MARSELLA, Francia.- Dios nos perdone, pero por estos días a los editores de medios de comunicación y al papa León XIV nos hermana un desvelo común. La inteligencia artificial (IA).El Papa acaba de dedicar su primera encíclica, Magnífica Humanitas, a la IA.

Allí, alertó sobre un planeta cada vez más conectado, pero, paradójicamente, menos vinculado. Expresó que las innovaciones tecnológicas, incluida la IA, no son neutrales, pueden aumentar la participación y la justicia, pero también ampliar la desigualdad y la exclusión.

Y se preguntó: ¿Contribuyen a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad? El papa León está preocupado por aquellos a quienes las nuevas tecnologías les resultan inaccesibles. “En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría económica y política”, remarcó, para luego aludir, sin eufemismos, “a los nuevos monopolios de la IA”.

El discurso del Papa se produce en un momento en el que cada vez más gente pide una regulación para evitar que las empresas tecnológicas, y en algunos casos también la política, saquen provecho de la circulación de videos manipulados, así como de la difusión de noticias falsas y contenidos que fomentan el odio.Las tribulaciones de los más de mil editores convocados aquí, en el Congreso Mundial de Medios (WAN, en inglés), conciernen por cierto a asuntos más terrenales, aunque no menos preocupantes para el futuro del periodismo independiente como última defensa contra la desinformación y como sostén de las democracias liberales.Desde su aparición, cuatro años atrás, la IA está rehaciendo el modo en que los ciudadanos acceden a la información. La prensa enfrenta hoy la tercera revolución digital.

Primero fue la irrupción de Internet, en los años 90, que conectó el acontecer noticioso y el conocimiento a través de fronteras, industrias e instituciones. Le siguió el advenimiento de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, que puso al alcance de nuestro bolsillo todo lo que sucede en tiempo real y le dio a cada individuo voz en el universo digital.La encrucijada actual adquiere una dimensión más grave, con la aparición de la IA, que les otorga a las flamantes plataformas la capacidad de entender y generar respuestas en el acto, ya no como una herramienta, sino como un colaborador todoterreno que resuelve la necesidad del usuario en un parpadeo.

Una cifra da una idea del extraordinario avance de la IA: ChatGPT, por ejemplo, recibe por día 2500 millones de búsquedas y ha reinventado la experiencia del usuario en Internet, que pasó de navegar a delegar en los bots una respuesta a todas sus demandas.El problema es que las grandes plataformas de IA (Anthropic, Meta, Google y Microsoft, entre otras) se resisten a reconocer la propiedad intelectual de los generadores de los contenidos que difunden y que surgen en buena medida del trabajo de los medios de comunicación. Solo lo han hecho en casos puntuales, eligiendo un manojo de países por su idioma, como El País, de España; Le Monde, en Francia; The Times, en el Reino Unido, y Folha de S.

Paulo, en Brasil, por citar algunos ejemplos. Hemos vuelto a 1998, cuando tuvo lugar la aparición de los grandes buscadores (Google), que se adueñaron del material periodístico sin reparo alguno.

Un déjà vu perfecto.“Un robo descarado”Quien mejor expuso el cuadro actual fue el editor de The New York Times, Arthur Sulzberger. A sala llena, durante casi una hora y sin que volara una mosca, quien dirige el diario más influyente del mundo denunció que hace dos años y medio libra una batalla ante la justicia norteamericana para que ponga fin a la apropiación de sus contenidos, reempaquetados por aquellos agentes sin rendir cuenta alguna a su empresa, la emisora original.

Sulzberger reconoció que ya lleva gastados veinte millones de dólares en el litigio. Por los pasillos de este encuentro corre la versión, imposible de verificar, de que el Times, líder indiscutido en innovación y calidad, exige una suma cercana a los 500 millones de dólares.

Sulzberger fue aquí la voz de todos. “El año pasado publicamos un millón de historias que le costaron a The New York Times dos mil millones de dólares. ¿Quién se suscribiría a un diario cuando puede obtener la misma respuesta en la IA?”, expresó, con un golpe en el atril.

Se explica el fastidio: su periodismo distintivo, premiado por trece millones de suscriptores digitales, está siendo asesinado por un burdo plagio sin consentimiento ni compensación alguna. “Aquí hay un robo descarado de propiedad intelectual sin precedentes”, reclamó. Y llamó a un “despertar colectivo” de la industria de la comunicación, y a los diarios en particular.

Expresó que si el periodismo pierde esos recursos habrá menos periodistas investigando, verificando hechos y controlando a las instituciones y el poder. El Times tiene acaso la redacción más grande del mundo, con cerca de 2000 periodistas, y corresponsales en los confines más remotos del planeta.

Su contenido es de tal excelencia que el conocido consultor de medios cubano americano Mario García suele denominarlo “las olimpíadas del periodismo digital”. Invertir en periodismo de calidad es costoso.

Implica narrar los hechos desde el lugar en el que estos mismos ocurren, es decir, enviar periodistas que den testimonio de los acontecimientos in situ, comprar los derechos para reproducir la mejor prensa de calidad extranjera disponible, destacar corresponsales en las principales capitales del mundo y contratar a las plumas locales e internacionales más valoradas por los lectores, entre otras tantas apuestas editoriales. ChatGPT nunca enviará un reportero a la guerra en Irán o al territorio invadido de Ucrania, no trajinará los pasillos de los tribunales para anticipar un fallo judicial, no se tomará el trabajo, y la decisión, de peinar cientos de discursos de un dirigente político para detectar contradicciones, omisiones, insultos o simplemente mentiras, como tampoco hallará en cuadernos manuscritos las anotaciones que registren una gigantesca trama de corrupción.

Estamos ante una paradoja: la IA necesita desesperadamente al periodismo. El problema es que no quiere pagar por él.

Y lo hace porque puede apropiarse de lo ajeno sin sanción. Un 30 por ciento de los insumos de la IA son contenidos periodísticos.

La IA depende del periodismo mucho más de lo que el periodismo depende de la IA. La fórmula del periodismoTal como lo conocimos, Internet está muriendo delante de nuestros ojos, afirmó el consultor Juan Señor, que lleva décadas trabajando en redacciones.

El futuro es impredecible, pero todos parecen coincidir en algo: las flamantes máquinas de IA estarán ahí, llegaron para quedarse. A los medios de referencia nos queda seguir recurriendo a la misma fórmula, las mismas armas, las de siempre, las mejores.

Periodismo de investigación, análisis y opinión, con una narrativa digital ágil y accesible para el lector. Sorpresa, emoción e historias humanas.

Narrar los hechos tal cual suceden, hablar con las personas, de las personas y para las personas, componente humano que la IA jamás podrá igualar. Debemos hacerlo, por supuesto, con herramientas y modelos innovadores, pero aferrándonos a los valores inoxidables del periodismo de calidad.¿Cómo competir contra una máquina que siempre tiene una respuesta?

Disponemos de un capital único, la capacidad de validar si esa respuesta es cierta o no. A esta altura, nuestros suscriptores no pagan solo por información sino por Saber (con mayúscula), confianza y valores.

Por más que no falten los oportunistas de siempre que pretenden desacreditar el trabajo de la prensa, como si se tratara de un buen vino, el lector reconoce en el acto cuando está frente a una tradición de periodismo independiente, profundo y veraz. Los representantes de ChatGPT dijeron presente aquí en un panel, el segundo más concurrido después de la aparición de Sulzberger.

No faltó nadie, ansiosos todos por saber cómo responderían al líder de la industria. Fue un canto a la irrelevancia, una hora de palabras al viento para eludir la exigencia generalizada de una platea impaciente: ¿Extenderán sus acuerdos hacia otros medios cuyos contenidos copian o seguirán haciéndose los distraídos?

En América latina, por ejemplo, con la excepción del caso de Brasil, donde llegaron a un acuerdo gracias a una demanda judicial del mencionado diario paulista, hasta aquí han ignorado a los medios de los diecinueve países que nuclean a más de 600 millones de habitantes. Asoma una reacción colectiva: la WAN se incorporará a SPUR, una coalición internacional que impulsa estándares comunes para la protección de contenidos, apuntando a fortalecer la capacidad negociadora de los medios frente a las grandes plataformas tecnológicas.Pero no todo es una cuestión de reconocimiento de derechos, copyright, o simplemente patentes, como se las denomina en nuestro país aunque en referencia a otros sectores también en pugna.

Surge otro problema con la IA. Un porcentaje de sus respuestas consiste en versiones que carecen de la veracidad y el rigor que caracteriza a los medios tradicionales.

Los bots con demasiada frecuencia dan respuestas ambiguas, imprecisas, cuando no incorrectas, porque también escanean al periodismo de mala calidad. Allí sobreviene otro gran dilema.

Quienes los consumen asumen como ciertas falsas verdades, lo que tiene un efecto devastador para la convivencia ciudadana en las sociedades democráticas, porque cuando se imponen las falacias o el uso de imágenes manipuladas, imposibles de dilucidar si son reales o no, en campañas difamatorias, queda contaminada la atmósfera política y social, y se confunde a la opinión pública.Cuidado. Se corre así el riesgo de que termine cumpliéndose aquella premonición de Hannah Arendt: “Si todo el mundo te miente, la consecuencia no será que creerás las mentiras, sino que nadie creerá en nada”.