La viticultura en Tailandia representa un desafío sin precedentes. Mientras los viticultores europeos luchan contra jabalíes y estorninos, los productores tailandeses deben proteger sus viñedos de macacos y elefantes salvajes. La sorpresa para muchos radica en la existencia misma de bodegas en el sudeste asiático. Visooth Lohitnavy y su esposa Sakuna fueron pioneros en 1999 al transformar un maizal de 16 hectáreas en viñedo, ubicado a 350 metros de altitud al pie del parque nacional de Khao Yai. Tras una década de ensayos y errores, lograron sus primeras botellas comercialmente viables, con el apoyo de su hija Nikki, que se convirtió en la primera enóloga tailandesa formada en Australia.

El verdadero reto de la viticultura tropical radica en la impredecibilidad de las lluvias monzónicas, agravada por el cambio climático. Las colinas circundantes mitigan tanto la temperatura como la intensidad de las precipitaciones, pero estas siguen siendo destructivas para la uva. A diferencia de Europa, donde el calentamiento global permite plantar viñedos más al norte, en regiones tropicales como Khao Yai, ubicada en el paralelo 14, es necesario engañar a la vid desorientada sin cuatro estaciones. La cosecha ocurre en febrero y marzo durante la temporada seca, con vendimia nocturna para preservar aromas. Las variedades que mejor se adaptan son el verdelho y chenin blanc para blancos, y syrah y garnacha para tintos.

El mercado tailandés valora el vino como indicador de estatus, adquirido como un producto de lujo. Las botellas se comercializan a treinta o cuarenta euros como promedio, llegando hasta cien euros, a pesar de que su calidad es considerablemente inferior a la de vinos europeos comparables. Las bodegas serias invierten en maquinaria especializada importada de Europa y barriles de roble francés, justificando los altos precios por infraestructura de gran nivel. GranMonte y PB Valley lideran el sector, con destinos que combinan viñedos, gastronomía francesa e italiana, y alojamiento en espacios ajardinados que imitan paisajes toscanos.

Despite sus limitaciones, las bodegas tailandesas exportan el 15 por ciento de su producción, indicando un nicho internacional de curiosos dispuestos a pagar por el exotismo y el esfuerzo. Khao Yai es ahora la única denominación de origen del país, con normas establecidas por Visooth Lohitnavy, quien presidió la asociación de bodegueros tailandeses. Estas regulaciones incluyen el uso exclusivo de uvas para elaboración de vino y máximo 15 por ciento de mezcla con mostos o vinos importados. Khao Yai se ha convertido en atracción turística que atrae tanto a visitantes extranjeros como a tailandeses adinerados, consolidando una cultura del vino en territorio tropical donde hasta hace poco solo se cultivaban mangos, cocoteros y café.