Leonora Carrington tenía veintitrés años cuando el mundo se desplomó a su alrededor. Había logrado escapar de una infancia asfixiante en Lancashire, en el Noroeste de Inglaterra, y exprimía cada segundo de su nueva vida en la campiña francesa con Max Ernst, casado, 26 años mayor que ella, el más famoso de los pintores surrealistas, con el que creaba arte y organizaba cenas festivas en las que servían tortillas con mechones de su cabello.

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