El tiempo de los héroes, por Alonso Cueto
Horacio Ochoa, el fotógrafo que capturó el Cusco como pocos y cuyo legado (por tanto tiempo ignorado) vuelve a renacerSarah Bernhardt, la diva que cobró una fortuna en soles de plata para presentarse en el Perú y paralizó la capital luego de la guerra con ChileNadie confía en casi nadie. No tenemos confianza en nuestros líderes, en nuestros gobernadores, en nuestros políticos.
Es la misma razón por la que casi no hay héroes. Los últimos que tuvimos en el Perú fueron Ketín Vidal y María Elena Moyano.
Y tantos héroes anónimos entonces y hoy. Esta carencia de héroes se extiende a la vida internacional.
No hay líderes en el mundo, apenas caudillos tribales. Están engarzados en guerras sin fin y sin sentido, sin héroes que mostrar.MIRA: Te leo como un libro, por Irene VallejoPero el deporte del fútbol, una nueva formulación de las olvidadas causas del patriotismo y de la guerra, es el último refugio de los héroes.
Allí está Vozinha, el arquero de Cabo Verde en el Mundial. Allí también desfilan Messi o Mbappé o Haaland o Kane.
Ellos parecen cumplir con la antigua definición del heroísmo. El que defiende a la comunidad, el que pone el cuerpo y el alma en una causa.
Para completar su imagen, sabemos que todos han sufrido, se han sacrificado para defender a sus sociedades.En la definición clásica, el héroe es el hijo de un dios y una mortal. Allí están Hércules, Eneas o Aquiles, que vienen de esta mixtura.
Es por eso que las cámaras enfocan al padre de Messi o de algún otro, buscando el origen del polvo divino. En ese mismo impulso de buscar héroes donde nos hacen falta, encontramos un lugar para los héroes populares.
Desde Aquiles hasta El Hombre Araña, pasando por Batman, Superman y Superwoman, le damos rienda suelta a nuestra sed de fabricar seres a quienes admirar. Son las compensaciones de nuestras carencias.
A diferencia de la vida, hecha del caos donde no hay ganadores ni perdedores, el deporte muestra un espacio simbólico pero concreto. Los jugadores, la pelota y algunas reglas sencillas y definitivas forman la base de ese universo.
El fútbol nos ofrece el espectáculo de la concreción en un marco panorámico, hecho como el gran teatro del mundo respaldado por el coro griego de la tribuna. El juego colectivo y el heroísmo individual se dan la mano y los números los definen.
Los héroes aglutinan y les ofrecen un cemento a las sociedades fragmentadas y divididas. Es el mismo fuego sagrado que sostiene a uno de nuestros primeros héroes, Prometeo.
Es él quien roba el fuego a los dioses y los trae a los hombres. A él le debemos nuestra civilización.
Como un buen héroe, debe sufrir un castigo terrible, atado a una roca en la cordillera del Cáucaso, donde un águila viene a comerle el hígado. “Les di esperanza y así aparté de sus ojos la muerte”, dice Prometeo cuyas cadenas felizmente serían rotas por Hércules. Muchos siglos más tarde, este culto al heroísmo reaparece de un modo puramente realista en el poeta de Medinaceli que compuso el Mio Cid (el que “en buena hora ciñó espada”) hacia el año 1200.
En algún momento Rodrigo Díaz de Vivar dice una frase que podía repetir el capitán de una selección. “Les diré la verdad: a quien en un lugar vive siempre, lo suyo puede menguar. Mañana por la mañana, pongámonos a cabalgar, dejen este campamento, iremos adelante”.No obstante, en el deporte y en la política, también vivimos en una época de algunos héroes de pacotilla.
Para ellos hay un aforismo clásico, aunque también se le atribuye al Mio Cid: “Aquella persona era como el gallo, porque pensaba que el sol salía para oírla cantar”.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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