A mí, como a muchísimas españolas de andar por casa, el registro del despacho de Zapatero me ha pillado cambiando la ropa de invierno por la de verano. Mudo la mía y la de mis hijas durante un domingo eterno y las habitaciones quedan inundadas de ropa y de tiempo.

Me veo obligada a encontrarme con todas esas que nosotras ya no somos y nunca lo gestiono bien, me pongo triste y acumulo prendas y objetos que nunca volveré a usar. Asfixio sus cosas en bolsas compresoras al vacío para que ocupen menos y luego las amontono en los huecos altos del armario, donde no volveré a mirar hasta que tenga que tirar estas mismas bolsas para hacer sitio a un nuevo pasado.

Si alguien me preguntara qué es lo que guardo allí arriba con tanto afán tendría que responder una sola cosa: tiempo. Seguir leyendo