“Pasaron muchas cosas en muy poco tiempo”, resume Pablo Ghisoni. Desde su casa, un PH ubicado en el barrio inglés de Temperley, el ginecólogo, de 57 años, dice aún no entender cómo, en un año, su vida pudo haber cambiado tanto.

Recuerda haber pasado el Día del Padre de 2025 forzando la distracción, tal como acostumbraba a hacer durante todas las celebraciones familiares. Almorzó con Francisco, su hijo mayor, el único con el que mantenía vínculo, y transcurrió el resto de la jornada inventando actividades para maquillar la angustia y no pensar en Tomás y en Ignacio, sus hijos menores, a quienes no veía desde 2016 debido a una prohibición de acercamiento por una falsa denuncia de abuso sexual en su contra.Este Día del Padre, la situación es totalmente distinta.

Por primera vez desde el inicio de la causa, almorzarán todos juntos: Pablo, sus tres hijos y sus padres. “Francisco y yo vamos a hacer unos ravioles de osobuco. Vamos a empezar temprano, hay que cocinar la carne y hacer la masa”, cuenta, unas horas antes, Tomás, el hijo del medio, de 24 años.

Al igual que su padre, se muestra sorprendido: “Hace un año, yo no imaginaba posible este escenario, no me imaginaba teniendo un vínculo con mi papá, y hoy lo tengo. Si le preguntás a mis hermanos, te van a decir lo mismo: que este no era un escenario posible”, sintetiza el estudiante de abogacía. “Yo no sabía que Tomás iba a hacer ese video.

Sí, tiempo antes, él le había pedido a Fran que me pregunte si podíamos encontrarnos. Yo estaba reticente.

La verdad es que no sabía cuál era su relación con la madre, si esto era una cosa armada. Cuando te han lastimado mucho, estás medio a la defensiva.

Yo le dije que necesitaba acciones, no palabras. Y bueno, tiempito después él graba el video y me lo manda”, cuenta su padre durante una entrevista con LA NACION.

En el living de su casa hay fotos de la infancia de los chicos; los tres comiendo choclo en la playa, Tomás con él esquiando, un retrato de Ignacio, entre otras. Hasta hace poco, estas imágenes eran parte de los últimos recuerdos que Pablo tenía de sus dos hijos menores, hoy de 24 y 17 años.

En cierta medida, destaca, no había perdido la fe de recuperar el vínculo, pero intentaba no hacerse ilusiones. “Durante años, para poder seguir con mi vida, hice una especie de duelo de dos de mis hijos. Tener hijos vivos que no podés ver, es decir, tener que hacer el duelo de alguien que está vivo, es complicadísimo, duele enormemente.

A mí me ayudó mucho el psiquiatra que me atendió en la clínica psiquiátrica donde estuve detenido. Me llevaron ahí porque yo dije que, si me mandaban a la cárcel por algo que no había hecho, me iba a matar.

Él me ha ayudado muchísimo a poder vehiculizar todo lo que sentía de una manera no tan tóxica”, cuenta.Un vínculo “en construcción”Hoy, Pablo vive con Ignacio y sus otros dos hijos los visitan todos los fines de semana. A primera vista, pareciera como si la película hubiese sido rebobinada y los últimos 10 años no hubieran pasado.

Pero tanto el padre como sus tres hijos sostienen que no es así: dicen que el vínculo entre ellos todavía está en construcción. “Es todo nuevo, nos estamos conociendo. La última vez que los había visto eran chicos, y ahora son adultos″, sostiene Pablo.

El efecto del paso del tiempo se le hizo especialmente visible el día que se reencontró con su hijo menor. “Yo cumplo el 8 de noviembre y mi hijo más grande, el 9. Entonces, Tomás nos expresó: ‘Quiero hacerles un regalo de cumpleaños a los dos’.

Nos citó en un lugar. Cuando yo llego, lo saludo a Tomás, que ya estaba ahí, y él me dice: ‘Terminá de saludar al resto’.

Al lado suyo estaba Nacho, y yo no lo reconocí. Hacía 10 años que no lo veía y que no tenía ningún contacto.

Una vez que le mandé un mensaje, la mamá me hizo una denuncia de hostigamiento. Tenía contacto cero.

Fue muy heavy. Lo abracé, me emocioné un montón.

Él estaba duro”, recuerda.Al igual que la relación con Ignacio, la relación con Tomás también inició de a poco: primero con encuentros en un café, luego con almuerzos en su casa y festejos familiares. Pese a que él mismo tomó la iniciativa, Tomás afirma que retomar el vínculo con su padre no fue simple.

En agosto del año pasado, a un mes de haber filmado el video, comentó a este medio que todavía le costaba llamarlo “papá”. A Pablo también le resultó complicado volver a relacionarse con él.

Ante la pregunta de si logró perdonarlo enseguida, el médico responde que no fue de inmediato, pero que tampoco le llevó mucho tiempo. Se había sentido especialmente dolido por las entrevistas en medios en las que Tomás había participado siendo ya mayor de edad, junto a su madre, donde el joven había hablado de él como un abusador. “Me pongo un poco en su lugar, y la verdad es que me duele.

Tanto él como su hermano tuvieron infancias destruidas. Imaginate lo que es haber acusado a tu padre y después enterarte o descubrir que tu madre te usó grotescamente.

En el caso de Tomás, esto incluyó tener que cambiar públicamente de discurso. Hay que ser muy valiente para hacer eso”, dice.

Tomás, sentado a su lado, le responde: “Yo no lo tomé como un acto de valentía, sino como el acto que correspondía. Durante años, sostuve algo que en su momento creí que era verdad.

Obviamente no fue fácil retractarme, así que quizás sí, tuve coraje. Sentí que era lo justo y que me tocaba abordar la realidad”, dice el hermano del medio, que en la actualidad vive solo en la Capital.

Se muestra especialmente satisfecho con la manera en que volvió a relacionarse con su padre, con quien ahora, asimismo de juntarse los fines de semana a almorzar, juega al tenis.