Vacuna contra la neurosis

La sensatez y la ecuanimidad requeridas para lidiar con los neuróticos no son atributos muy comunes entre los poetas, que más bien suelen ocupar el diván del paciente o la camilla de electroshocks. Desde hace tiempo admiro la poesía de Efraín Bartolomé, pero sólo conocía superficialmente su faceta de psicoterapeuta, y ahora, luego de haber leído Educación emocional en 20 lecciones, la obra donde resume sus experiencias en ese campo, me sorprende más aún que haya encontrado un punto de equilibrio entre la razón y el arrebato lírico.
El romanticismo popularizó la idea de que el poeta es un loco sublime tocado por el fuego divino. Desde entonces miles de poetas han idealizado con más pena que gloria la euforia dionisiaca, pero la doble vocación de Efraín Bartolomé propugna en cambio un ideal apolíneo: elevar la salud mental a la altura del arte.
La serenidad que predispone al vuelo imaginativo parece regir sus dos vocaciones.Si en la poesía cultiva la emoción creadora, en el consultorio combate los demonios que la pervierten.Hace tiempo, en una charla de sobremesa, le dije a Efraín que para mi gusto el concepto de inteligencia emocional es un oxímoron. Me respondió muy serio que estaba yo en un error y ahora entiendo por qué.
De hecho, en el capítulo titulado “Preeminencia de las actividades cognoscitivas” refuta con argumentos muy convincentes el famoso aforismo de Pascal, “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, negando la aparente pureza o espontaneidad de la emoción neurótica. Los legos en la materia tendemos a creer que las perturbaciones emocionales desencadenan en lo que Bartolomé llama “ideas enemigas” o “pensamientos irracionales”.
Pero él invierte los términos de la ecuación: “La emoción neurótica —explica— es producto del pensamiento torcido”. De aquí se infiere, o al menos infiero yo, que no existen emociones o pensamientos en estado puro: brotan al unísono y en eso estriba la dificultad para diferenciarlos, una tarea que nos obliga a crear anticuerpos contra “el sufrimiento falso que añadimos al sufrimiento legítimo”.
Decir, por lo tanto, “me siento culpable”, falsea el significado de nuestra experiencia. “¿Por qué? Porque la culpa no es una emoción: es un pensamiento”, apunta Bartolomé.
El lenguaje cotidiano resulta en este caso un obstáculo para entender lo que de verdad está sucediendo en la psique.Albert Ellis, el fundador de la psicoterapia conductiva conductual, la disciplina que Bartolomé, junto con un pequeño grupo de colegas, introdujo en México a partir de los años 70, reconocía entre sus precursores a Epicteto, el padre del estoicismo, quien sostenía: “El hombre no se perturba por las circunstancias, sino por lo que piensa de ellas”. Y como la aparente emoción es en realidad un pensamiento viciado de origen, la mejor defensa contra su efecto derrotista “consiste en desarrollar nuestra capacidad para localizar en el interior de nuestra cabeza todos los modos de pensamiento irracional.
Se trata de atrapar las sabandijas irracionales que dañan nuestra mente y sacarlas: sólo así podemos mirar a los demonios de frente”. En otro capítulo de su libro, Bartolomé hace un inventario de esas sabandijas: la creencia de que el amor es una necesidad, la sobrestimación del perfeccionismo, la escasa capacidad para soportar frustraciones, la inclinación a presentir catástrofes, la idea de que las experiencias del pasado nos seguirán afectando toda la vida y la tendencia a rehuir las dificultades en vez de enfrentarlas.
Casi todos los seres humanos hemos caído alguna vez en esas trampas, aun a sabiendas del daño que nos hacen. Uno de los conceptos más originales del libro es, a mi juicio, el de “violación mental”.
Se refiere a la proclividad de muchos neuróticos a creer que pueden leer la mente de los demás, achacándoles por supuesto intenciones aviesas. Los violadores de cuerpos suscitan un repudio unánime, pero ninguna ley castiga la manía de atribuir al prójimo envidias soterradas, fantasías libidinosas, propósitos ruines o antipatías gratuitas a partir de vagos indicios.
Quienes alguna vez hemos sucumbido a las ideas enemigas tipificadas por Bartolomé, necesitamos con urgencia una vacuna como esta, si no para alcanzar una cura total, por lo menos para paliar los estragos de la neurosis. Los maleducados emocionales, quizá 90 por ciento de la población mundial, somos, por lo tanto, el público al que va dirigido el libro, no con el ánimo de predicar la normalidad (la gente normal es más bien su objeto de estudio), sino de ponernos en guardia contra la neurosis convertida en norma.
Hasta la persona más cuerda debería leerlo en defensa propia, pues nadie puede minimizar la variedad y el potencial tóxico de los males imaginarios que inventamos para hacernos daño.
Information from Milenio (México). Edited by: Noticias Today.
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