El ingeniero vasco José Ignacio López de Arriortúa, nacido en Amorebieta, en 1941 y conocido en todo el mundo como Superlópez, ha fallecido a los 84 años luego de una vida dedicada al sector de la automoción, donde destacó por imprimir una radical transformación, llegando a convertirse en uno de los ejecutivos más influyentes —y controvertidos— de la industria del automóvil. Su carrera estuvo marcada por ascensos fulgurantes, innovaciones radicales y episodios judiciales de alto voltaje, que dejaron una huella imborrable en gigantes como General Motors o Volkswagen, compañías ambas en las que trabajó.Doctor en Ingeniería Industrial por la Escuela de Bilbao en 1966, López de Arriortúa inició su trayectoria en empresas como Firestone, donde inició a destacar por su obsesión por la eficiencia y la organización industrial.Su gran salto llegó en 1980, cuando fichó por General Motors para participar en el desarrollo de la planta de Figueruelas (Zaragoza).

Aquella fábrica sería el primer laboratorio de sus métodos, centrados en optimizar costes y mejorar procesos productivosObsesionado con los costesEn Opel (filial europea de GM), fue ascendiendo hasta convertirse en jefe de compras en 1987. Allí inició a aplicar una política que revolucionó el sector: exigir a proveedores más calidad a menor precio, renegociando contratos y analizando cada pieza al detalle.El impacto fue inmediato.

Sus decisiones permitieron reducir costes de forma masiva y mejorar la competitividad, hasta el punto de que se le atribuye haber contribuido a poner fin a una de las mayores crisis de General Motors. En 1992 dio el salto a Detroit como vicepresidente mundial de compras de GM.

En apenas meses, logró ahorros millonarios, consolidando su reputación como uno de los ejecutivos más eficaces del planeta.El gran giro de su carrera llegó en 1993, cuando abandonó GM para fichar por Volkswagen como vicepresidente. El movimiento fue uno de los más sonados de la industria.

En el grupo alemán volvió a aplicar sus fórmulas de optimización y reducción de costes. El resultado: Volkswagen pasó de números rojos a beneficios en apenas dos años, consolidando su reputación como el "cirujano" de empresas en crisis.

Pero su éxito estuvo acompañado de polémica. Luego de su marcha a Volkswagen, General Motors lo acusó de espionaje industrial y robo de documentos confidenciales.

El conflicto derivó en uno de los mayores escándalos empresariales de los años 90, con registros policiales y procesos judiciales en varios países. Finalmente, en 1997, GM y Volkswagen alcanzaron un acuerdo: la compañía alemana pagó 100 millones de dólares y se comprometió a comprar componentes a GM por valor de 1.000 millones.

Aunque la causa quedó sobreseída en 1998, el episodio marcó un antes y un después en la carrera de López.Más allá de la polémica, su legado es incuestionable. Entre sus principales aportaciones destacan la transformación de las relaciones con proveedores, imponiendo fuertes reducciones de precios; la optimización de la cadena de suministro y el impulso de modelos de producción más eficientes,Sus métodos fueron tan influyentes que muchos expertos hablan del "efecto López" en la industria del automóvil.

Pese a todo, Superlópez siempre arrastró un sueño que habría de quedar frustrado: construir una fábrica en su Amorebieta natal con un modelo revolucionario en el que los proveedores montaran directamente las piezas, reduciendo costes al mínimo. La fábrica nunca vio la luz.

En 1998 sufrió un grave accidente de tráfico que le dejó meses hospitalizado y aceleró su retirada progresiva de la vida pública.