SANTA FE.— El panorama de la educación posmoderna se presenta como un escenario de profunda calamidad epistemológica. Sí, arranqué fuerte, porque no se trata de una crisis de recursos, sino de una crisis de sentido, donde la formación ha desertado su función esencialmente humanista para convertirse en una simple transferencia mediocre de habilidades instrumentales o, peor aún, en una arquitectura curricular de modelos teóricos mal digeridos.

El resultado es una escolarización inconsciente, marcada por la fragmentación del saber que impide al estudiante discernir las relaciones sistémicas entre los fenómenos. Esta matriz intelectual, heredera del mecanicismo que disoció la realidad en compartimentos estancos, es la que ha llevado a la pedagogía a esquivar la formación eficiente y consciente en aras de la superficialidad.

Pues bien, frente a este reduccionismo intelectual y sus consecuencias pedagógicas, la obra de Edgar Morin se alza como la interpelación filosófica más vigorosa, que hoy intentaremos desmontar. Su postulado no es una simple receta educativa, sino un llamado a reformar el entendimiento mismo.

Morin postula el "paradigma de la complejidad" no como una teoría unívoca, sino como un método de intelección que exige el reconocimiento de la interdependencia y la incertidumbre en los sistemas vivos y sociales. El núcleo de su propuesta reposa en la articulación de la unidad y la multiplicidad, condensada en la premisa esencial de que "el pensamiento complejo es un pensamiento que religa… su misión es restituirnos al conocimiento multidimensional.

El conocimiento pertinente debe enfrentar la complejidad, que es la unión entre la unidad y la multiplicidad" (Morin, "Introducción al pensamiento complejo", 1990, p. 32). Este acto de "religación", lejos de ser un mero sincretismo, se apoya en principios potentes como el dialógico (que une términos complementarios y antagónicos como el orden y el desorden) y el hologramático (donde la parte está en el todo y el todo está en la parte).

De hecho, Morin es enfático al distinguir su propuesta de una simple acumulación temática al afirmar que "la complejidad es la unión entre la unidad y la multiplicidad, pero es ante todo un método, una estrategia; no es una receta para el conocimiento; es una invitación a una estrategia de pensamiento " (Morin, 1990, p. 58). Esta última distinción, entonces, es crucial para entender el abismo entre la propuesta original y sus posteriores aplicaciones a la educación.

Antes de proceder a la disección crítica de las políticas educativas occidentales, es imperativo establecer la naturaleza precisa de esta objeción. La presente reflexión no pretende desmeritar la labor epistemológica de Morin.

Por el contrario, su llamado a la religación y al pensamiento multidimensional es reconocido como un antídoto necesario contra el pensamiento fragmentado de la modernidad. El blanco de nuestra crítica no es el arquitecto del "pensamiento complejo", sino los diletantes y perezosos exégetas y burócratas curriculares que, al apropiarse de su terminología, han vaciado sus conceptos de rigor.

Se trata de una denuncia a la interpretación subalterna que ha convertido una exigencia meta-epistemológica en una simple receta administrativa. Es decir, a aquellos que se han dedicado a "robar" en nombre de Morin, utilizando la complejidad como un rótulo para justificar la falta de criterio y la dispersión programática.

La crítica se dirige, en suma, a la celeridad acrítica con la que se han elaborado políticas educativas que, bajo el auspicio de la complejidad, han debilitado estructuralmente la formación disciplinar por generaciones. La riqueza de este pensamiento, concebido para la reflexión filosófica y la meta-epistemología, ha sido recibida en el sector educativo con un entusiasmo desmedido que, irónicamente, la ha simplificado hasta la banalidad.

No todo tiene que ver con todo En el árido terreno de la política curricular, la vocación de síntesis moriniana se ha transmutado en un postulado retórico que aboga por la disolución de las asignaturas en vastas "áreas del conocimiento" o en "ejes transversales", cuyo fin declarado es integrar los famosos siete saberes necesarios para la educación del futuro (Morin, 1999). Esta traslación instrumental, al convertir la complejidad en una exigencia administrativa, suele precipitar un eclecticismo exacerbado en el diseño curricular.

El intento por abarcar la "unitas multiplex" termina por pulverizar la identidad de los saberes disciplinares. La necesidad de tratar simultáneamente la "identidad terrenal" y el "enfrentamiento de las incertidumbres" en cada clase diluye la profundidad propedéutica, dejando a los estudiantes con una percepción difusa de la realidad educativa, carente de las herramientas lógicas y metodológicas esenciales.

La crítica fundamental a esta deriva no radica en negar la existencia de sistemas complejos, sino en censurar la pérdida del criterio en la selección pedagógica. La imperiosa necesidad de "r