A las cinco de la tarde, los amiguillos del barrio corríamos a la casa de doña Tina, la esposa de don Pablo, ebanista y carpintero, al costado norte de la iglesia de ladrillo en San Francisco de Goicoechea, un lar empedrado y rústico, el Macondo entrañable de mi primera infancia que no dejo de evocar entre la nostalgia y el sepia de los calendarios. Era el año 1960.

Sudorosos, en pantalones cortos y con las rodillas raspadas, los carajillos nos deteníamos ansiosos en la puerta, hasta que doña Tina nos dejaba entrar y, modositos, nos sentábamos en el piso. Ella encendía el televisor –el primer aparato que llegó al vecindario–, y empezaban las fábulas de las urracas parlanchinas, las del campesino Alfalfa y las del superratón volador que rescataba a su bella ratoncita de los felinos malvados.

Doña Tina no cobraba por ver tele, como en otros lugares; eso sí, hacía su agosto con las naranjas congeladas y los helados de mora, natilla, maní y otras delicias que vendía y que nosotros, “manada de limpios”, esculcábamos en los bolsillos o asaltábamos el chancho para comprar.Mi barrio era una sola calle. Vivíamos 75 metros al norte del parquecito de la iglesia en una casa de madera frente al tajo, como llamaban al potrero de nuestras correrías.

El sol vespertino se ocultaba detrás de la arboleda al fondo y los domingos se jugaba fútbol distrital. Aunque el barrio era corto y lineal, ahí habitaba un crisol variopinto de personajes.

Beltrán y Zoraida cuidaban el cafetal con sus perros guardianes. También conocíamos a Mainieri, quien laboraba en la funeraria La Última Joya.

Simple y mortal, el buen hombre llegaba a almorzar a bordo de su carruaje fúnebre, sin que nadie se inmutara.Sabino era un viejito de pata en el suelo. Vendía manzanilla.

Cuando se pasaba de tragos, ofrecía a cualquier precio sus matitas. O las dejaba perdidas.

Maruja alquilaba un cuartito en la casa de Marta. Servidora del Teatro Nacional, ella conocía al dedillo fragmentos de óperas y zarzuelas que miraba entre bambalinas, pues era la encargada de aplanchar vestidos de las divas del escenario.

Marta, entrañable amiga de mi madre, también era costurera. Atendía en su casa a señoras muy bonitas que llegaban a tallarse.

Yo las miraba embobado y ellas me saludaban con simpatía. Sería por eso que desde la niñez empezó mi fascinación por el eterno femenino.

En fin, poco a poco, las familias se iban haciendo de sus aparatos de televisión. El nuestro era un Admiral portátil que mi papá adquirió a pagos en Panatra, almacén de electrodomésticos donde había comprado –igual, a pagos– una nevera que estrenamos con algarabía.

Mi tata me mandó a la pulpería por dos botellas de leche que pusimos a enfriar. Y cada cinco minutos la abríamos para ver cómo iba la cosa.

Qué ilusión. Ni Aureliano Buendía se habría sorprendido tanto “la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Felices con la nevera, en nuestra inocencia, comprendíamos la satisfacción serena de aquel hombre trabajador. Hacía milagros con el salario; todo para la prole; poco, casi nada, para él.Vuelvo al televisor.

Con su sensibilidad de fotógrafo, mi papá graduaba magistralmente la gama de grises del aparato. Con destreza, sentado al borde del sillón, manejaba las perillas y conseguía que nuestro “tele” se viera con mayor nitidez que los Zenith grandes de vecinos más pudientes.

Después de tantos años, en estos días del campeonato mundial, al encender mi moderna pantalla plana y disfrutar del fútbol como si estuviera en el estadio, y la magia multicolor, como la vida misma, extraño el querido viejo del sillón reclinable. Es una pena que un ser humano sensible, profundo y observador no alcanzara a conocer el portento audiovisual de la actualidad.

Por eso, en su memoria, ofrezco con humildad estas lágrimas, entre la nostalgia y el sepia de los calendarios. roberto.comunic@gmail.com Roberto García H. es periodista y comunicador.