Hay imágenes que no necesitan explicación. Basta con verlas para viajar varias décadas en el tiempo.

Eso sucedió este domingo en el Estadio Ciudad de México, donde la parte alta de la cabecera norte se pintó de verde, blanco y rojo gracias a miles de pequeñas banderas mexicanas que esperaban a los aficionados desde antes de su ingreso al inmueble. Conforme los seguidores fueron ocupando sus lugares, descubrieron que sobre cada asiento los esperaba una bandera.

Poco a poco comenzaron a levantarlas y a mecerlas mientras transcurrían los minutos previos al compromiso de octavos de final entre México e Inglaterra, construyendo una postal que inevitablemente recordó a las imágenes más icónicas de la Copa del Mundo de 1986. Durante la larga espera para el inicio del encuentro, retrasado por el protocolo de tormenta eléctrica, las banderas prácticamente no dejaron de ondear.

En distintos momentos, los aficionados las levantaban al ritmo de la música del sonido local, mientras otros simplemente las agitaban de manera constante para mantener vivo el ambiente en una tribuna que nunca perdió el entusiasmo. El instante en que la imagen alcanzó su punto más espectacular llegó cuando la Selección Mexicana salió al terreno de juego para realizar el calentamiento.

Apenas aparecieron los futbolistas, miles de manos levantaron las banderas al mismo tiempo y la cabecera norte se transformó en un enorme mosaico tricolor que cubrió buena parte del graderío. La escena evocó inevitablemente aquellas postales que quedaron grabadas para siempre durante los partidos de México en el Mundial de 1986, cuando el entonces Estadio Azteca lucía cubierto por un océano de banderas nacionales que acompañaban cada aparición del Tricolor.

Cuatro décadas después, con un estadio renovado, un nuevo nombre y una nueva Copa del Mundo como escenario, la afición mexicana volvió a construir una imagen capaz de conectar generaciones. Porque más allá del resultado del partido, hubo un momento en el que el tiempo pareció detenerse y el estadio volvió a parecerse, al menos por unos minutos, al de aquellas tardes que forman parte de la memoria colectiva del futbol mexicano.