El Mundial y sus contradicciones: entre la fiesta y la ausencia

Javier Marías ha dicho que el fútbol es una recuperación semanal de la infancia. Quizá por eso millones de personas siguen encontrando en él algo más que un espectáculo: una oportunidad para compartir emociones, recuerdos e imaginarios colectivos.
No obstante, este Mundial llega a un México atravesado por otras urgencias..Y es que, tenemos en casa un Mundial. Como han señalado distintos colectivos de madres buscadoras, "la pelota vuelve a casa, pero no los desaparecidos".
La frase resulta incómoda precisamente porque obliga a mirar dos realidades al mismo tiempo. Mientras México recibe uno de los eventos deportivos más importantes del planeta, la crisis de desapariciones continúa abierta.
Dependiendo de la fuente consultada, cifras oficiales registran más de 130 mil personas desaparecidas y no localizadas. Si colocáramos a todas ellas en un estadio, el antiguo Estadio Azteca tendría que llenarse más de una vez para contener esa ausencia colectiva.No resulta extraño que el tema haya aparecido en medios internacionales.
No obstante, el Mundial también ofrece una oportunidad distinta: volver a encontrarnos en plazas, barrios, universidades y espacios públicos. Durante noventa minutos, el fútbol sigue siendo una de las pocas experiencias capaces de reunir personas que difícilmente compartirían otros espacios.
Noventa minutos para imaginar que un equipo puede alzarse con la victoria, para discutir una alineación o para celebrar un gol con desconocidos. Para abrazar y prefigurar.
Pero esa misma potencia colectiva puede adquirir otros sentidos en el contexto contemporáneo. Diversas investigaciones han documentado cómo los grandes eventos deportivos pueden coexistir con expresiones de violencia, exclusión o exacerbación identitaria.
Entre la convivencia y el cierre identitario existe una frontera frágil. Las imágenes recientes de personas festejando en el Ángel de la Independencia mientras se burlan de las mantas de colectivos de búsqueda muestran que el problema no es el fútbol, sino aquello que decidimos hacer con él.
Y también los trasfondos sociales que habitamos y nos habitan: desigualdades, injusticias, desplazamientos urbanos y procesos de gentrificación que transforman barrios enteros en nombre del desarrollo y la modernización.Las redes sociales digitales proyectan esta tensión. Por un lado, abundan las críticas a la FIFA, una organización cuya historia ha estado acompañada durante décadas por denuncias de corrupción.
No es casual que películas como México 86 o producciones recientes latinoamericanas vuelvan sobre estas contradicciones entre espectáculo, negocio y poder.Tampoco es casual que la FIFA posea una capacidad de negociación que muchas veces rebasa la soberanía de los propios Estados nacionales. Y miren, algo similar ocurre con grandes corporaciones tecnológicas como OpenAI, Google o Meta, cuya capacidad de influencia muchas veces supera los marcos regulatorios nacionales.Paradójicamente, este Mundial promete ser también uno de los más tecnologizados de la historia.
Sistemas automatizados, análisis de datos en tiempo real y herramientas de asistencia arbitral aparecen como soluciones orientadas a reducir el error humano.No obstante, la experiencia reciente demuestra que ninguna tecnología elimina por completo el conflicto. El VAR, presentado como un mecanismo para alcanzar decisiones más objetivas, continúa produciendo controversias.
Las discusiones en torno a varias jugadas del Mundial de Catar 2022 siguen presentes en la memoria colectiva y muestran que la interpretación continúa siendo una actividad profundamente humana (¿se acuerdan de Leonel Messi?).Quizá por ello el fútbol sigue siendo un espejo tan potente de la vida social. Incluso en un torneo hiperregulado aparecen gestos que recuerdan que el deporte nunca está completamente separado de la política.
La presencia de banderas, mensajes de solidaridad o debates sobre qué expresiones pueden mostrarse en una cancha revelan algo elemental: toda práctica pública tiene efectos políticos (¿creen que es casualidad que restrinjan el uniforme de Haití y no de otras selecciones?).No en el sentido partidista del término, sino porque configura formas de convivencia, reconocimiento y disputa simbólica.Así llegamos a otro Mundial. Como cada cuatro años, con pocas expectativas y muchas conversaciones sobre la selección mexicana.
Como cada cuatro años, también, con la posibilidad de alguna sorpresa que reactive la imaginación colectiva. Ahí permanecen los recuerdos de Costa Rica alcanzando los cuartos de final en Brasil 2014 o de México disputando con intensidad aquel Mundial de 1986 y perdiendo en penales con Alemania, o el "Loco" Abreú clasificando a Uruguay a semifinales con un gol "a la palenka".Criticar las estructuras de poder que rodean al fútbol no implica abandonar el balón.
Del mismo modo que cuestionar a las grandes plataformas digitales no significa renunciar a toda tecnología.El reto consiste en mantener ambas cosas a la vista: las relaciones de poder que atraviesan estos fenómenos y, al mismo tiempo, la capacidad de las personas para apropiarse de ellos, resignificarlos y convertirlos en algo distinto. Porque si algo nos enseña la experiencia cotidiana es que ninguna estructura determina completamente lo que hacemos con ella.
También en una tribuna, en una cancha o frente a una pantalla, la gente sigue encontrando formas de “hacer de lo mismo otra cosa”.Quizá por eso la consigna de las madres buscadoras resulta tan incómoda y tan necesaria. "La pelota vuelve a casa, pero no los desaparecidos" no es una invitación a dejar de disfrutar el Mundial.
Es un recordatorio de que podemos celebrar sin olvidar. Que podemos abrazarnos después de un gol y, al mismo tiempo, preguntarnos por quienes siguen faltando.
Que podemos imaginar victorias deportivas sin renunciar a la búsqueda de verdad y justicia. Porque mientras la pelota vuelve a casa, todavía hay miles de familias esperando que alguien más también pueda regresar.
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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