El policía y el periodista en la ciudad de los bandidos

El camino de un periodista para visitar a una fuente policial herida expone la violencia y la corrupción en la que ha quedado sumido Haití.El 17 de febrero de 2026 se observan escombros en una calle del barrio de Solino, en Puerto Príncipe, Haití, que fue atacado por pandilleros a finales de 2024.Clarens SIFFROYVisto de perfil, el hombre presenta una enorme protuberancia en un lado del cráneo que deforma su silueta. Del párpado inferior derecho, desgarrado hasta el músculo, se escapa una lágrima de sangre.
El ojo herido permanece cerrado. La foto, que llega a mi teléfono la tarde del 23 de febrero de 2026, irradia una especie de calma funesta.
Su violencia no me resulta ajena. Como periodista en Puerto Príncipe desde hace una década, he tenido que acostumbrarme a las imágenes macabras: el presidente Jovenel Moïse, con un ojo arrancado, asesinado en su habitación en 2021; cadáveres decapitados a las puertas de mi casa, otros carbonizados en casi todos los cruces.
Un millón y medio de haitianos —más del 10 % de la población— se han desplazado huyendo de las bandas y casi 6.000 fueron asesinados solo el año pasado. Cerca del 90 % de mi ciudad, Puerto Príncipe, la capital del país, está bajo el control de pandillas y, según algunos informes, ya es la más violenta del mundo.
Pero el hombre de la foto no está muerto. Es Garçonvil Emmanuel, una de mis fuentes en la policía.Por la mañana lo hirieron mientras perseguía a unos secuestradores en el municipio de Delmas, pulmón comercial de la ciudad y principal foco de secuestros: hasta una docena de casos en un solo día.
Los bandidos mataron a dos policías. Emmanuel recibió dos disparos en la cabeza.
Sus compañeros lo trasladaron de urgencia al hospital La Paix de Delmas, uno de los últimos grandes hospitales públicos que aún quedan en pie en la región metropolitana de Puerto Príncipe.El sistema sanitario haitiano ha sido sistemáticamente devastado. En diciembre de 2024, el hospital Bernard Mevs —el principal centro privado de traumatología del país, famoso por su neurocirugía y sus cuidados intensivos— fue incendiado por hombres armados, que destruyeron quirófanos, laboratorios y equipos.
Pocos días después, la reapertura del Hospital de la Universidad Estatal de Haití, el gran Hospital General del centro de la ciudad, cerrado después de meses de ocupación y violencia, terminó en un ataque armado mortal contra periodistas y policías. Decenas de otros centros, públicos o privados, han cerrado, han sido saqueados o abandonados.Jimmy “Barbecue” Chérizier, un antiguo policía convertido en señor de la guerra, controla buena parte de Delmas a través de Viv Ansanm, la coalición de bandas más poderosa de la historia reciente de Haití.
Bajo su bandera, grupos armados han extendido su dominio sobre Puerto Príncipe, atacando comisarías, prisiones, carreteras estratégicas y barrios enteros. En el feudo de Barbecue, los asesinatos a plena luz del día son frecuentes.
Los hombres secuestrados son violados allí, y varias víctimas han contraído el VIH a raíz de estas agresiones.Un año atrás Barbecue me amenazó después de que publiqué un artículo en el que revelaba que unos periodistas extranjeros le habían llevado mascarillas, alcohol y paquetes de cigarrillos. “Iré a buscarte”, expresó en un video publicado en YouTube. “Recuerda bien mis palabras: hay gente con la que no se debe jugar. Podrías estar en tu cuarto de baño y un coche podría embestirte”.Desde esas amenazas ya no frecuento la zona (y menos luego de el repentino repunte de los secuestros).Pero para entrevistar a Emmanuel —e intentar comprender esta nueva ola de delitos— tengo que volver allí.
Atravesar Puerto Príncipe. Recorrer la autopista de Delmas hasta el número 33, donde se encuentra el hospital La Paix en el que Enmanuel espera a ser operado con dos balas en la cabeza.
Un vehículo policial rodea automóviles incendiados por bandas armadas y utilizados como barricada durante los enfrentamientos de la semana pasada con las fuerzas de seguridad haitianas en una calle desierta del centro de la ciudad, visto desde un vehículo policial blindado durante una patrulla, en Puerto Príncipe el 16 de enero de 2026.Clarens SIFFROY***Garçonvil Emmanuel entró en mi radar durante el caso de Fednel Moncherry. Un terremoto político.Moncherry —un hombre negro, alto, calvo, de ojos saltones y rostro redondo— es el antiguo director general del Ministerio del Interior y de las Colectividades Territoriales, un puesto clave para controlar la red de agentes del poder en todo el territorio.En aquel momento, pesaba sobre él una orden de detención por su presunta implicación en la masacre de La Saline, que se cobró más de 70 muertos entre el 13 y el 18 de noviembre de 2018 en este barrio pobre de Puerto Príncipe.
Varios testigos afirman haber visto a policías y hombres armados disparar a quemarropa contra civiles. Algunos fueron decapitados con machetes en las calles del barrio.Estados Unidos sancionó a Moncherry junto al antiguo delegado departamental (una especie de “pequeño presidente” local que supervisa el orden público y los nombramientos políticos) Joseph Pierre Richard Duplan y a Barbecue, por su presunta participación en esta matanza.
La Saline era entonces uno de los bastiones de la movilización contra la malversación de los fondos de PetroCaribe. Miles de millones de dólares, procedentes de un programa petrolero puesto en marcha por Venezuela, fueron malgastados por sucesivos gobiernos en proyectos ficticios, según varios informes oficiales.
Para numerosas organizaciones de defensa de los derechos humanos la masacre tenía como objetivo acabar con la protesta.Lo logró. La mayor movilización popular desde la caída de la dictadura en 1986 se fue apagando progresivamente.
Sus líderes abandonaron el país, uno a uno. Algunos por cansancio.
Muchos bajo amenaza.Moncherry, a pesar de la orden de detención, seguía circulando libremente. En la mañana del 13 de febrero de 2021, seis policías de la comisaría de Puerto Príncipe lo interceptaron en Turgeau, un barrio residencial histórico de la ciudad.
Entre los agentes se encontraban Garçonvil Emmanuel y Straly Joseph. Según estos dos policías, Moncherry les ofreció dinero para que lo liberaran.
Dicen que lo rechazaron. Pero cuando llegaron a la comisaría —donde debía ser encerrado en una celda antes de ser trasladado ante un juez—, la situación dio un giro.
El jefe de la comisaría reprendió a los agentes: “Se han metido en un lío”.Fednel Moncherry fue puesto en libertad unas horas después. No es extraño: en el caso PetroCaribe, ningún responsable ha sido condenado.
Las personalidades citadas en los informes continúan con sus actividades, aspiran a cargos en el aparato del Estado y se preparan para las próximas elecciones.Los policías que detuvieron a Moncherry, en cambio, se convirtieron en objetivos: en los siguientes meses fueron perseguidos y amenazados. Tres de ellos se exiliaron, entre ellos Straly Joseph.
En septiembre de 2021, Joseph huyó a México y luego a Estados Unidos. Tres días después de la liberación de Moncherry, hombres armados atacaron su casa.
Apenas pudo escapar de la muerte junto con su mujer y sus cinco hijos. La casa, acribillada a balazos, quedó inhabitable.Emmanuel también perdió su casa.
En agosto de 2023, unas bandas criminales atacaron su domicilio en el barrio marginal de Carrefour-Feuilles. Él no se encontraba allí ese día en el que miles de habitantes —entre ellos policías— huyeron del barrio.Los asaltantes saquearon la casa de Emmanuel antes de prenderle fuego.
Se llevaron su teléfono, su arma de servicio y sus documentos.Según los testigos, también se llevaron un trofeo simbólico: su uniforme de policía.***Al día siguiente de recibir la foto me dirijo al hospital La Paix en mi Suzuki Vitara gris. El año pasado una bala perdida le rompió el parabrisas mientras estaba aparcado en el patio de mi casa.
Pasado Lalue, en el centro de la ciudad, subo por la carretera de Bourdon, donde antes se encontraba la sede del AyiboPost, mi medio de comunicación.En octubre de 2020, dos hombres armados me esperaban a la salida de la redacción. Me obligaron a subir a mi coche y me hicieron bajar por esta misma carretera —en dirección opuesta a la que recorro hoy— hacia un destino desconocido.Unos minutos más tarde, me ordenaron bajar del vehículo. “Te vamos a matar aquí”, expresó el que me mantenía a raya en el asiento trasero.Me bajé.
Pero no esperé a que sonaran los disparos. Corrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas cansadas.
Los asaltantes se alejaron a toda velocidad en la noche. Se llevaron mi ordenador del trabajo, mi grabadora, mis documentos de identidad y mi vehículo.Al año siguiente, la policía detuvo a un miembro del ejército de Haití al volante de mi coche robado.
Fue puesto en libertad unos meses más tarde, sin juicio.El motivo de aquel rapto sigue sin estar claro. ¿Represalias luego de una investigación publicada unos meses antes sobre el club La Mansion, un lugar de explotación sexual de mujeres venezolanas obligadas a prostituirse para una élite política y financiera?
¿O un simple robo en un país donde todo se puede tomar sin consecuencias?Después del ataque, AyiboPost cambió de local en tres ocasiones. Yo me mudé tres veces, igual que una docena de nuestros colaboradores.Bourdon y los barrios circundantes se aferran al límite de las zonas rojas, allí donde desaparece la frágil autoridad del Estado.Más al sur, Johnson “Izo” André, probablemente el bandido más rico del país, controla la carretera que conduce a cuatro de los diez departamentos de Haití.
Con acceso directo a la bahía de Puerto Príncipe, su banda trafica con drogas y armas, según Naciones Unidas.Hace una década solía recorrer a menudo esa carretera de atascos interminables para llegar a las exuberantes playas del sur o visitar a mi familia. Hoy solo los más valientes se aventuran por ella.Lanmò San Jou reina más al norte.
Este jefe de banda controla los tramos que conducen a varios otros departamentos. Extorsión, secuestros, asesinatos.
En las alturas, al este de Puerto Príncipe, Vitelhomme Innocent impone su ley. Es conocido por reclutar a niños, a veces de apenas ocho años.
Según varios testimonios, los droga, destruye sus documentos de identidad y, en ocasiones, abusa sexualmente de ellos.Izo, Lanmò San Jou, Vitelhomme Innocent y Barbecue figuran en la lista de personas buscadas por las autoridades estadounidenses. No obstante, es de allí de donde provienen sus armas —armas de guerra— que les permiten cerrar empresas, masacrar, secuestrar.
Cientos de miles de haitianos han pagado el precio. También algunos estadounidenses, como los 16 misioneros secuestrados en 2021.Llego al hospital La Paix treinta minutos después de mi salida.Esta fotografía aérea, tomada el 3 de junio de 2025, muestra una vista general de Puerto Príncipe.Clarens SIFFROY***Pareciera que el hospital se va a derrumbar bajo la presión.
En el interior de las salas de hospitalización se alinean camas metálicas blancas, apretujadas unas contra otras. Cientos de pacientes yacen allí, con suero, algunos semidesnudos bajo ventiladores de techo que agitan el aire caliente.
Las paredes amarillas están manchadas de humedad.Cada día llegan entre 400 y 450 personas a urgencias, entre ellas una quincena de heridos de bala, según el director, el Dr. Paul Junior Fontilus.
Estos se suman a los otros 210 hospitalizados.Ayer, el día del enfrentamiento con los secuestradores, La Paix recibió a una docena de heridos de bala, entre ellos dos niños y tres policías.Emmanuel comparte habitación con otro agente de una unidad especializada. Este también recibió dos disparos durante el ataque, uno en el abdomen y otro en los genitales.Sentado en una cama estrecha, con la espalda apoyada contra la pared de la sala de paredes ruinosas, Emmanuel busca entre las imágenes de su teléfono y me muestra la tomografía de su cabeza.
La bala disparada a quemarropa bajo su ojo derecho se detuvo en el hueso de la nariz. La que recibió en el cráneo rebotó, dejando varios fragmentos visibles en la imagen.Los visitantes entran y salen.Emmanuel se tumba, se vuelve a incorporar y de nuevo se apoya contra la pared.
Luego, se cubre la cara con las manos. El vendaje bajo su ojo se tiñe de un rojo oscuro.
Dice que se siente feliz de estar vivo. Pero los fragmentos visibles en su cabeza en la tomografía le preocupan: ¿habrá daño cerebral?***Ayer por la mañana Emmanuel no estaba de servicio.
Se había levantado antes del amanecer para encargarle un recado a un familiar para su madre. La señora padece artrosis, hipertensión e hiperglucemia.Emmanuel había concertado la cita en la zona industrial de Puerto Príncipe.
Llegó hacia las 6:30. Entregó el dinero y se disponía a volver cuando se difundió una noticia por la radio: acababan de informar de un intento de secuestro en Delmas 48.Emmanuel debía reunirse con otro policía en Delmas 31 para ir a trabajar.
Pasó a recogerlo y llamó a su superior para comunicarle su posición.Si se cruzaban con los secuestradores, intervendrían.Los dos hombres llegaron a la antigua alcaldía de Delmas 31. La zona estaba en tensión.
Se habían reportado disparos.Más lejos, cerca del recinto de Saint-Louis de Gonzague, acaban de matar a tiros a un policía de la Oficina de Investigación de Delmas. Los asaltantes habían huido en un vehículo de servicio del Estado y en moto.
Emmanuel y sus compañeros intentaron seguirles la pista.Al parecer, los bandidos eran tres. Con la ayuda de los vecinos del barrio, finalmente los encontraron.
En ese momento había siete policías en el lugar.Estalló el enfrentamiento. Los disparos resonaron en las estrechas calles de la parte baja de Delmas.
Varios policías resultaron heridos.Alcanzado por dos disparos de gran calibre a quemarropa, Emmanuel afirma que estaba lúcido cuando sus compañeros lo escoltaron de urgencia al hospital La Paix. Primero con los vehículos policiales con las sirenas a todo volumen: luego a pie, para sortear el bloqueo de los bandidos.
No es hasta más tarde cuando reflexiona sobre un detalle: los hombres que les dispararon llevaban uniformes.Camisetas negras con la palabra “Policía”. Uno de ellos incluso llevaba una chaqueta de la Dirección Central de la Policía Judicial.
En otro escenario de enfrentamiento ese mismo día, los asaltantes vestían pantalones y chalecos de policía. Esta semana varios policías serán detenidos por su implicación en el secuestro, según una fuente interna de la institución.
Emmanuel quizá se enfrentó a sus propios compañeros.***Me reúno con Emmanuel en su nueva casa. Lleva dos días fuera del hospital.
Ha perdido prácticamente la visión del ojo derecho. Su cerebro está intacto, pero tiene fragmentos de bala en el cráneo.
Los dolores de cabeza son constantes, a veces tan intensos que tiene que dejar de hablar.A pesar de todo esto, y de que es más que probable que otros policías le metieran dos balas en la cabeza, está luchando también con la institución policial para que le cubran su atención médica.No está garantizado. Y no es la primera vez.
Cuando unos delincuentes incendiaron su anterior casa, la policía no le prestó ninguna ayuda. Durante varios meses tuvo que dormir en su coche de servicio antes de encontrar refugio en casa de un amigo junto a su pareja y sus dos hijas pequeñas.Emmanuel habla poco del presente.
Su mente vuelve sin cesar al pasado y por momentos se proyecta al futuro.Su pasado es Carrefour-Feuilles. Nació en enero de 1985, en la Route des Dalles, en este barrio popular de Puerto Príncipe.
Es el mayor de tres hermanos. Uno vive hoy en Brasil, el otro trabaja en Haití como agente de seguridad.Nunca conoció a su padre.
Seis meses después de su nacimiento, este abandonó el país. Emmanuel no lleva su apellido.Su madre crio sola a los niños.
No sabe leer ni escribir. Trabajaba en un orfanato y a veces vendía cuencos o platos de loza para alimentar a la familia.
Su vivienda se asemeja al entorno: dos habitaciones pequeñas, una semigalería, un techo de chapa gris claro tan agujereado que se inunda cada vez que llueve. Desde la calle se ve directamente la cortina de la puerta principal.
No hay verja ni electricidad.A pesar de las dificultades, Emmanuel guarda el recuerdo de una infancia feliz. Su madre impuso una disciplina estricta: la escuela y la iglesia.
Cada semana lo dejaba en la iglesia Maranatha y le pedía que la esperara a la salida de su clase de catequesis.«Mi madre es el centro de mi vida», dice.Cuando estaba en séptimo curso, ella lo apuntó a un curso de costura. Emmanuel confeccionaba camisetas que luego vendía en Elías Piña, en la frontera dominicana.A principios de la década de 2000, el barrio empezó a cambiar.
Carrefour-Feuilles no era un lugar del todo tranquilo. Ya había vagabundos y delincuentes.
Pero, poco a poco, la situación se fue deteriorando. Aparecieron jefes armados: jóvenes vinculados a la política y a los ricos empresarios de la capital caminaban con impunidad con armas.Algunos de los amigos de la infancia de Emmanuel se convirtieron en miembros de bandas.Él menciona a uno de ellos: Taptap.
Jugaban juntos cuando eran niños. Más tarde, el hombre participó en secuestros.
Finalmente fue asesinado hace unos años cerca de la plaza Jérémie. Junto a su cadáver se encontró un uniforme de policía. “Crecí con él”, dice Emmanuel.Su madre temía ese destino para sus hijos.
Como muchos padres de los barrios conflictivos de Puerto Príncipe, lo sacrificó todo por la familia.Emmanuel piensa a menudo en ella. “No digo nada, pero me da vergüenza”, confiesa. “Ella se merece más. No debería tener que trabajar más.
No debería tener más preocupaciones”.Policía desde hace más de doce años, Emmanuel gana solo 33 000 gourdes al mes (apenas 250 dólares).Tiene que pagar al oftalmólogo. Mantener a su familia.
Cuidar de su madre. Y conservar su puesto en un país donde el desempleo bate récords.Hace una pausa.
Una larga pausa… «Tengo que volver al trabajo».👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times.
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Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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