La culminación de la torre de Jesús de la Sagrada Familia dejó una imagen extraordinaria de Barcelona y Cataluña. La obra más emblemática de Gaudí alcanzó por fin su punto culminante ante millones de espectadores de todo el mundo.

León XIV apeló a la concordia y a la convivencia, alternando con naturalidad el uso del catalán y del castellano.No obstante, la visita del Papa ha estado acompañada de algunos de los viejos reflejos identitarios. Durante semanas se alimentó una polémica lingüística artificial.

Y, una vez concluida la ceremonia, se supo que los responsables de seguridad habían tenido que neutralizar un intento organizado de introducir consignas independentistas durante el acto de ayer.Entre parte de los coristas invitados circulaban hojas con la letra de Els Segadors, cartulinas con la estelada para ser exhibida de forma coordinada y consignas para corear gritos de «independència». Los Mossos d’Esquadra, en coordinación con la Policía Nacional, encapsularon a unos seiscientos cantores para impedir que la ceremonia derivara en un acto de propaganda política.Afortunadamente, el intento fracasó y nada alteró el desarrollo de la celebración.

Pero sí resulta significativo por lo que revela. Existe en el nacionalismo catalán una dificultad persistente para aceptar que no todo debe interpretarse en clave identitaria.

Como si cualquier acontecimiento relevante tuviera que acabar remitiendo a la cuestión nacional.La polémica sobre las lenguas fue particularmente reveladora. Desde Junts se denunció una supuesta marginación del catalán.

Miríam Nogueras llegó a pedir al Papa, en inglés, que no dejara de lado la lengua catalana. En realidad, nunca existió tal riesgo.

Todo partía de un agravio imaginario alimentado por el propio independentismo.La realidad fue exactamente la contraria. León XIV utilizó ambas lenguas con absoluta naturalidad.

Dio una lección de bilingüismo que los poderes públicos en Cataluña deberían imitar.La sociedad catalana es bilingüe. El catalán constituye uno de sus principales patrimonios colectivos.

Pero el castellano también es lengua propia de millones de catalanes. No existe contradicción alguna entre ambas realidades.

Lo anómalo es convertirlas en motivo permanente de confrontación.El episodio de los coristas responde a la misma lógica. Nadie cuestiona el derecho a defender la secesión.

Lo discutible es la pretensión de transformar una ceremonia religiosa y un acontecimiento de alcance mundial en una plataforma de propaganda política.Y quizá ahí reside el problema de fondo. Cataluña es una realidad nacional, cultural y lingüística sólidamente reconocida.

No necesita reivindicarse a cada momento. No obstante, determinados sectores actúan como si vivieran instalados en una permanente necesidad de reconocimiento.Esa actitud revela una cierta inmadurez política.

Incluso una forma de narcisismo colectivo. Lo que se presenta como orgullo identitario transmite con frecuencia inseguridad.

Lo que pretende obtener reconocimiento acaba proyectando ansiedad por ser reconocido.Mientras León XIV hablaba de unidad, algunos seguían buscando motivos de división. Mientras la visita papal proyectaba una imagen abierta y universal de Cataluña, otros intentaban reducirla una vez más a una reivindicación identitaria.La instrumentalización fracasó.

Y fue una buena noticia. Porque la grandeza de Cataluña no consiste en reclamar constantemente reconocimiento, sino en no necesitar hacerlo.