TREVELIN.— Osvaldo Zampella se topó con la Patagonia en un aviso clasificado. Era un sábado a la mañana, en Buenos Aires, y en las páginas de La Nación había un anuncio de venta de campos en una zona que no conocía, cerca de Esquel.

Llamó por teléfono. Ese llamado lo cambió todo.Corría 1998 y Osvaldo tenía una empresa de servicios en el sector salud en Pilar.

La Patagonia le gustaba, aunque desde lejos, con esa fascinación que muchos porteños guardan sin terminar de actuar. Algo en ese aviso lo movió.

Fue por primera vez, vio el valle de Trevelin, el río Grande, el bosque de cipreses, y ya no pudo sacárselo de la cabeza. Adquirió el campo y empezó a viajar una vez por mes.

Sus hijos —Lara, Lisandro y Lucio— eran chicos todavía.La decisión de mudarse llegó entrada la década del 2000, empujada por dos fuerzas que pocas veces se nombran juntas: el amor por un lugar y el miedo a otro. La inseguridad en Buenos Aires después del 2001 terminó de inclinar la balanza. “Fue la zona que encontramos más virgen para hacer este tipo de proyectos”, dice Osvaldo.

Él y su mujer, Lorena, apostaron todo.—Durante casi dos décadas, Osvaldo se dedicó a la ganadería ovina y vacuna en campos a 30 kilómetros de Esquel. Le gustaba.

Pero había algo que le gustaba más: el bosque. De chico leía libros sobre árboles y especies arbóreas.

Forestó extensamente en sus campos. Cuando llegó a los 50 años y vendió el campo ganadero, supo que era el momento. “Decidí dedicarme a lo que más me gustaba”, dice.

Las plantas. El bosque.

Lo autóctono.Así llegaron a la chacra Cerro Cónico, en las afueras de Trevelin, bautizada en honor al cerro cercano que alberga un glaciar y abastece de agua subterránea a toda la zona, la misma agua que hoy riega sus lavandas. Lo que encontraron fue un terreno atravesado por vertientes que se transforman en arroyo y luego en laguna, rodeado de 40 hectáreas de bosque nativo: ñires, cipreses, laureles, roble pellín.

Con vistas al cerro La Monja y al valle. La pregunta era qué hacer con todo eso.La respuesta llegó siguiendo la lógica de siempre: las plantas.

Y dentro de las plantas, una en particular que nadie había intentado cultivar a gran escala en esa latitud: la lavanda.Plantar en el fin del mundoEmpezaron en 2021, después de la pandemia. El primer año pusieron 800 plantas.

Luego mil más. Entre 2024 y 2025 completaron las restantes hasta llegar a 5.000 plantas de seis especies distintas.

Hoy, Cerro Cónico tiene la plantación de lavanda más austral de la Argentina.No fue un camino sin dudas. El clima frío de la precordillera chubutense no es el Mediterráneo.

Una cosa es poner lavanda en un cantero; otra muy distinta es hacerlo a escala productiva en una zona donde el invierno aprieta y algunas especies podían no sobrevivir. “Teníamos dudas con algunas que podrían no llegar a soportar el frío”, reconoce Osvaldo.Por eso, cuando llegó diciembre y las lavandas florecieron por primera vez, la emoción fue de las que no se calculan. “Fue espectacular”, dice. “Se traducía en todo el trabajo que habíamos hecho: la labranza de la tierra, desyuyar, plantar durante el invierno. Días de frío, días de lluvia, días de nieve.” El florecimiento fue la confirmación de que la apuesta había funcionado.El segundo hito llegó en febrero de 2026, cuando realizaron la primera destilación y obtuvieron aceite esencial de lavanda.

De ahí salieron los primeros productos: un hidrolato, una crema, la esencia pura. El ciclo completo —de la tierra al frasco— se había cerrado por primera vez.Un territorio construido de a pocoDesde el mirador de la chacra, la laguna se ve abajo, quieta, rodeada de bosque.

Las fotos del lugar muestran tres estampas distintas del mismo territorio: el muelle de madera que se adentra en el agua entre álamos pelados y cipreses oscuros, con el sol de invierno rompiéndose en la superficie; las matas de lavanda ordenadas en filas sobre el campo abierto, bañadas por la luz rasante de la mañana, con la montaña nevada al fondo; y desde el mirador, la laguna entera reflejando los álamos, enmarcada por el verde del bosque y la roca gris de la precordillera.Es un paisaje construido, pero sin forzamientos. Asimismo de las 5.000 lavandas, la chacra tiene plantaciones de aromáticas —romero, tomillo, orégano— y forestaciones de robles, abedules, cipreses de los pantanos y arces.

Todo convive con las 40 hectáreas de bosque nativo que los Zampella cuidan con la misma atención que los cultivos.Un día típico en la chacra tiene el ritmo de las estaciones. En otoño e invierno: plantar rosales, reponer lavandas, abrir senderos nuevos, hacer canteros.

En verano: regar, mantener, recorrer. Enero y febrero son los meses más secos; hay que estar atento. “El riego es lo principal cuando viene la temperatura”, dice Osvaldo.

La chacra se recorre por senderos que atraviesan el bosque nativo y conectan los distintos sectores de plantación: el arroyo, la laguna con su muelle, el mirador. Seis variedades de lavanda que florecen en distintos tonos.A partir de septiembre de 2026, todo eso se abrirá al turismo con visitas guiadas.El cuadro abiertoOsvaldo tiene una manera de explicar la decisión de abrir la chacra al público que dice más de él que cualquier dato productivo. “Es como un cuadro”, dice. “Uno lo puede tener en la casa y mirarlo solo.

Decidimos abrirlo para que otras personas lo puedan ver y disfrutar con nosotros.”El balance de casi tres décadas desde aquel aviso en el diario es, según él, “excelente”. Los hijos se criaron en la Patagonia, con seguridad y espacio.

La ganadería quedó atrás. El bosque, que siempre fue lo que más le gustó, es ahora el centro de todo. “Uno va dejando de lado un poco el materialismo”, dice, “y se enfoca en las cosas más simples: disfrutar, poder caminar, poder mirar.”Desde Los Cipreses, el cerro Cónico se ve en días claros con su glaciar en la cima.

Es el mismo cerro que le da nombre a la chacra y que, sin que los Zampella lo supieran cuando llegaron, les provee el agua con la que riegan todo lo que plantaron. Hay algo en ese detalle —que el glaciar de arriba alimente las lavandas de abajo— que parece demasiado redondo para ser accidental.

Pero en la Patagonia, a veces, las cosas encajan así.