La costosa quimera de la pluralidad: más partidos, ¿mejor democracia?

La democracia mexiquense vuelve a enfrentarse a su propio espejo y el reflejo que proyecta, lejos de mostrar una ciudadanía robustecida, denota un sistema cada vez más fragmentado y oneroso. El reciente ajuste realizado por el Consejo General del Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) para redistribuir la bolsa de prerrogativas es el síntoma de una paradoja sistémica: en nuestra política, la apertura de la puerta a nuevas opciones no necesariamente se traduce en una mayor representatividad, sino en un reparto más atomizado del dinero de todos.
Por mandato legal y luego de la resolución del INE, el IEEM tuvo que recalcular el destino de los cerca de mil millones de pesos autorizados para el financiamiento público de los partidos políticos en la entidad. La mesa, originalmente puesta para siete comensales tradicionales, debió sumar tres asientos adicionales con la entrada formal de las nuevas fuerzas de corte nacional y local: Somos México (Somos MX), Construyendo Sociedades de Paz (PAZ) y el partido local Poder Mexiquense de Oportunidades Sociales (Podemos).El dilema de fondo no radica en que la bolsa total aumente —las reglas electorales fijan el tope global conforme al padrón y la Unidad de Medida y Actualización (UMA)— sino en cómo se gasta y para qué sirve.
En el Edomex, la estructura electoral es un monstruo de proporciones colosales. Para ponerlo en perspectiva institucional, de cada 100 pesos asignados al órgano electoral mexiquense para el ejercicio ordinario, 58 pesos van directamente a los bolsillos de los partidos políticos, dejando apenas 42 pesos para la operación técnica, fiscalización, salarios y organización de las elecciones.
Una democracia donde los jugadores devoran más de la mitad del presupuesto operativo del árbitro es, por definición, un lujo insostenible para un país y un estado con profundas carencias estructurales.El Código Electoral del Edomex estipula que cada nuevo partido político tiene derecho, de manera directa, al 2 por ciento del monto total destinado al financiamiento de las actividades ordinarias permanentes durante su primer año de inclusión de cara al proceso electoral de 2027. La pregunta que la ciudadanía se plantea con legítima fatiga es: ¿Realmente la democracia necesita de tantos partidos políticos?
La teoría nos diría que sí cuando las opciones existentes dejan de representar las causas de la población; cuando existen minorías sistemáticamente ignoradas que requieren una voz colectiva. No obstante, la historia electoral reciente demuestra que el nacimiento de nuevas siglas obedece más a escisiones de las cúpulas tradicionales, al reacomodo de liderazgos desplazados o al pragmatismo de crear franquicias de alquiler que a una auténtica primavera de ideales ciudadanos.La cruda realidad es que las posibilidades de que estos nuevos partidos conserven su registro después de la elección intermedia de 2027 son minúsculas.
El umbral legal del 3 por ciento de la votación válida emitida funciona como una trampa de arena movediza. Sin estructuras territoriales sólidas ni presupuestos proporcionales a los de los titanes de la política, la gran mayoría de estas nacientes organizaciones están condenadas a ser "partidos satélite" o "de un solo verano", extinguiéndose tan rápido como cobraron sus primeros cheques.No obstante, financiar el nacimiento, la burocracia y las campañas de opciones políticas que apenas rozan el interés popular no es sinónimo de pluralismo; a menudo es financiar un negocio privado con recursos públicos.
Para 2027, la boleta en el Edomex estará más saturada que nunca, y una oferta electoral sobrepoblada no garantiza un electorado más libre ni mejor representado. Al final del día, lo único seguro es que el ciudadano común seguirá pagando una de las democracias más caras del planeta, mientras las nuevas siglas ensayan discursos de cambio con fecha de caducidad previamente establecida.
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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