"Las apuestas me quitaron todo". Jugó por 15 años, su vida descarriló y es su primer Mundial "limpio"

Con el inicio del Mundial, Gonzalo Enríquez está logrando hacer algo que no pudo hacer durante 15 años: mirar los partidos sin apostar. Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022 quedaron atravesados por la misma obsesión: apostar un partido más, recuperar una pérdida más, intentar una vez más aquello que nunca terminaba de funcionar. “Apostando desperdiciás tu vida”, resume Gonzalo.
Y sigue: “Este Mundial es especial para mí: el primero que disfruto con amigos”.Hoy tiene 37, vive en San Fernando y lleva más de dos años sin jugar. Empezó a apostar a los 20 y durante una década y media estuvo sumergido en una adicción a las apuestas deportivas que lo hizo acumular deudas, recurrir a prestamistas, vender sus pertenencias más queridas y hasta “destruir” la extensión de la tarjeta de crédito de su mejor amigo.Pero las apuestas deportivas no solo le hicieron perder plata.
También le fueron quitando el disfrute del fútbol y de gran parte de su vida. Hubo momentos en los que sintió que nunca terminaría de pagar sus deudas.
Que no iba a poder salir de ese pozo. “Veía todo negro”, recuerda.Por eso, mira con preocupación lo que puede ocurrir durante la Copa. “Para el que apuesta es terrible porque se juntan sus dos ‘pasiones’: el Mundial y las apuestas”, explica. “Y esta Copa del Mundo tiene más de 100 partidos, un promedio de cuatro por día. Es una exposición enorme”, suma.El riesgo de caerEl temor de Gonzalo no es infundado.
En el país, el 24% de los chicos y chicas de entre 12 y 17 años reconoce haber apostado dinero por internet alguna vez, de acuerdo con el último estudio Kids Online Argentina de Unicef y Unesco.Por otro lado, ocho de cada 10 adolescentes consideran que existe un riesgo de adicción y que las medidas para impedir el acceso de menores no funcionan. Siete de cada 10 reportan ansiedad vinculada al fenómeno, según una encuesta nacional realizada por Cruz Roja Argentina en 231 escuelas secundarias. “El 83% señala que el ingreso se produce a través de billeteras virtuales”, advierte José Scioli, director del Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina.
Incluso después de más de dos años sin apostar, Gonzalo sabe que escapar de esos estímulos sigue siendo difícil.Hace poco respondió “inocentemente” una historia de Instagram de un influencer de fútbol al que seguía. La consigna parecía simple: adivinar el resultado de un partido.
A los pocos segundos recibió un mensaje automático ofreciéndole crédito para apostar en una página. “Me sentí el más tonto del mundo”, cuenta. Apuestas: una guía para prevenir y encontrar ayudaLa puerta de entradaGonzalo recuerda perfectamente la primera vez que apostó.
Tenía 20 años y trabajaba en el área administrativa de una empresa gráfica. Una tarde vio a un compañero navegando por una página de apuestas deportivas.
Se acercó por curiosidad. Había estudiado periodismo deportivo y sentía que conocía lo suficiente como para anticipar resultados.Al principio parecía un entretenimiento más.
Las primeras experiencias alimentaron la ilusión de que podía controlar la situación. Pero poco a poco la compulsión le fue ganando terreno al disfrute.
Empezó a apostar para recuperar lo perdido. Después, simplemente, ya no pudo dejar de hacerlo.
Su vida inició a organizarse alrededor de los eventos deportivos.Si había partidos en Asia, se quedaba despierto hasta la madrugada e incluso noche enteras. “Durante el Abierto de Tenis de Australia prácticamente no dormía”, ejemplifica. En las reuniones familiares no soltaba el celular.
En las salidas con amigos estaba pendiente de los resultados. Cuando iba a la cancha a ver a Tigre, el club de sus amores, terminaba mirando más la pantalla que el partido.Algo parecido le sucedió durante Qatar 2022.
Para entonces seguía apostando y asimismo trabajaba como community manager vinculado a un canal deportivo. “No disfruté nada”, repasa. “La final fue el único partido que vi como hincha porque me había quedado sin plata para apostar”, recuerda.Hubo una escena que le quedó grabada como una fotografía de lo que se había convertido su vida. Estaba en un boliche con amigos.
La música sonaba fuerte. Todos bailaban.
Él tenía la mirada clavada en el celular. Del otro lado del mundo se estaba jugando un partido de tenis en Japón.
Apostó. Perdió.
Volvió a apostar. Y siguió pendiente de la pantalla mientras la noche transcurría a su alrededor.
Sus amigos se divertían. Él solo pensaba en recuperar lo que acababa de perder.“Hoy me doy cuenta de que ya no importaba dónde estuviera.
Mi cabeza estaba completamente tomada por el juego”, describe.Enfermedad silenciosaLo más llamativo, asegura Gonzalo, es que casi nadie de su entorno sabía lo que estaba pasando: “Mi mejor amigo siempre dice que fue un shock cuando le conté lo que me pasaba. Es una enfermedad silenciosa”.Mientras tanto, las pérdidas crecían.
Pidió adelantos de sueldo. Se endeudó con prestamistas.
Cuando se mudó solo a un departamento, había logrado ahorrar dinero para equiparlo, pero todo se diluyó en apuestas. Al poco tiempo tuvo que volver a vivir con su familia.También vendió camisetas de fútbol.
Muchas de ellas eran de Tigre. “Vendí todo lo que podía”, cuenta. Pero ni siquiera eso alcanzó.Inició a utilizar una extensión de la tarjeta de crédito de uno de sus mejores amigos.
Al principio la usaba para gastos cotidianos y devolvía el dinero. Más adelante empezó a usarla para transferir dinero a través de una billetera virtual hacia las plataformas de apuestas. “Toqué fondo”, reflexiona hoy.Un día, la deuda se volvió imposible de pagar y tuvo que hablar con su amigo. “Tardé casi ocho meses en poder volver a hablarle bien y mirarlo a la cara”, admite.Lo que sucedió después todavía lo conmueve.
En lugar de alejarse, sus amigos se organizaron para ayudarlo. Crearon un grupo para acompañarlo, buscaron información y le consiguieron un contacto para que empezara un tratamiento en un dispositivo gratuito de la provincia de Buenos Aires.
Él aceptó y inició la terapia que se extendería durante más de dos años.“Yo siempre digo que mis amigos me salvaron”, enfatiza. Poco a poco, algo empezó a cambiar.
Volvió a salir en grupo. Volvió a viajar.
Volvió a comprarse ropa. Volvió a ir a la cancha sin mirar el celular cada pocos minutos.
Volvió a vivir solo. “Fue como un renacer”, resume.Por primera vez desde que tenía 20 años, en este Mundial no está pendiente de cuotas, promociones ni resultados parciales. Está haciendo algo mucho más simple.
Algo que para él durante mucho tiempo fue imposible. Mirando fútbol.Hablemos de TodoEsta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes.
El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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