Ni el mejor de los guionistas podía armar un escenario más extraordinario para definir el pase a cuartos de final de un Mundial. Cuatro horas de lluvia continua en la previa y más agua una vez que el árbitro marca el inicio, como para que la pelota corra con más velocidad, dificulte los controles y multiplique las precauciones.

Los 2.200 metros de altitud “a la que es imposible adaptarse”, según Thomas Tuchel, el alemán que entrena al equipo de los Tres Leones. Dos equipos que cargan con un sinfín de complejos y urgencias históricas.

Un público desbordante de entusiasmo y optimismo.México e Inglaterra ofrecieron uno de esos duelos que las circunstancias fijan para siempre en las memorias y las retinas de quienes tuvieron la fortuna de vivirlo. Fue 3-2 para los británicos, que jugaron casi un tiempo entero con diez jugadores y enfrentarán a Noruega por el lado más europeo del cuadro.

Quizás porque la historia de los ingleses con México en general -nunca habían vencido a la selección local en los tres amistosos disputados en territorio mariachi-, y con el estadio Azteca en particular (el trauma de los dos goles de Diego Maradona en 1986 continúa latente, aunque hayan pasado 40 años); más el temor por los efectos de la altura llenaron de cautela a los Three Lions durante más de media hora.La maldición que persigue a los mexicanos en las grandes citas, sobre todo cuando tienen enfrente algunas de las selecciones de mayor renombre en el planeta, disminuyó el ímpetu arrollador que los dirigidos por Javier Aguirre habían mostrado en la etapa anterior ante Ecuador, aunque el empuje de las tribunas y la seguridad de un largo invicto en el coloso de Santa Úrsula les imprimiera una marcha más desde el arranque.Los pocos riesgos que asumían unos y la prudencia de los otros hicieron que durante algo más de media hora la trama se deslizara con pocas alteraciones, casi aburrida, con más estudio que emociones fuertes. Apenas un cabezazo de Raúl Jiménez que dio comienzo a una serie de brillantes atajadas de Jordan Pickford, y una carrera individual de Anthony Gordon que resolvió con seguridad Raúl Rangel.

Muy poco para lo que la serie prometía de antemano.Hasta que de pronto una acción que parecía aislada desencadenó el carrusel de acontecimientos que obligó a agarrarse fuerte de la butaca para no moverse más hasta que apareció el the end y aparecieron los créditos.Iban 36 minutos cuando Declan Rice buscó a Bukayo Saka por derecha. El desborde sobre Jesús Gallardo, una novedad en el partido, acabó con un centro pasado y una palomita de Jude Bellingham (suscriptor de una actuación excepcional) para el 1-0.

Sacó del medio el local, Elliot Anderson presionó a Érik Lira, tocó para Bellingham, prolongó hacia la derecha a Harry Kane, centro bajo y doblete del 10 del Real Madrid. A los 42, el iraní nacionalizado australiano Alirezza Faghani vio una falta inexistente de Saka a Gallardo, Ezri Konsa dejó corto el despeje y Julián Quiñones clavó el rebote arriba para restaurarle el aliento a los hinchas aztecas.

Todavía antes del descanso, Pickford descolgó un balón del ángulo y Bellingham le ahogó el grito del empate a César Montes.A partir de ese momento, todo orden y explicación táctica dejaron de tener sentido. La lógica indicaba que la calma debía volver a la vuelta del vestuario, pero el guionista se enamoró del frenesí y desató otro buen rato de desenfreno al que no le faltó casi nada.Se sucedieron, casi sin tiempo para respirar, un remate al palo de Nico O’Reilly, una expulsión determinada por el VAR para Jarell Quansah, un penal clarísimo de Rangel a Gordon para que Kane pusiera el 3-1, y otro que inventaron entre el VAR y Faghali por un roce del goleador inglés sobre Brian Gutiérrez para que Jiménez vuelva a poner al local a tiro de empate.

Iban 23 del período de cierre y media hora exacta de descontrol futbolístico.Por entonces ya había dejado de llover y la única altura que importaba era la de los tres centrales que incluyó Tuchel para rechazar el centenar de centros que inició a tirar México, ya olvidado el atildado juego por abajo, la apertura por las bandas y las pequeñas sociedades de los volantes que lo habían llevado a soñar con llegar más lejos que nunca en un Mundial.No hubo caso. Se agigantaron los Tres Leones pese a la desventaja numérica, apretaron los dientes y afilaron los cuchillos dispuestos a quitarse uno de los tantos traumas que los persiguen desde 1966 y se quedaron con el premio de seguir en carrera.

Se fue México, una vez más -la octava- en octavos. Como en tantas otras ocasiones, se les nublaron las ideas en el momento crucial y el fútbol se les agotó antes de tiempo.

Pasó Inglaterra, que en definitiva era lo que cabía esperar. No todos los guionistas se arriesgan con finales sorprendentes.