesperada y alargarla”, afirma. Su trayectoria, no obstante, es ejemplo de movilidad social: de ser un niño en Pumitas, a capitán de equipos muy populares y de futbolista a directivo de un club, hasta convertirse –en la actualidad– en analista en radio y televisión, asimismo de conferencista.
El futbol es un espacio de movilidad social, pero también de desigualdad. Para algunos fue un camino de pasión respaldado por estudios y su familia; para otros, una apuesta desesperada que se juega contra el tiempo y la presión económica.
Sólo 2 de cada 100 futbolistas logran llegar a la cita del éxitoLas historias reales sobre futbolistras que alcanzaron la riqueza, son escasas pero construyeron una especie de mito inspiracional. Decretaron la ilusión de que el futbol significaba el camino más corto para dejar la miseria y vivir en la opulencia.
Se le creyó una especie de gran ascensor social en varios pueblos de América Latina. El sueño americano del balón.
El paso del acento de barrio, al olor a pasto recién cortado y con un futuro lleno de contratos millonarios.“En México la cigüeña te coloca en un escalón y ahí te puedes quedar toda la vida”. Con esa imagen, Roberto Vélez Grajales, director del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, describe lo que significa la movilidad social en este país.
Y empieza rudo el partido: “en México, la mitad de los que nacen en el 20% más pobre se quedan ahí. Y de los que logran salir, la mayoría apenas sube un escalón”.
Los datos arrojan que sólo dos de cada 100 personas hacen todo el recorrido y llegan al 20% más alto de la pirámide. “Esos serían los futbolistas que ‘la hacen’, los que logran cambiar su destino y el de su familia”, compara. El futbol es un espejo de todo ello.
Miles de niños sueñan con ser como Messi o Cristiano. La probabilidad de llegar es mínima, asimismo de que el costo de intentarlo es muy alto: dejar la secundaria, la prepa y cerrarse otras puertas. “Cuando tienes tanta gente intentándolo aunque sepan que la probabilidad de que efectivamente lo logren es muy baja, eso también explica lo que hay en el fondo.
Te está diciendo que tampoco tienen muchas otras alternativas”, explica. La comparación con países escandinavos es brutal.
Allá, los que logran subir son seis veces más. Aquí, tres de cada cuatro que nacen en el quintil más bajo siguen atrapados en la pobreza.
Vélez lo llama un problema estructural: alta desigualdad de oportunidades. Y tenemos un panorama bastante crudo, los jóvenes se disputan entre el futbol o el crimen organizado.
El narco como otra vía de movilidad social, aunque con un riesgo mucho mayor, la probabilidad de perder la vida. “Es casi igual o peor porque también ahí son muy pocos los que llegan a la cima”, comenta Vélez.Tanto en el futbol como en el narco, la mayoría se queda en el camino. En ambos casos, el ciclo de éxito es corto, con unos años de gloria, de dinero, de fama, y después la caída.
La diferencia es que el futbol es una profesión digna, pero con un embudo feroz. Por eso, insiste Vélez, la sociedad debería preocuparse por dar formación a los deportistas, para que las ganancias de esos pocos años se conviertan en patrimonio duradero.
Y recuerda que el futbol produce varias decenas de multimillonarios, sí. Pero también es testigo de caídas espectaculares.
Cómo olvidar al célebre Manuel Francisco dos Santos quien fue campeón con la selección de Brasil en el Mundial de México 1970. Era uno de los mejores extremos de todos los tiempos. “Y pese haber acariciado la gloria, terminó sus días en la miseria”.
Los más famosos “garbanzos de a libra” en el planeta son Pelé y Maradona. Gracias a sus habilidades y talentos, lograron salir de la pobreza.
En México, tenemos el caso de Cuauhtémoc Blanco, quien transformó su origen humilde en el “barrio bravo” de Tepito en una biografía asquerosamente pudiente. O, antes, el de Hugo Sánchez: el máximo ídolo, que pasó de las canchas de Ciudad Universitaria a las del Real Madrid, en donde ganó cinco campeonatos de goleo individual que le hizo acreedor al mote El Penta Pichichi’. No obstante, hay más ejemplos de fragilidad que de divinidad.
Salvador Cabañas es uno de ellos. Delantero paraguayo, sensación durante los años dosmiles y una figura del Club América en el futbol mexicano.
Su éxito subía como la espuma, hasta que un 25 de enero de 2010 sufrió un atentado al interior del antro “Bar Bar” al sur de la Ciudad de México. Tenía 29 años, percibía un salario cercano a los 89 mil dólares mensuales, jugosos bonos de productividad y –a precio de mercado– llegó a tener un valor cinco millones de euros.La bala quedó alojada en su cabeza.
Sobrevivió de manera milagrosa, pero su carrera profesional quedó truncada. Intentó regresar al futbol pero nunca pudo recuperar su nivel.
Hoy, a sus 45 años, vive en su natal Paraguay, sigue vinculado al futbol como entrenador y conferencista, y enfrenta problemas económicos luego de perder la fortuna que acumuló por malos manejos, incluso sus hijos han buscado declararlo “enfermo mental” para proteger los pocos bienes que mantienen. Heredar el sueñoEl padre de Diter Guzmán fue el “culpable” de alimentar su ilusión.
Lo llevaba a entrenar y hasta se quedaba con él sobre la cancha, ya entrada la noche, después de sus entrenamientos, para seguir practicando. Le repetía amorosamente que aprovechara esa oportunidad que él nunca había tenido, su propio papá (el abuelo) le prohibía jugar y tenía que escaparse para disputar los partidos a escondidas.Hoy, Diter Guzmán acompaña a su hijo de diez años a entrenar.
Lo observa correr detrás de la pelota con la misma ilusión con la que él corría hace más de dos décadas. No piensa decirle que abandone el sueño.
Tampoco piensa mentirle. Quiere que juegue, que disfrute, que luche.
Pero también quiere que estudie y que imagine en una vida más allá del futbol.Un futbolista consolidado en la Liga MX puede ganar entre 300 y 600 mil pesos mensuales, asimismo de ingresos por publicidad, pero esa bonanza suele durar apenas una década o poco más. Después llega el retiro.
Y si durante esos años no hubo una adecuada administración financiera o una preparación académica paralela, el descenso puede ser tan abrupto como una lesión en la rodilla.Cuando le pregunto qué debería hacer una familia con un niño o una niña que sueña con llegar a primera división, Rafael Espinosa, también Maestro en Economía por el CIDE, responde que no deben cortarle las alas. “Todo lo contrario, siempre recomiendo apoyarlo, llevarlo a entrenar, acompañarlo en el intento. Pero también agregar una condición no negociable: pónganlo también a estudiar.
Que no abandone la escuela”. Gol de media tijera.
Las probabilidades (sigo en shock con el dato) indican que en el 99.9 por ciento de los casos, el futbol no alcanzará para construir una vida económica estable. “Ganarán más de albañiles que de futbolistas cuando lleguen a los 30 años. Obviamente, el balón puede abrir algunas puertas; “apostar a que sea la única, es un riesgo demasiado alto para cualquier familia”, concluye Espinosa.“En la actualidad, entreno a equipos femeniles y estoy enfocado en los anhelos de mi hijo de 10 años que quiere seguir mis pasos en el futbol”, me cuenta Diter Guzmán mientras está sentado dentro de su camioneta azul, haciendo una pausa de sus actividades matutinas para atender la charla. “Pienso que las niñas tienen cerca el sueño de jugar en primera división, obviamente no ganan los mismos sueldos que los hombres, pero creo que en algún futuro lo va a lograr.
Siendo padre de tres, sobre todo del mayor que quiere seguir mi camino, mi rol fundamental es darles las mejores herramientas para que no se case únicamente con este sueño. Porque esa obsesión me hizo cerrarme muchas oportunidades”, dice con un nudo en la garganta.
Y es que, luego de su largo y sinuoso partido, Diter ya sabe algo que nadie le explicó cuando era niño: hay sueños que te transforman la vida. Y existen otros que también pueden extinguirla.
Porque la calabaza de estas cenicientas que aspiran a ser princesas podría nunca transformarse en una carroza de lujo.GSC/ASG
Information from Milenio (México). Edited by: Noticias Today.
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