La liturgia es casi siempre idéntica: dos jóvenes, a veces con guantes y a veces no, se cuadran frente a frente ante una multitud que aguarda expectante el inicio de las hostilidades. Un 'árbitro', si lo hay, dirige el cotarro, sin que nadie tenga claro cuándo debe parar el combate.

Los más preparados llevan un cronómetro en la mano; otros ni eso, ya que algunas peleas solo acaban al caer inconsciente el derrotado. Por suerte, no es el caso de las últimas registradas en Villaverde, Alcalá de Henares y Getafe, tres puntos donde los vecinos se han visto obligados a llamar a la Policía alertados por los gritos de una masa que jalea embravecida los golpes.Este tipo de trifulcas, que en realidad han ocurrido siempre, se han visto amplificadas con el auge de las redes sociales. «Es lo mismo que sucede en las inmediaciones de algunos centro escolares, donde lo normal es que un grupo corra la voz de que va a haber una pelea y se acabe juntando mucha gente», explican a ABC las fuentes policiales consultadas, aunque esta vez con una novedad añadida.

El crecimiento de disciplinas como las artes marciales mixtas ha provocado un mayor número de seguidores, sobre todo entre los jóvenes, que no siempre saben distinguir un deporte reglado de la 'ley de la jungla' que supone la calle.Así, no es casualidad que en los últimos tiempos hayan proliferado unas escenas que elevan la alarma de los vecindarios afectados, por lo que no es de extrañar que la mayoría de llamadas a la Policía se produzcan desde las viviendas más cercanas, cuyos residentes se ven sorprendidos por los gritos proferidos. El problema, sostienen los testigos, llega al advertir los implicados la posible presencia de los agentes, desatándose una desbandada. «Si no hay lesiones y nadie denuncia, tampoco podemos hacer mucho», añade un patrullero, consciente de que el trabajo en estos casos se debe sustentar en la prevención.Noticia relacionada reportaje No No Peleas pactadas al estilo ruso, la nueva 'Champions League' de los ultras madrileños Aitor Santos MoyaDesde el punto de vista judicial, el panorama es igual de difuso. «Lo primero es buscar un delito.

Por ejemplo, si una persona resulta lesionada, debe denunciar», incide un abogado penalista, cuestionado por un tipo de pelea en la que no hubiera detenidos ni atenciones médicas sobre el terreno. Cuestión aparte, prosigue, se desprende de la participación de menores, en cuyo caso los padres o tutores pueden presentar una denuncia si consideran que hay terceras personas que están planificando los pleitos. «Existe el delito de corrupción de menores, el cual también puede ser investigado de oficio por la Policía», recuerda.Otra de las controversias más punibles guarda relación con las apuestas, hasta el punto de que, si se acredita un lucro económico, los organizadores se exponen a un delito de pertenencia a grupo criminal. «Por norma general, no tienen nada que ver estos combates con los que pueden practicar los chavales en un parque», advierten los especialistas.

Las veladas clandestinas más 'profesionales' se lleva a cabo en lugares secretos, con instrucciones de llegada muy limitadas y totalmente alejadas de miradas indiscretas; en definitiva, un asunto mucho más complejo que atañe a luchadores expertos, muy al estilo de las 'drakas' rusas . «El número de participantes (mucho más reducido) y la imposibilidad de llevar armas es lo que las diferencia de las peleas que pactan los grupos ultras», inciden.Un combate ilegal con su propio ring, en un fondo de saco de San Cristóbal de los Ángeles; en las fotos inferiores, otras dos peleas callejeras en una canchas y un parque ABCDe una forma u otra, lo cierto es que todas suelen tener un denominador común: alguien graba la escena para publicarla después en redes sociales. Solo así se explica el hecho de que existan determinadas cuentas creadas expresamente para divulgar las palizas. «Aportar al DM (mensaje directo)», se lee en la descripción de una de ellas, acompañada de un mensaje ciertamente revelador. «No sapos», en alusión a la jerga popular que trata despectivamente a las personas delatoras.

Y como este hay unos cuantos perfiles fácilmente localizables. Precisamente, el miedo a ser señalados como chivatos impide en muchas ocasiones a los adolescentes dar la voz de alarma a sus padres o profesores.El crecimiento de las artes marciales mixtas y las redes sociales han provocado un mayor número de seguidores jóvenesHace dos semanas, una veintena de jóvenes se reunieron a medianoche en el parque del Vivero, al sureste de Alcalá de Henares, para presenciar una batalla pactada entre dos de ellos.

En la secuencia, grabada desde una terraza, se observaba a los dos individuos lanzarse puñetazos sin descanso, mientras el resto pedía que la violencia aumentara. «¡Dale, dale!» o «¡Mátalo!», eran algunas de las soflamas proferidas, desplazándose el grupo al son de las embestidas. Días después, en una plaza del barrio de Juan de la Cierva (Getafe), una quincena de menores decidían pasar la tarde enfrentándose entre ellos con guantes de boxeo. «Demasiado tiempo libre», comentaba irónicamente una vecina.

Y razón no le falta. «El final del curso escolar siempre amplifica este peculiar pasatiempo», concluyen los expertos.