Ciencia soberana, ¿para qué?

SANTA FE.— Vivimos en una sociedad productivista, donde cada componente debe cumplir un rol claro y evidente. Si a eso le sumamos un Estado sobresaturado, con décadas de inflación acumulada, alta disparidad salarial y una falsa idea de meritocracia, esa que promete que hacer más te lleva más lejos, cuando en realidad la economía está moldeada por los vaivenes del mercado, preguntarnos por el concepto de "Ciencia soberana" parece casi irreal.
Ciencia soberana y la situación en Argentina Hablar de soberanía es hablar de la capacidad de tomar decisiones de manera autónoma y ejercer autoridad sobre algo; en este caso, sobre el conocimiento científico que se genera en un país. En Argentina, el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología se estructura en cuatro grandes grupos de organismos del Estado: El financiamiento y la investigación general (Agencia y Conicet); la innovación productiva (INTA, INTI, CNEA y Conae); el resguardo territorial y estratégico (Citedef, IGN, SMN y SHN) y la protección de la salud pública junto al monitoreo de los recursos naturales y sismológicos (Anlis, INA, Inidep, Segemar, Senasa e INPRES).
Quizás los que más te suenen sean el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet, donde trabajo), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) o el Instituto Nacional del Agua (INA). Pero hay otros como la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el Instituto Geográfico Nacional (IGN) o el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), que cumplen funciones diversas generando conocimiento de relevancia y aplicaciones tecnológicas estratégicas para nuestro país.
Históricamente en Argentina, cada vez que la prioridad política pasa por reducir el gasto público de manera acelerada, la ciencia suele estar entre las áreas más afectadas. Esto se traduce en pérdida de poder adquisitivo de sus trabajadores, menos financiamientos para proyectos de investigación y dificultades para sostener líneas de trabajo a largo plazo.
La pregunta que surge es si entendemos las consecuencias que estas decisiones tienen años después, cuando necesitamos conocimiento propio para resolver problemas complejos. Para tener una dimensión realista, Argentina invierte hoy alrededor del 0,6% de su Producto Bruto Interno (PBI) en el sector científico y el financiamiento de universidades públicas y privadas (datos actualizados al año 2023).
Por medio de la ley Nº 27614 (de Financiamiento de la Ciencia), se estableció que para 2032 se alcanzara de forma progresiva el 1%. Lamentablemente, este horizonte quedó trunco luego de los recientes cambios legislativos que eliminaron la obligatoriedad de alcanzar ese piso.
Mirar a la región nos muestra que se invierte, en general menos del 1% del PBI en Ciencia: Brasil destina 1,19%, Chile 0,39% y Uruguay 0,70%. En contraste, las naciones desarrolladas muestran otra prioridad: Estados Unidos invierte 3,45%, Bélgica 3,27% y Alemania 3,15%; siendo Israel uno de los que más inversión realiza alcanzando valores de 6,35%.
Una respuesta frecuente es que estos países pueden hacerlo porque son economías más desarrolladas y estables. No obstante, la relación también funciona en sentido inverso: gran parte de su desarrollo económico, tecnológico y productivo es consecuencia de décadas de inversión sostenida en investigación y desarrollo.
Ciencia Básica y Ciencia Aplicada Para que nos entendamos mejor: la ciencia básica explora los fundamentos de la naturaleza. Su objetivo es ampliar los límites de lo que sabemos.
La ciencia aplicada, por su parte, toma parte de ese saber generado para diseñar soluciones reales, como nuevos medicamentos, mejoras en cultivos o energías limpias. No compiten; se necesitan.
Por ejemplo, el láser que lee los códigos de barras en el supermercado funciona gracias a conocimientos desarrollados décadas antes en física cuántica. Lo mismo ocurre con la fibra óptica que usamos para trabajar o el wifi que tenemos en casa, tecnologías que surgieron a partir de la generación de conocimiento básico.
Esto es, muchas de las tecnologías que hoy damos por sentadas nacieron de investigaciones que, en su momento, parecían no tener una aplicación práctica e inmediata. Hoy nos atraviesan el cambio climático, el aumento poblacional, la contaminación, la degradación de ecosistemas y la desigualdad social.
En este contexto, el desarrollo científico-tecnológico es una herramienta indispensable para tomar decisiones que se traduzcan en políticas públicas eficientes. La mayoría de estas cosas no las vemos, pero hay mucha investigación y personas detrás que trabajan para hacernos la vida más simple.
Según el Banco Mundial, en las próximas décadas la producción global de alimentos deberá aumentar de manera sostenible para satisfacer la demanda, superando desafíos como la sequía, las plagas y la salinización de los suelos. En tanto que, en salud, las enfermedades transmitidas por vectores y la contaminación del agua siguen imponiendo una carga enorme sobre los países en desarr
Information from El Litoral (Santa Fe). Edited by: Noticias Today.
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