Ha sido la cumbre de todas las deferencias para Donald Trump. El G-7 en Évian-les-Bains aplazó 24 horas su inicio para permitir al presidente estadounidense celebrar su 80º aniversario en la Casa Blanca.

De todos modos llegó una hora tarde a una sesión bromeando que él “es el jefe”. Los demás líderes le rieron la gracia.

Para no incomodarle, el cambio climático desapareció de la agenda y Emmanuel Macron, que presidía la reunión, colocó en el orden del día los desequilibrios comerciales que provoca China, uno de los temas en los que el resto de miembros del club puede encontrar una causa común con Estados Unidos. Los participantes, aliviados por la posibilidad del final de una guerra que lastra la economía mundial, han elogiado el acuerdo de alto el fuego con Irán, aunque a ninguno le escapa que supone una derrota para la primera potencia mundial.

Ante la posibilidad de que Trump diera el portazo y se marchara antes de tiempo, como ha hecho en otras ocasiones, Macron le invitó en la noche del miércoles a una cena en el Palacio de Versalles para celebrar otro aniversario, el 250.º aniversario de la independencia de EE UU.Seguir leyendo