DOMINGA.– La playera es verde y lleva el escudo del Tri en el pecho izquierdo. Las franjas son blancas, el cuello rojo, como siempre.

Pero donde debería ir el número del jugador de la Selección Mexicana, hay un osito cariñosito en serigrafía blanca con un símbolo anarquista en su propio pecho, mientras orina sobre un balón de la FIFA. Ahí arden 2 banderas: la de Israel y la de Estados Unidos.La foto apareció hace algunas semanas en la cuenta de Instagram ‘Antianticomunistas’.

Es el mismo perfil que figuró hace poco en el Weekly Restricted Report: Anti-Israel Protest Forecast, un informe de inteligencia israelí que rastrea y anticipa protestas. Estar en esa lista de usuarios “peligrosos” no apagó el ruido; los comentarios se llenaron de gente pidiendo la playera.

Había de todo: “No me gusta el futbol, pero quiero una”, “¿Puedo llevarla a una cita romántica?”, o hasta debates absurdos como “¿El osito cariñosito es mexicano?”. Detrás de ese osito está Lucio, un artista visual egresado de La Esmeralda (la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado).

Él mismo empaqueta y envía los pedidos a distintas partes de la república. Cobra entre 420 y 800 pesos.

Si le preguntas de dónde saca las playeras base antes de meterles tinta, prefiere guardarse el secreto. Pura precaución considerando la cacería reciente contra los vendedores ambulantes.

En los últimos tres meses, los operativos se intensificaron para barrer de las calles cualquier playera mundialista que no le rinda cuentas a la FIFA.Tan sólo en las zonas comerciales del Centro Histórico de la Ciudad de México –justo donde montaron el fan fest principal del torneo– las autoridades arrasaron con 105 mil piezas no oficiales. Mientras, la casaca oficial del Tri cuesta hasta 2 mil 999 pesos y el clon de Shein te sale en 258, lo que hace Lucio corre por otra pista.

No es piratería porque a nadie le miente diciendo que es Adidas, y tampoco es mercancía para algún partido político. “Lo veo más como dispositivos ideológicos para portarse en el espacio público”, dice. Salir a la calle con una de estas playeras es ir al choque.

Quien se la pone sabe que está paseando un discurso contrahegemónico por la banqueta. Lucio sabe que está vendiendo un producto pero no se traba en esa contradicción: “Sé que estoy haciendo mercancía y no me rompo la cabeza con eso.

Prefiero generar ingresos y al mismo tiempo generar tendencias. Creo que la moda puede ser un espacio a disputar”.

Y la calle le responde. Desde que lanzó la venta de sus playeras antimundialistas, ha entregado decenas.

La gente sí quiere la fiebre del torneo, sí quiere los colores, pero rechaza hacerle publicidad a la FIFA.El vacío democrático del Mundial dejó servido este descontento. La vox populi quedó borrada de un torneo donde los precios son ridículos.

Aunque ni siquiera liberan las entradas generales, los pases exclusivos para la inauguración en el Estadio Banorte de la Ciudad de México o la final en el MetLife Stadium de Nueva York ya se tasan entre los 2 mil y los 11 mil dólares.A esos precios –y sumando el descaro de remodelaciones que gentrifican barrios, palcos de lujo y la aplanadora turística–, el Mundial es una fiesta blindada. Por eso, ponerse la ropa de la marca oficial ya no es cualquier cosa; es cargar con todo lo que la corporación arrastra. “No creo que quienes se ponen la ropa oficial ya representen a la FIFA, porque a muchas personas simplemente les gusta el fútbol”, dice Lucio. “Pero portar los símbolos oficiales implica portar lo que esos símbolos representan.

Ocurre una subordinación ideológica ahí, aunque sea inconsciente. Las personas se vuelven una suerte de comerciales”.

La FIFA ya no disimula. “Sus alianzas con potencias fascistoides, sus discursos de exclusión... Demuestra cuál es el verdadero rostro del capital, no de cualquier expresión del capital, sino específicamente de la derecha internacional”.

View this post on Instagram Esa resistencia no es el berrinche de un solo artista. Es una red.

La cuenta de ‘Antianticomunistas’ convive con organizaciones enteras, como la Asamblea Antimundialista de la Ciudad de México. Ahí milita Lágrimas Lagrimógenas, ilustradora e inquilina que lleva meses armando gráfica de protesta y ropa autogestiva.

Trasladar la bronca del papel a las playeras sirve para denunciar cómo el torneo acelera la gentrificación y exprime la ciudad.Hackear la mercancía del Mundial y la FIFAVender ropa financia la lucha comunitaria. Con el dinero de las ventas compran pintura, brochas, aerosoles y comida para seguir operando.

En redes, una de las cuentas tiró la línea clara: “No somos únicos y hay muchos colegas haciendo bootleg militante y détournements. Mejor vayan a revisar su chamba y cómprenles a ellxs”.

Piratería con causa. En este circuito, hacer bootleg es hackear la mercancía para devolverle el golpe a las marcas.

Y el détournement funciona como un secuestro visual: agarras los símbolos intocables del sistema y los retuerces hasta forzarlos a escupir un mensaje de rebeldía.Las más disruptivas son las de la colección Brandalism, de la marca Vlocke. Su serie “FIFA Go Home” interviene playeras negras de la línea ‘México de Oro’ con la Coatlicue –la diosa mexica– en blancojunto a las letras “AntiFa”.

En otra versión, estampa sobre la segunda playera oficial de la Selección –de rojo color quemado, casi guinda– un zapatista encapuchado ejecutando una volea, con las siglas EZLN en el pecho y un “FIFA Go Home” gótico aplastando la zona donde iría el nombre del jugador.La realidad del país ocupa los dorsales. En playeras negras con tipografía de doom metal, se lee claro: “130,000 desaparecidxs en el Mundial del Despojo”.

El número oficial que ningún directivo va a mencionar. Desde Estados Unidos, otra cuenta imprime diseño punk: un gato negro con una molotov ardiendo y el texto “FIFA Antifa World Cup 2026”.

Incluso la crisis global entra a la cancha: una casaca verde lleva la palabra “Palestina” en árabe en el pecho, rodeada de mensajes de solidaridad. Una bofetada directa a una FIFA que construyó Qatar 2022 con trabajo forzado y que inaugura este Mundial mientras Gaza sigue bajo las bombas.Mandar “a chingar a la FIFA y a la migra” en un torneo de tres países es, para Lucio, una ironía forzosa y un abrazo a los migrantes.

El impacto pegó tan fuerte que sitios gringos de piratería ya le están robando los diseños para lucrar. El capitalismo devorando a la crítica; un chiste que a Lucio le da risa.

La disputa por las playeras en ColombiaLa disputa por la playera ya saltó a Sudamérica. En Colombia, no fue una corporación quien secuestró los colores nacionales, fueron los políticos.

Cuando la derecha agarró la playera oficial para usarla en sus mítines, marcas independientes y gente de a pie empezaron a coser sus propias versiones. Hacer ropa fue la única manera de no regalarle los colores del país a un partido.El pleito llegó a los tribunales.

Abelardo de la Espriella, candidato presidencial de ultraderecha, se adueñó tanto de la playera en su campaña que un ciudadano lo demandó para que dejara de usarla. El Juzgado 120 Penal Municipal de Bogotá falló a favor del ciudadano y le prohibió al político lucirla, dándole la razón a lo que el izquierdista Iván Cepeda ya había soltado en rueda de prensa: “¿Desde cuándo la Selección de Colombia es patrimonio de una campaña política?”.

En 2021 el mercado global de playeras de futbol movía más de siete mil millones de dólares al año. Las seis que Messi usó en Qatar 2022 se subastaron por diez millones de dólares en Sotheby’s.

Coleccionar las jerseys de las selecciones se convirtió en algo con foros propios, comunidades en Reddit, guías para distinguir una versión de jugador de una de aficionado, debates sobre si vale más la edición con parche de grupo o la de la final. El boleto más barato para la final del Mundial 2026 cuesta 2 mil dólares.

El más caro, 11 mil. En 1970, entrar al Estadio Azteca costaba 30 pesos.“Todo lo que usamos e interactuamos a diario, estamos tan desconectados del proceso de cómo se hace, de dónde viene”, dice Lucio para rematar. “La ropa de por sí expresa.

Y en ese sentido creo que también la moda puede ser como una suerte de espacio a disputar”.GSC/ASG