Un estudio de la CAR enciende las alarmas ante un fenómeno de El Niño prolongado. Históricamente, los 20 municipios se repiten en el mapa de desastres potenciales.Incendio en Nemocón, CundinamarcaJose Vargas EsguerraCada fenómeno de El Niño deja cicatrices en Cundinamarca, cuando los incendios forestales devoran montañas y pastizales, y las cenizas dejan una mancha negra, que tarda meses o años en desaparecer.

Y ante la nueva alerta por la llegada de este evento climático, que podría extenderse hasta comienzos de 2027, la Corporación Autónoma Regional (CAR) elaboró un estudio sobre los riesgos en su jurisdicción (que incluye una zona de Boyacá), el cual llama la atención por una razón: ratifica que la vulnerabilidad ante incendios forestales y estrés hídrico se concentra históricamente en los mismos 20 municipios, como lo demuestran estudios académicos, registros históricos y reportes institucionales. En la lista aparecen Fúquene, Guachetá, Nocaima, Quebradanegra, Ricaurte, Nilo, Girardot, Tocaima, Bituima, Vianí, San Juan de Río Seco, Mosquera, Bojacá, Soacha, Machetá, Manta y Tibirita, en Cundinamarca, y Chiquinquirá, San Miguel de Sema y Ráquira, en el departamento de Boyacá, distribuidos entre el Alto Magdalena, Sabana Occidente y las provincias de Gualivá y Rionegro.

La actual advertencia cobra importancia si se tiene en cuenta que hace dos años, cuando El Niño visitó al país, Cundinamarca enfrentó la peor temporada de incendios forestales en su historia reciente. Según las autoridades, en 2024 se registraron 699 incendios y 6.453 hectáreas afectadas.

Si bien el año pasado las emergencias disminuyeron a 210 incendios y 787 hectáreas impactadas, lo que evidenció mayor reacción, la pregunta que se abre hoy es: si el diagnóstico es claro, ¿por qué los mismos territorios siguen apareciendo en los mapas de riesgo?Más información sobre Bogotá: Los guardianes de la camiseta: historias futboleras que viajaron kilómetros hasta Bogotá.Una historia que inició mucho antes de 2024La respuesta aparece en estudios que anteceden por años a la actual alerta climática. En una investigación sobre la incidencia de incendios en Cundinamarca y Bogotá, los investigadores Diego Amaya y Dolors Armenteras encontraron que los incendios siguen un patrón estrechamente ligado a los períodos secos y a la intervención humana sobre los ecosistemas.

El estudio identificó una mayor recurrencia en sectores del centro, noroccidente, sur y suroriente del departamento, precisamente en algunas de las zonas que vuelven a aparecer en el estudio de la CAR.Los autores concluyeron que la disminución de las lluvias constituye un factor determinante, pero que la acción humana explica buena parte de la ocurrencia de los incendios. Las quemas agrícolas, la transformación de coberturas vegetales y la ocupación de áreas naturales amplifican los efectos de las temporadas secas.

Ese hallazgo coincide con lo observado en estudios más recientes, que se desarrollaron en municipios específicos.Por ejemplo, en Nilo, uno de los municipios incluidos en la alerta de la CAR, los investigadores de la Universidad Central Liliana Arévalo, Lina Fernanda Martínez y Leonardo Serrato encontraron que el riesgo de incendios depende de factores como la temperatura, la precipitación, la accesibilidad, las pendientes y la cobertura vegetal, que aportan a la frecuencia histórica de eventos. Entre 2004 y 2016, el municipio registró cerca de 64 incendios forestales, cifra que explica por qué sigue entre los territorios más vulnerables.

Prepararse para el próximo veranoLa discusión también involucra la capacidad de respuesta institucional. De acuerdo con un informe firmado por el capitán Álvaro Farfán, delegado departamental de Bomberos de Cundinamarca, 99 municipios cuentan con convenios vigentes para la prestación del servicio bomberil, y tres disponen de cuerpos oficiales.

No obstante, existen 14 municipios sin convenio vigente y varios dependen de esquemas de atención compartida.Entre los municipios identificados por la CAR aparece Quebradanegra, que, según ese mismo informe, figura entre las poblaciones con cuerpo de bomberos, pero sin convenio vigente. Aunque se trata de una excepción dentro de la lista, el dato ilustra una realidad más amplia, en la cual conocer dónde pueden ocurrir las emergencias es apenas una parte del desafío.

La otra consiste en garantizar que existan todos los recursos para enfrentarlas.Ante esto, el posible regreso de El Niño explica la urgencia de la alerta de la CAR. A menos lluvias, temperaturas más altas y una reducción de la humedad, lo que crea las condiciones para que aumenten el riesgo de incendios y la escasez de agua.

No obstante, la revisión de los informes académicos, los registros históricos y los mapas de amenaza muestra que la situación ha existido, incluso, mucho antes de hablar de cambio climático. Los mismos municipios aparecen en investigaciones científicas, reportes de emergencias, evaluaciones de riesgo y alertas institucionales elaboradas hace décadas.

El Niño, sin duda, acelera el problema, pero no explica por qué los planes desarrollados por las administraciones no han sido más eficientes para mitigar el problema. Cundinamarca conoce hace tiempo dónde persiste el problema, y hoy se enfrenta al desafío no solo de atender la nueva temporada seca, sino de encontrar la forma de reducir a futuro una vulnerabilidad que se ha mantenido por generaciones.

Ahora, en tiempos de cambio climático, la amenaza es mayor y los nuevos planes, como promover el desarrollo con el agua como eje, serán claves para evitar consecuencias irreversibles.Le puede interesar: Agua, suelo y expansión: el nuevo plan para redefinir el crecimiento de la sabana.Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.