Cuando el desastre de las elecciones municipales del pasado 7 de mayo en Inglaterra provocó una rebelión interna en el Partido Laborista y en el seno del Gobierno, Keir Starmer prometió que actuaría con más firmeza; que los cambios prometidos se ejecutarían con mayor celeridad, y que no iba a abandonar su puesto de primer ministro “y permitir que el país cayera en el caos” en medio de la inestabilidad geopolítica actual y de las amenazas a la seguridad del Reino Unido procedentes de actores como Rusia.Seguir leyendo