Nada hay más parecido al Sónar que la romería del Rocío, recordaba el Niño de Elche en Canto cósmico, el documental de título cardenalicio (procede de Ernesto Cardenal) sobre su inclasificable trabajo. Los músicos y los futbolistas han sido los encargados de mantener viva una llama que el vértigo de la sociedad industrial ha ido sofocando: el ritual.

Todo parece nuevo, pero la mística de estadio no la inventó U2 con su versión del salmo 40: los museos saben la importancia que en los años ochenta tuvo otra película —la fascinante Rock My Religion, del escultor Dan Graham— para señalar la relación entre las contorsiones de los asistentes a un concierto y las ceremonias de algunas comunidades protestantes como los shakers.Seguir leyendo