En las viejas películas de Tarzán siempre aparecían unos malos avariciosos, blancos y con rifles, que querían cazar elefantes o hacerse con unos preciados diamantes. Para conseguirlo les resultaba imprescindible entablar relaciones con gentes del lugar.

Estos eran aborígenes con lenguas primitivas, que pagaban tributos en rituales extraños y exhibían supersticiones varias. No obstante, eran mano de obra barata, servicial y sumisa.

Pareciera que su único trabajo fuera servirlos a ellos. Los codiciosos exploradores necesitaban de los indígenas provisiones y algunos porteadores para cumplir su misión y luego, conseguido el botín, regresar a su país, más ­ricos que cuando llegaron porque en aquellos lugares nada costaba ­mucho.Seguir leyendo...