ESPERANZA.— La historia profesional de Gladys Teresa Quiñónez está estrechamente ligada al crecimiento de las localidades del norte de Misiones. Bioquímica de profesión y vocación, lleva cuatro décadas dedicada a una actividad que considera fundamental para el cuidado de la salud y que, muchas veces, transcurre lejos de la mirada de los pacientes.Su interés por la bioquímica nació durante los últimos años de la escuela secundaria.

Mientras cursaba en el Instituto San José de Eldorado, encontró en una profesora de Química una inspiración decisiva para elegir su futuro.“Era una docente excelente, que supo enseñar y transmitir con pasión su materia”, recuerda.Con esa motivación ingresó a la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Misiones, en Posadas, donde cursó la carrera que marcaría el rumbo de su vida profesional.Sus primeros pasos laborales tuvieron lugar en Puerto Libertad, en una época de profundas transformaciones para la región. La construcción de la represa Urugua-í atraía a cientos de trabajadores y sus familias, generando una intensa demanda de servicios de salud.“Trabajé muchísimo y adquirí una experiencia fundamental para mi crecimiento profesional”, cuenta.

Aquellos años también estuvieron marcados por la formación de su propia familia y por el desafío de ejercer en una comunidad que crecía al ritmo de una de las obras más importantes de la provincia.Tiempo después, por razones laborales, se trasladó a Puerto Esperanza, donde continúa desarrollando su actividad hasta la actualidad.A lo largo de estos años, acompañó los cambios tecnológicos que atravesaron a la profesión. De manera gradual incorporó equipamiento y nuevas herramientas de diagnóstico, siempre atendiendo las necesidades de la población y las posibilidades de cada etapa.“Busqué tecnificarme paulatinamente para brindar un servicio de calidad”, explica.

Para ello mantuvo un vínculo permanente con centros de alta complejidad de Posadas y Buenos Aires, permitiendo derivar muestras complejas y resolver situaciones que requerían estudios especializados.Entre los múltiples recuerdos acumulados durante su trayectoria, hay uno que permanece especialmente vivo. Sucedió en los años en que trabajaba en Puerto Libertad, cuando se registró un brote de paludismo asociado a las condiciones generadas luego de la construcción de la represa.Hasta ese momento, había síntomas considerados prácticamente parte de la historia sanitaria de la región.

No obstante, comenzaron a aparecer pacientes con cuadros febriles y síntomas compatibles con el paludismo.El primer caso fue un vecino de la localidad que, luego de regresar de una jornada de pesca, presentó un cuadro que despertó sospechas. La confirmación llegó a través del laboratorio.“Busqué en los libros que tenía y al observar la muestra en el microscopio encontré el parásito.

Era paludismo”, recuerda.El hallazgo derivó en una investigación que despertó el interés de especialistas nacionales. Entre ellos se encontraba el reconocido infectólogo Stamboulian, quien viajó desde Buenos Aires junto a su equipo para estudiar los casos registrados en la zona.Con la experiencia acumulada durante cuatro décadas de trabajo, Quiñonez sostiene que el mayor valor de la profesión está en el impacto que tiene sobre la vida de las personas.“Lo más importante en nuestra labor es ser conscientes de que una rutina de laboratorio salva vidas”, afirma.En la actualidad integra el Colegio y el Círculo de Bioquímicos de Misiones, instituciones que acompañan y representan a los profesionales de la provincia.Su historia refleja la realidad de muchos bioquímicos que desarrollan su actividad lejos de los grandes centros urbanos, acercando diagnósticos, acompañando a los pacientes y contribuyendo diariamente al fortalecimiento del sistema de salud en cada rincón de Misiones.