El 4 de julio de 1776, reunidos en Filadelfia para su segundo Congreso Continental, 56 representantes de las 13 colonias norteamericanas en guerra con el reino de Gran Bretaña adoptaron, por unanimidad, su Declaración de Independencia. Hoy se celebran 250 años de ese hecho y ese texto, no solo por su impulso al nacimiento de una nueva y gran nación, sino –y sobre todo– por los ideales que encarnó.

Fue el primer documento en la historia política mundial que convirtió la soberanía y autonomía de los seres humanos en fuente de legitimidad gubernamental, y la tutela de sus derechos en objetivo central de gobierno. Su impacto se extendió muy pronto por todo el mundo, y fue particularmente influyente en los movimientos independentistas de la América hispana.La declaración tuvo un objetivo específico: anunciar al mundo, y justificar, la disolución de “los lazos políticos” que habían unido a los 13 Estados emergentes al poder colonial.

El texto atribuye al rey Jorge III múltiples “injurias y usurpaciones, todas con el objetivo directo de establecer una tiranía absoluta sobre estos Estados”. Ante ellas, declara: “Es su derecho, es su deber, derrocar a tal gobierno y establecer nuevas garantías para su seguridad futura”.

La lista de agravios carece de la fuerza doctrinaria de otras partes de la Declaración, pero reviste gran importancia. No obstante, el gran eje conceptual de la Declaración, aquel que marcó un antes y un después en los pilares para definir la relación entre gobernados y gobernantes, lo enuncian las siguientes palabras:“Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad.

Que para garantizar estos derechos, se instituyen gobiernos entre los hombres, que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. Por primera vez, los ideales liberales y racionales de la Ilustración se convirtieron en fuentes y componentes para redefinir, en el terreno, el ejercicio de la política.

Son los mismos que conducirían a la Revolución Francesa, en 1789. La razón y justificación para ejercer el poder ya no debía emanar del absolutismo monárquico, la posesión de bienes o las líneas dinásticas, sino del consentimiento de los hombres. (Las mujeres tendrían que esperar).

Por ser creados iguales, poseen derechos inalienables e irrenunciables, al punto de que “cuando cualquier forma de gobierno se vuelve destructiva de estos fines, es derecho del pueblo alterarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno”.Este impulso alcanzó plenitud con la Constitución de 1787, que dio origen a lo que, sin riesgo de exageración, puede considerarse como la primera República moderna. Recogió los principios del liberalismo político, estableció un régimen presidencialista con separación de poderes –Legislativo, Ejecutivo y Judicial, en este orden–, y adoptó un modelo federal.

Su primer presidente fue George Washington. Sus diez primeras enmiendas, ratificadas el 15 de diciembre de 1791 y conocidas como “Carta de derechos”, se comprometieron, entre otras cosas, con las libertades de pensamiento y religión, prohibieron las detenciones arbitrarias, garantizaron el derecho a juicios imparciales con jurados y también el de portar armas, el más polémico en la actualidad.Todo este orden político nació y se desarrolló en medio de contradicciones.

No es algo desusado en la historia. La mayor de ellas fue la esclavitud, incluso practicada por Thomas Jefferson, uno de sus “padres fundadores”.

La pugna alrededor de ella detonó, en 1861, la Guerra Civil de cuatro años. Su abolición no dio paso a la real liberación, sino a la segregación de los negros sureños, hasta la legislación sobre derechos civiles de 1964.

Pero parte de sus secuelas y prejuicios permanecen.Muchos pueblos originarios fueron masacrados o desplazados. El proceso de expansión geográfica, vía adquisiciones, conquistas y anexiones (Luisiana, Texas, Florida, la mitad de México, Alaska y Hawái), contradijo claramente el principio de autodeterminación.

El historial de apoyo a dictaduras e intervenciones en América Latina, Asia y África constituye otra enorme mancha en su historial democrático y republicano. Costa Rica, en cambio, disfrutó de respeto, y logramos forjar una alianza mutuamente beneficiosa.

Estas y otras contradicciones o desviaciones, no obstante, han acompañado –incluso en peor medida– a otras potencias, sean emergentes o dominantes. Asimismo, la defensa de la libertad en Europa durante dos guerras mundiales, el diseño de un sistema internacional basado en reglas y el apoyo a la democracia y el desarrollo global durante varias épocas, han sido aportes fundamentales de Estados Unidos, lo mismo que el impulso a la ciencia, la tecnología y la innovación.Hoy muchos de estos aportes y el sentido mismo de la democracia estadounidense enfrentan enormes retos.

El fantasma de la autocracia ha hecho su aparición. La división de la sociedad es aguda.

El desenlace de estos riesgos y tensiones no puede predecirse. No obstante, la fortaleza –aunque no siempre plena– de sus instituciones, el dinamismo de su sociedad, el sentido de autonomía de sus ciudadanos y las hondas raíces liberales y republicanas heredadas de los fundadores dan motivos para una continua esperanza.La Declaración de Independencia fue el origen de la gran nación que se nutrió también de esfuerzo, tenacidad, pragmatismo y creatividad.

Al cabo de 250 años, su texto se mantiene como fuente de inspiración. Por esto, merece ser celebrado, no solo por el pueblo estadounidense, sino también por quienes creemos en el valor de la democracia y la libertad.