El 9 de junio de 1974, Víktor Frankl (1905-1997), médico y pensador vienés, figura decisiva en la psicología del siglo XX, padre de la logoterapia y autor de obras esenciales, como El hombre en busca de sentido, La presencia ignorada de Dios y Psicoterapia y existencialismo, pronunció en el Instituto Lindenthal, de Colonia, Alemania, una conferencia publicada con el título de ¿Neurotización de la humanidad o rehumanización de la psicoterapia? En realidad, no fue ese el nombre original, sino ¿Está loca la nueva generación?, al cual Frankl se resistió en vano.

El hecho viene al caso ya que, según un reciente estudio del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud -centro de referencia en estadísticas sanitarias globales con base en Estados Unidos- y la Universidad de Queensland, Australia, desde 1990 en adelante los trastornos mentales a nivel mundial casi se han duplicado y afectan a 1200 millones de personas. El título al que Frankl se resistía podría reeditarse ahora como ¿Ha enloquecido el mundo?Según el estudio, considerado como el más completo efectuado hasta hoy en la materia, los trastornos de ansiedad y la depresión encabezan el listado de 12 patologías, que afectan principalmente a mujeres y, en general, a personas de 15 a 19 años, y ahora superan a las dolencias cardiovasculares, al cáncer y a los padecimientos musculoesqueléticos.

Como respuesta a esta inquietante investigación, diferentes especialistas señalaron tanto las deficiencias que presentan los sistemas de salud para atender este fenómeno, como la necesidad de una mejor atención, y más rápida, y de una mayor inversión en el tema.Sin duda, todo eso es necesario, pero los comentarios inducen a atacar el síntoma sin profundizar en sus causas. Quizás no baste con apuntar a la pandemia, a la pobreza, la inseguridad, el abuso, la violencia y la disminución de la cohesión social, como señala el estudio, si no se considera que estos son derivados de una sociedad que, globalmente, perdió su brújula moral y navega en una deriva espiritual y existencial. “Vale la pena reconocer el sentimiento de falta de sentido y tenerlo en cuenta cuando hablamos de la patología de nuestro tiempo”, decía Frankl en aquella conferencia.

Medio siglo después sus palabras resuenan con una potencia que obliga a despertar.Acaso no sea simple casualidad que la duplicación de trastornos mentales registrados por la investigación se inicie en 1990. La década en que internet irrumpió públicamente, generó el fenómeno tecnológico más notable de la modernidad y preparó el campo para la aparición de las redes sociales, fenómeno que, contradiciendo a su nombre, aisló a las personas encapsulándolas en pantallas, les secuestró la atención y las convirtió en rehenes de algoritmos que subrepticiamente guían sus conductas transformándolas, como indicó el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1905-2017), de ciudadanos en simples consumidores.

La ruptura de los lazos sociales, la ausencia de encuentros reales con el otro y de vivencias existenciales significativas son frutos amargos de un desarrollo tecnológico desentendido de orientación moral.Es difícil precisar cuáles son los valores de esta época en la que todo se reduce a producir y consumir. Joseph Fabry (1909-1999), discípulo de Frankl, explica en su libro Señales del camino hacia el sentido que hay valores temporales y valores permanentes.

Los segundos no pueden perderse y los primeros deben ser siempre remplazados por otros. Nunca vivir sin valores.

Y siempre orientar estos hacia la comprensión de para qué se vive. “Los valores y el sentido de la vida personal no son reglas morales, dice Fabry, sino prescripciones para la salud”. Y los valores no se declaman, se viven.

Un mundo que enloquece es, quizás, un mundo en el que las personas dejan de preguntarse para qué viven. Y retomar la pregunta puede ser el camino hacia la salud.