Este es uno de los alimentos que más se tira en negocios y hogares

Un bolillo extra para la cena, una concha para el café de la mañana, unas piezas dulces que se ven irresistibles en la vitrina. Pero pasan las horas, llega otro antojo, cambia el plan de comida y, de pronto, ese pan empieza a endurecerse en una bolsa sobre la mesa.
No parece gran cosa. Es solo una pieza.
Dos, quizá. Pero cuando esa misma escena ocurre en miles de casas, panaderías, supermercados y cafeterías, el desperdicio deja de ser pequeño.
En México, cada año se desperdician alrededor de 30 millones de toneladas de alimentos, una cifra que equivale aproximadamente a un tercio de lo que se produce en el país, de acuerdo con datos retomados por Cheaf México. Y dentro de ese problema enorme, hay un alimento que aparece una y otra vez: el pan.
Brenda Cárdenas, directora de Marketing y Relaciones Institucionales de Cheaf México, explica en entrevista que, en la experiencia de la plataforma, los productos de panadería son de los que más suelen desperdiciarse en comercios minoristas. La razón es sencilla: el pan tiene una vida útil corta.
Una dona, una baguette, un pastel o una pieza de repostería pueden estar en perfecto estado, pero muchas tiendas solo los venden durante el mismo día para cumplir con sus políticas de calidad y frescura. Eso no significa que al día siguiente sean peligrosos o estén echados a perder.
Muchas veces solo pierden textura, aroma o ese acabado recién horneado que los comercios buscan ofrecer en vitrina. Ahí está una de las claves del desperdicio: confundimos frescura con seguridad.
Si algo ya no está crujiente, creemos que ya no sirve. Si el pan está duro, pensamos que su único destino es la basura.
Pero en muchos casos, todavía puede aprovecharse. En casa, el pan suele desperdiciarse por descuido.
Compramos más de lo necesario, lo guardamos mal o esperamos demasiado para usarlo. También influye la idea de que el pan solo “sirve” cuando está suave, caliente o recién comprado.
Pero el pan duro puede tener una segunda vida. Un bolillo seco puede convertirse en pan molido para empanizar.
Las piezas dulces pueden usarse para un budín. El pan blanco puede transformarse en pan francés, crutones para sopa o ensalada, base para capirotada o incluso en una mezcla para espesar salsas.
El punto no es comer alimentos en mal estado, sino aprender a distinguir cuándo algo ya no sirve y cuándo simplemente necesita otro uso. Si el pan tiene moho, mal olor, manchas extrañas o una textura húmeda inusual, lo mejor es desecharlo.
Pero si solo está seco o duro, todavía puede rescatarse. Una forma sencilla de desperdiciar menos pan es comprar solo lo que realmente se va a consumir en uno o dos días.
Pero si ya compraste de más, hay opciones. El congelador puede ser un gran aliado.
El pan puede congelarse en rebanadas o piezas separadas para usarlo después sin tener que descongelar todo. También conviene guardarlo en bolsas bien cerradas o recipientes herméticos para evitar que se reseque demasiado rápido.
En el caso del pan dulce, lo ideal es revisar su relleno o cobertura. No es lo mismo una pieza simple que una con crema, frutas o lácteos, pues estas últimas requieren más cuidado y menor tiempo de almacenamiento.
También sirve crear una “zona de comer pronto” en la cocina: un espacio visible donde se coloquen los alimentos que deben usarse antes. Así, antes de comprar más, puedes revisar qué pan, frutas o verduras necesitan salida. bgpa
Información de Excélsior (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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