Todos hablan maravillas de los muertos, pero con Alcides Rodríguez (1956-2026) no hay que exagerar ni recurrir a las mentiras de cortesía. Cuando tenías una asignación, Alcides era el fotógrafo que querías a tu lado porque no era solo excelente con su cámara, era un verdadero apoyo.

Para sus compañeras mujeres era, asimismo, un protector y, para los novatos (de todo género) era un maestro. Así lo conocí, cuando él ya era un periodista experimentado y yo apenas un polluelo recién salido de la universidad, como quien dice, del cascarón.

Nunca fue displicente o arrogante o condescendiente, por el contrario, te impulsaba, te indicaba ángulos y nichos que desde la inexperiencia están ocultos, pero que él podía percibir. Su sencillez y humildad eran excepcionales.

Cuando le elogiaban una foto o una cobertura, inclinaba la cabeza y sonría como un niño tímido y agradecía sin alzar su gruesa voz. Pero, para los tiempos difíciles que nos tocó vivir y cubrir periodísticamente, también era excepcional su valentía.

No era un loco impulsivo e irresponsable, pero no le sacaba el cuerpo a una situación por complicada, difícil o arriesgada que fuera. Nunca olvidaré su comportamiento viril la noche que el hampón Silverio Brown cercó y asaltó la Asamblea -donde la Junta Nacional de Escrutinios contaba los votos, al grito de “¡Viva Nicky Barletta!”.

Fue un ejemplo de compañerismo y aplomo; al salir del recinto, mientras aún sonaban las balas, él fue el escudo de las colegas, nos guio, tranquilizó y nos sacó del predicamento. Siempre lo recordaré con afecto, admiración y agradecimiento por su invaluable aporte a la historia de este país, al documentarla, y ser ejemplo digno de seguir.

Su legado vivirá a través de sus imágenes. La autora es periodista.