'Narcostore' y la campaña electoral

“De la Espriella no necesita ser llamado “narco” para que podamos reconocer en su campaña una sensibilidad narcocultural”: Catalina UribeRicardo Maldonado RozoPara hacer una especie de contrapeso de memoria al auge de los toures y mercancía de Pablo Escobar, Ogilvy Colombia y Fundación Colombia con Memoria crearon hace unos años la campaña “Narcostore”. El sitio web simulaba una tienda de productos inspirados en Pablo Escobar (camisetas de sus fotos icónicas, llaveros de hipopótamos, etc).
Hablaba con un tono de fascinación por Escobar y por este mundo sin ley y con lujos. Pero cuando el usuario intentaba comprar, era dirigido a un video en el que aparecían testimonios de familias víctimas del narcotráfico.Con música triste, fondo negro y fotografías crueles, aparece Magdalena Gómez: “Soy esposa de Nacho Vargas, fallecido en uno de los atentados de Pablo Escobar”.
Llora. Dice que el proyecto de vida que construyeron juntos ha tratado de hacerlo en su nombre.
Luego pide: “No inviertas tu dinero en artículos de este asesino”. El sitio tenía más de 200 productos diseñados como anzuelo y buscaba apoyar a más de 10.000 familias afectadas por el narcotráfico.Pero, como dice el dicho: “buena la idea, mala la bola”.
El proyecto no caló. Lo compruebo cada vez que discuto esa pieza con estudiantes, casi todos admiten que paran el video al llegar al momento de las víctimas.
No porque no les importen las víctimas, sino porque la narrativa los había seducido antes con otra lógica. Primero les ofreció una tienda; después los invitó a un duelo.
Primero activó el consumo; después exigió memoria. Y la memoria, cuando llega como culpa, fondo negro y música melancólica, suele perder contra la espectacularidad de la mercancía.Pensé en eso viendo la segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.
De la Espriella no necesita ser llamado “narco” para que podamos reconocer en su campaña una sensibilidad narcocultural: estética de fuerza, lujo, virilidad, castigo, patria como emblema y política como marca, un poco como ese inicio del video de espectacularización de Escobar. Desde el inicio, al votante se le ha ofrecido comprar una identidad emocional: el rugido, la defensa, la guerra, la fuerza.Cepeda no encarna la sensibilidad narco.
No hay en él la estética de la hacienda, el exceso o la amenaza. Encarna, más bien, su reverso: la memoria de las víctimas, los cuerpos dolientes, la insistencia en lo que no debe olvidarse.
Su imagen se asocia al dolor. A un duelo que no se cierra, que persiste y se expresa en irritabilidad y vacío.
Cepeda se presenta como una memoria sin forma que se repite sin elaboración. Está atrapado, operando sin resolución en el presente.Y entonces, en lugar de abrir un horizonte de esperanza y futuro, como lo hizo en su momento Francia Márquez, aparece la tentación de responder dentro del mismo registro emocional: el de la espectacularidad, la confrontación y la transgresión.
De hecho, algunos sectores de la izquierda han sugerido que la única forma de competir con ese lenguaje es intensificarlo. Que se necesita más Petro, más mentiras, más discordia.
Pero esa lógica es como si ‘Narcostore’, en lugar de sostener la tensión entre la seducción inicial y la memoria de las víctimas, hubiese optado por cambiar el tipo de víctima: ya no la que interpela desde el dolor, sino la que lo hace desde la rabia o la venganza.En ambos casos, la política queda atrapada en una economía emocional que sustituye la deliberación por el impacto. Tal vez el problema no es solo la campaña de ‘Narcostore’, sino su lección involuntaria: que no basta con denunciar la fascinación por lo narco si, al mismo tiempo, se sigue compitiendo dentro de sus términos.
Lo que está en juego no es solo quién gana la elección, sino qué tipo de sensibilidad política se consolida.
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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