La minería ha sido, históricamente, uno de los principales motores del desarrollo productivo de Chile. Hoy, asimismo, se encuentra en el centro de uno de los procesos de transformación más relevantes de las últimas décadas: la transición energética de nuestro país ha sido liderada por la demanda por energía renovable que está ejerciendo el sector.

El rubro minero es el mayor consumidor de energía del país, con cerca de un tercio de la demanda nacional, y más del 75% de ese consumo es de energía renovable. En otro orden, la descarbonización industrial y la acción climática a nivel global tiene como palanca clave a los minerales esenciales y sus productos finales, que están reemplazando a las tecnologías intensivas en carbono.

Así, Chile se convierte en un habilitador crítico del llamado Alcance 4. Esta convergencia plantea oportunidades relevantes, pero también desafíos estructurales que requieren una mirada sistémica y de largo plazo.

Chile cuenta hoy con una matriz eléctrica profundamente distinta a la de hace quince años. El aumento explosivo de la generación renovable ha llevado al sistema a una situación de abundancia energética, particularmente en el norte del país, donde se concentra gran parte del potencial solar y eólico.

No obstante, esta abundancia convive con una demanda que está prácticamente estancada en la última década, lo que plantea el desafío de cómo la energía eléctrica puede ser un habilitador de industrias y del crecimiento y desarrollo del país. En este escenario, la minería aparece como un actor clave para capturar el valor de esta transformación.

Las proyecciones muestran que la demanda eléctrica del sector minero continuará aumentando de manera relevante hacia la próxima década, impulsada por factores estructurales como la caída de las leyes minerales, una mayor participación de operaciones subterráneas, la electrificación de equipos de gran escala —como los CAEX— y el desarrollo de infraestructura asociada como las desaladoras. Este proceso no solo incrementa el consumo eléctrico total, sino que también modifica el perfil de demanda, exigiendo suministro continuo, confiable y competitivo.

La experiencia reciente muestra que el desafío ya no es instalar capacidad de generación eléctrica, sino integrarla adecuadamente. Para la minería, esto se traduce en la necesidad de contratos eléctricos que reconozcan la realidad de un sistema más dinámico y sofisticado, con precios horarios más volátiles y mayores requerimientos de flexibilidad.

Asimismo, está el desafío de los costos de la energía: en medio de la abundancia de suministro, es un hecho que el costo de cada electrón ha caído; no obstante, un alza relevante de los costos sistémicos, asociado en buena parte a distorsiones e ineficiencias, nos obligan a pensar y actuar en torno a cambios regulatorios y modernizaciones que permitan a los usuarios de energía no solo contar con energía más sustentable, sino también segura y competitiva. Seguir avanzando en un sistema eléctrico centrado en los usuarios y consumidores de energía, donde la minería jugará un rol central, es una pieza central del desarrollo futuro de Chile.

Pero su éxito dependerá de la capacidad del país para alinear inversión productiva, infraestructura eléctrica e institucionalidad. Convertir la abundancia energética en una ventaja competitiva sostenible exige decisiones oportunas, coordinación público-privada y una visión compartida sobre el desarrollo que Chile quiere construir.

La minería puede ser uno de los principales motores para transformar esa disponibilidad renovable en productividad, inversión y mayor valor agregado para el país. Para ello, el sector eléctrico debe estar a la altura del desafío entregando energía más limpia y habilitando un suministro seguro, flexible y competitivo.

En esa articulación entre minería y energía se juega una parte relevante del crecimiento futuro del país.*Daniel Gordon, gerente de Sostenibilidad y Asuntos Corporativos de Colbún.