Por qué el 'modelo Bukele' no funciona para Costa Rica

Al participar y vivir muy de cerca los procesos electorales en El Salvador (2019 y 2024) y Costa Rica (2022 y 2026), pude notar ciertas similitudes en las campañas y en la retórica de gobierno, aunque no en la forma de gobernar.Por un lado, es necesario contextualizar a El Salvador de 2019, asediado por la corrupción de los partidos Arena y FMLN, que se alternaron el poder durante 30 años (1989-2019), después de 13 años de guerra civil (1979-1992) y de tres juntas revolucionarias de gobierno. Cuando Bukele hizo campaña, el país era uno de los más violentos del mundo, dominado por las pandillas y sometido a un régimen de terror.
Todo ello, sin mencionar la flagrante pobreza, la desigualdad y un turismo reducido, en gran medida, a personas que venían de Estados Unidos para visitar a sus familias.Estamos hablando de un país que salió de una dictadura para entrar en una guerra civil, que luego desembocó en el terrorismo de las maras y que hoy tiene un presidente que, si bien ha logrado avances en seguridad, turismo e infraestructura, lo ha hecho a costa de otros derechos fundamentales.Acá, me detengo para subrayar que El Salvador ha dado un giro de 180 grados. Los homicidios se redujeron a mínimos históricos, la inversión extranjera continúa creciendo, existe una fuerte inversión en infraestructura y el país, en general, es hoy más seguro.No obstante, no todo es color de rosa.
Estos avances se han producido a costa de debilitar el Estado de derecho, comenzando cuando Bukele irrumpió con el Ejército en la Asamblea Legislativa porque sus proyectos no avanzaban. A ello se suman detenciones y juicios masivos sin observar plenamente las garantías procesales, alertas con respecto a la libertad de prensa y denuncias por violaciones a los derechos humanos, entre otras medidas y acontecimientos que indican que el Pulgarcito de América no es una democracia sana y estable.Esta situación respondió a una población desesperada por encontrar una solución a la flagrante inseguridad, el acoso constante de las pandillas, los regímenes de extorsión y la existencia de autoridades paraestatales.
Para muchos, la situación era una asfixia insoportable que los obligaba a emigrar al norte –un gran abrazo y mi respeto para los compatriotas que emprenden esa misión– con el fin de sostener a sus familias.La población salvadoreña cedió ciertos derechos a cambio de seguridad, en un contexto apremiante. Cabe preguntarse si, al día de hoy, deben seguir cediéndose esas libertades, pues el estado de excepción continúa vigente.
Asimismo, con la conformación actual de la Asamblea, no parece existir una fuerza política capaz de hacerle frente.La situación en suelo costarricensePor otro lado, el chavismo en Costa Rica, que abiertamente se declara “pro-Bukele”, dispone de herramientas completamente distintas y actúa en un contexto diametralmente diferente al de El Salvador. Costa Rica más bien se volvió más violenta luego de la llegada de Rodrigo Chaves al poder.
En 2023 se registraron 905 homicidios y, en 2024, un total de 876, los dos años más violentos de la historia.Estas cifras son alarmantes y no calzan con el discurso del expresidente, así como con el de la nueva mandataria. Las autoridades sostienen que la criminalidad ha disminuido, lo cual es cierto, pero únicamente para determinados delitos.La educación también ha empeorado: estudiantes con muy baja comprensión lectora, una “Ruta de la Educación” que nunca pasó del discurso y cientos de centros educativos con órdenes sanitarias.
A ello se suma la crisis que atraviesa el sector agropecuario, producto de un modelo que privilegió las importaciones y debilitó la producción nacional.Resalto estos desaciertos no para hacer un mal al presente gobierno, sino para invitar a la reflexión.Muchos piden el “modelo Bukele” sin comprender que este surgió de una sociedad aterrorizada, desesperada y consumida por la crisis y la violencia, que estuvo dispuesta a ceder ciertos derechos a cambio de seguridad.Todos los países son distintos. La misma receta no aplica ni siquiera entre los pequeños países de Centroamérica.
En lugar de intentar replicar modelos autoritarios extranjeros, Costa Rica debe concentrarse en sus propias particularidades, por las que todavía vale la pena luchar, y preservar una democracia que, al menos por ahora, sigue siendo la más longeva de América Latina.francescomc8@gmail.comFrancesco Giulietti Silva es estudiante de Derecho y Filosofía.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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