SANTA FE.— Como planteamos en nuestro anterior artículo, cuando la tierra se estremece, no solo se abren grietas en el asfalto o colapsan los cimientos de los rascacielos, sino que también se fracturan las estructuras conceptuales sobre las cuales edificamos nuestras certezas cotidianas. El doble terremoto que sacudió a nuestros hermanos venezolanos el pasado 24 de junio, dejando a su paso un rastro desolador de destrucción, pérdidas irreparables y miles de personas sepultadas bajo el peso de su propia historia material, constituyó mucho más que un desastre geológico.

Se trató de un quiebre de carácter existencial. Bajo la pesadumbre del cemento demolido en el Estado de La Guaira y en el corazón de Caracas, la vieja pregunta sobre qué es lo que verdaderamente sostiene al ser humano cuando todo lo construido se desmorona volvió a emerger con una urgencia hiriente.

En estos instantes de desamparo absoluto, donde la técnica y el estatus se revelan inútiles, surge la necesidad de interrogar la esencia de nuestra fuerza y de cuestionar si las filosofías de poder individualista realmente nos sirven para habitar el abismo. La tradición intelectual de Occidente ha intentado, con frecuencia, resolver la fragilidad de nuestra condición mediante una apelación a la trascendencia del individuo, a una suerte de autoafirmación indomable frente a la hostilidad del entorno.

Fue Friedrich Nietzsche quien, sirviéndose de la voz de su profeta de la montaña, proclamó ante una multitud desatenta una de las sentencias más influyentes del pensamiento moderno cuando en su obra maestra "Así habló Zaratustra" aseveró: "Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado.

¿Qué habéis hecho para superarlo?" (Nietzsche, 1981, p. 34). Esta exhortación, que históricamente ha sido interpretada bajo la óptica de la dominación, del triunfo del yo sobre las circunstancias y de una voluntad de poder que se impone sobre la supuesta debilidad ajena, parece tambalearse cuando se la confronta con el polvo asfixiante de una catástrofe real.

El superhombre, entendido como un titán solitario, una escultura de autosuficiencia egoísta que desprecia la vulnerabilidad común, carece de herramientas para escarbar entre los escombros. Su voluntad de señorío se vuelve muda frente al dolor de un familiar atrapado en la oscuridad, pues la fuerza desprovista de compasión es incapaz de abajarse para rescatar aquello que considera inferior.

Los límites éticos del precitado paradigma de la autoafirmación egoísta se manifestaron con claridad perturbadora en el propio escenario de la tragedia de Catia La Mar. En medio de la desesperación colectiva, cuatro basuras con el cargo de agentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, decidieron desviar su misión de asistencia humanitaria para apropiarse de dinero en efectivo de color verde que yacía entre las ruinas de las viviendas derrumbadas (Clarín, 2026).

Este acto despiadado, que desató una honda indignación a nivel internacional, revela la cara más lúgubre de una existencia que asume la vida como un espacio de conquista individualista y supervivencia del más apto. Estas escorias, que usaron su uniforme no para proteger sino para saquear el dolor ajeno, encarnan a la perfección lo que el propio filósofo alemán denominó el "último hombre", ese ser que busca el provecho inmediato, el confort y la minimización del riesgo a costa de lo que sea, reduciendo la existencia a un frío cálculo de beneficio personal.

Su acción dista de ser una simple infracción penal, sino que representa la degradación ontológica que ocurre cuando la alteridad es anulada y el sufrimiento del otro es visto meramente como una oportunidad para el lucro individual. Esta degradación moral se proyectó de manera sistemática sobre las ruinas, acentuando el contraste entre la rapacidad de estos carroñeros y el desamparo digno de la ciudadanía sufriente.

La carroña del desastre En La Guaira, las denuncias contra uniformados por sustraer divisas de los hogares destruidos desataron una ira popular tan honda que los propios testigos de la tragedia arrebataron los billetes de las manos de las "autoridades" policiales para romperlos públicamente ante la mirada atónita de los transeúntes (La Nación, 2026). Como podrán apreciar, queridos lectores, con esta escena resplandece el gesto colectivo genuino, que prefiere aniquilar el valor de cambio antes que permitir que se alimente de la carroña del desastre, una insubordinación ética realmente formidable.

Al mismo tiempo, mientras las fuerzas del orden abdicaban de su cometido fundamental, la orfandad de los sobrevivientes se agudizaba ante la parsimonia de la burocracia asesina. Testimonios desgarradores como el del rescatista voluntario Miguel Poleo, quien buscaba febrilmente a sus seres queridos bajo el polvo de Caraballeda, exponen la crudeza de esta desidia con palabras desesperadas: "Hace días avisamos que hay sobrevivientes.

Tocan, piden ayuda, pero vienen un rato y se van.