Ruinas sobre ruinas (un testimonio desde Caracas)

“Un estruendo invisible ha curvado mi espalda y un movimiento violento sobre mis pies ha sacudido mi cuerpo. Un terremoto de gran magnitud se siente antes de que empiece”.Residentes entre los escombros de un edificio en ruinas por los terremotos, en la localidad de Catia La Mar, en el estado costero de La Guaira (Venezuela).Ronald Pena R.Alaridos salvajes de guacamayas y loros espantados recorren el cielo.
Alertan de un instante. Enloquecidos chocan contra edificios anclados sobre las ruinas de una ciudad que lleva demasiado tiempo sufriendo.
He sentido un rugido y he alzado la mirada buscándolo. Un estruendo invisible ha curvado mi espalda y un movimiento violento sobre mis pies ha sacudido mi cuerpo.
Un terremoto de gran magnitud se siente antes de que empiece. Es el espacio que la naturaleza concede al instinto.
Un momento mínimo donde el cuerpo se tensa para no romperse por la mitad. Me he abrazado a la mujer con la que comparto mi vida con un miedo profundo.
Temores que solo se experimentan una vez. Nos abrazamos para mantener el equilibrio aturdidos por los gritos de quienes están a nuestro lado.
Recuerdo a un hombre joven que agitaba las manos gritándome para que nos arrastráramos hacia el centro de la calle, y nos alejáramos de los edificios y de los árboles hermosos que nacen en el medio de las aceras de Caracas, que parten el cemento en dos con sus raíces. Recuerdo ver el Ávila cubierta por una nube grisácea y por encima de ella una montaña muerta, cegada por una puesta de sol que ha llegado antes de tiempo.
He sentido frio en una tarde donde se ha detenido el aire fresco que acaricia la piel. Recuerdo oír golpes secos rebotando en el asfalto agrietado, que resuenan contra la cara de un dios que ha vuelto a abandonar a esta patria.
Gentes que sufren en un lugar que ha sido arrasado por la avaricia. Años de escombros como los que hoy cierran el paso nuevamente.
Calles y esquinas repletas de historias de vida de quienes han cruzado fronteras huyendo de la miseria, de pueblos vaciados o de quienes han resistido a esta hecatombe venezolana sin fin, sobrevivientes sin salir de la propia casa, que es mucho decir en un lugar donde nadie está a salvo nunca. Se ha hecho ese silencio que solo se escucha aquí, de esta manera tan rotunda.
Tan criminal. Ha vuelto el miedo.
Yo también lo siento. Se había ido hacía meses aliviando el peso de las necesidades que ahogan el día a día pero ha vuelto.
Siempre el miedo, y se mueve entre las ruinas de casas y edificios colapsados, entre barrios que fueron y no son más, entre las manos temblorosas de voluntarios que remueven las piedras de una nueva tragedia alumbrados con linternas fatigadas de dar luz a tanta penumbra. El miedo se alimenta de la incertidumbre y la oscuridad.
Ahora que empezábamos a respirar después de tantos años, se lamenta una mujer negra de las que hacen oficio en casa ajena mientras trata de hablar con su hija. Se oye un lloro al otro lado de la montaña, sobre la costa.
Una tierra desgarrada desde el fondo del Caribe por una naturaleza que también ha sufrido la codicia y el maltrato. Cuando una maldición así de grande llega a una familia, a una vereda, a una ciudad, a una patria entera no es casualidad.
Nunca es casualidad que se junten todas las desgracias en la misma puerta de la misma casa a lo largo de una vida de padecimientos. Es la consecuencia de muchas otras pequeñas maldiciones que han pasado desapercibidas para todos o que han sido aceptadas como males menores mientras se disfrutaba de la vida sin atender a lo importante o como castigos inexplicables impuestos por quienes matan al pueblo de hambre.
Ruinas sobre ruinas que se repiten como explicaciones de lo inexplicable, ahogando la esperanza, igual que se repiten a cada metro las pisadas marcadas en la selva de los que huyeron o los alaridos de las aves sobre el Ávila alertando sobre la agonía de la humanidad.
Information from El Espectador (Colombia). Edited by: Noticias Today.
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