Una niña lanza repetidamente la pelota contra un cartel que prohíbe jugar a la pelota. El ruido neumático y sordo del balón rompe el silencio espeso de la tarde en la puerta del colegio San Bernardo.

Una anciana sale del edificio. Después otra.

Y otra. Decenas de personas de edad avanzada abandonan el colegio charlando animadamente, como si fueran alumnos repetidores (muy repetidores) a la hora del recreo.

En realidad, no salen tanto del colegio como de la iglesia. Aquí, en una pequeña capilla, se celebran las misas del madrileño barrio de Puerta del Ángel desde hace décadas.

A la salida se forman corrillos y grupos efímeros, tantos que la niña opta por recoger su balón e irse a jugar a otra parte. Carmen Cabana, enfermera jubilada de 83 años, y Juan Carlos Carvajal, párroco de 64, están en uno de estos grupos.

Charlan animadamente con varios feligreses unos minutos antes de partir. “¿Vamos ya, padre?”, pregunta ella. “Vamos”. Seguir leyendo