Son 40 años sin Borges y aún resulta inolvidable ese hombre que fue pura literatura; que llenaba sus obras de relojes y tigres, de laberintos, gauchos y preguntas sobre el tiempo.Jorge Luis Borges siempre mostró una predilección, como escritor y como lector, hacia los cuentos, las poesías y los ensayos breves.Eduardo ComesañaNació en su querida Buenos Aires en 1899, en una de esas casas con patio que afloran en sus poemas. Descendía de dos mundos: de hombres de letras y hombres de guerra, a quienes correspondió con las dos dimensiones de su obra, y confesó sentirse acomplejado de no ser un hombre de acción sino un sedentario lector.

En las profundidades de su biblioteca paterna le fue dada la poesía; de su madre recibió el gran amor de su vida.Le sugerimos leer: Cuarenta años sin BorgesJorge Luis Borges se crió en el barrio de Palermo, entonces una marginal orilla de cuchilleros y compadritos. Era ya tímido cuando ingresó en la escuela pública.

Allí aprendió a ocultarse, envuelto en ese enigma que era su interior, para el que nunca encontró la clave; y sufrió el trauma de unos compañeros que se burlaban de él por marginado y tartamudo.En su juventud europea se unió a las vanguardias, convirtiéndose en ultraísta militante. De allí volvió a Argentina, y allí quedó el ultraísmo, pues su tierra transformó a Borges en un poeta criollista y sentimental, fascinado por la mitología patria.

En su renacer argentino se enamoró de la oralidad gauchesca, compuso milongas y tangos, y escribió cuentos como Hombre de la esquina rosada, en los que narraba las hazañas arrabaleras de los cuchilleros y compadres, con su trágica brutalidad.Expresó que había vivido poco y leído mucho, y cierto es que en su vida hubo poco más que libros. Pero Borges era Borges leyendo y viajando, alimentando una imaginación de horizontes crecientes como el espacio.

Su curiosidad y cosmopolitismo dieron lugar a un universo en el que las narraciones de Las mil y una noches bailaban con gauchos del Martín Fierro; y a historias exóticas que ocurren en lugares a los que la lejanía vuelve mitológicos.Podría interesarle escuchar: Andrea Cote o la disposición poética | PódcastDe vanguardista se transformó, en los 30, en el Borges de la revista Sur. Cosmopolita y erudito, ese Borges fue un filósofo del tiempo y lo infinito; un Borges que provocaba con sus textos trampa, con Quijotes inventados y exploraciones de la realidad.

También inició a conformar su lenguaje, controlado en prosa y verso, que transformó en clásico y sencillo.Recluido en la literatura, fue desafortunado en el amor. Su vida sentimental fue un triste hilo de frustraciones, buscando el cariño de mujeres que no le correspondían.

Cuando el amor existió, fue su madre quien lo alejaba, imponiendo a sus pretendientas severísimas exigencias. Sorprende, en un hombre apenado como era, que el dolor apenas desembarcase en sus relatos: lo psicológico, lo sexual y lo pasional quedaron reducidos a conceptos intelectuales.Cerca estuvo el mundo de perderle luego de el accidente de 1938.

De sus sueños de hospital recibió la inspiración para relatos espléndidos, apoyados en su inconfundible lucidez. Despertó del trance con una reconfortante intuición: que la realidad era tan ilusoria como las ficciones, y que solo las creaciones pueden darnos herramientas de interpretación.Evitó la novela, “laborioso desvarío”, multiplicando sus historias en cuentos inteligentes y misteriosos como una ecuación.

En 1941 se publica El jardín de senderos que se bifurcan, que fue incluido en Ficciones junto a otros seis cuentos. En ellos se exploraba el papel de la ficción en la realidad.

En 1949 publica su obra maestra. En El Aleph aparecen sus dos grandes dimensiones: un Borges de biblioteca, erudito y universal; y un Borges argentino, fascinado por la gauchesca y por una épica violencia que compensaba su monótona vida.Le sugerimos leer: Los símbolos atravesaron una campaña presidencial que se volcó a la narrativa digitalLa fama le sorprendió ciego, después de un oscurecimiento que le sobrevino desde niño.

Los médicos le habían prohibido leer cuando, en 1963, aún reseñando literatura en revistas de señoras, cayó sobre él una reputación mundial. Había pasado una temporada en París, donde los conocedores del talento literario identificaron rápidamente su genialidad: Borges deslumbraba al público con elaboradas conferencias sobre el género fantástico, desplegando el conocimiento infinito que guardaba en su memoria.En 1975, la muerte de su madre le arrebata a la mujer de su vida.

A ella dedicó El remordimiento, poema en el que lamentaba haber sido un infeliz.Ni la soledad ni la ceguera hicieron temblar su pasión literaria: a sus ochenta años, Borges dictaba poemas a sus allegados y viajó por un mundo que ya solo podía imaginar. En su senectud fue un mito, un símbolo de argentinidad y un eterno entre los literatos del siglo XX.

Su libertad intocable le permitió criticar con gracia cuando quiso y navegar las dictaduras argentinas con relativa tranquilidad.Borges murió en Suiza el 14 de junio de 1986. Según Bioy Casares, murió recitando el Padrenuestro en anglosajón, inglés, francés y español.

Sus restos yacen en el Cementerio de los Reyes.Es probable que Borges muriera sin aceptar la transformación que su obra trajo a la literatura hispanoamericana. Su inagotable cultura trajo las formas de los múltiples idiomas que dominaba y las ideas de las literaturas lejanas que conocía como nadie.Su obra transformó la lengua de tanto desobedecerla.

Hizo del arrollador y pasional español una lengua puntual y precisa como las que admiraba; confeccionó un lenguaje de adjetivos insólitos y economía de recursos patológica: en sus textos nunca faltaron ni sobraron las palabras, pues todas se correspondieron con una idea.Podría interesarle leer: María Jimena Duzán: “No hay que temerle a la polarización; hay que hablar con el otro”Borges fue una anomalía. Quizás por su experiencia y cultura, no era un escritor encerrado en una tradición nacional, y eso facilitó su libre conocimiento de la cultura mundial.

Nadie conocía como él los mitos escandinavos, la literatura inglesa o las tradiciones orientales. Encarnó la ruptura de un complejo de la literatura latinoamericana, que prohibía a los escritores abordar ciertos asuntos, encerrados en las fronteras regionales.De su obra se hicieron películas, tangos y poemas.

E influenció a quien lo leyó, a menudo causando estragos en quienes las formas borgianas convirtieron en parodias. Con el tiempo resulta evidente: la revolución de Borges es unipersonal y nace de una pura autenticidad.Dicen que los escritores no consiguen escribir lo que quieren; solo lo que pueden.

Seguramente sea así. Pero uno, leyendo sus páginas, no puede evitar pensar que quizás Borges llegó a conseguirlo.

Él mismo lo decía: “No sé por qué insisto en ser Borges”.