Cerca de 500 drones y 74 misiles llenaron este jueves los cielos de Ucrania, especialmente de Kiev, y provocaron lo que las autoridades locales calificaron como el ataque “más masivo” de Rusia contra la capital desde la invasión en 2022, dejando un saldo de 25 muertos y más de 85 heridos. A esta tragedia se suman incidentes similares con ataques que elevaron tanto los daños como en el número de víctimas fatales.

En la ofensiva de este jueves, un total de 20 drones y 24 misiles burlaron las defensas e impactaron en gran parte del corazón de Ucrania dejando estelas de humo elevándose a cientos de metros en el aire, mientras en el suelo un centenar de edificios se vinieron abajo o están seriamente dañados. Hace exactamente un mes, el 2 de junio, un bombardeo de 656 drones y 73 misiles dejó 23 muertos y un centenar de heridos, mientras que otro a mediados de mayo -con 675 drones y 56 misiles- ya había dejado 24 fallecidos.

El motivo de estos crecientes ataques es que Moscú está explotando una vulnerabilidad ya reconocida por las propias autoridades ucranianas: la escasez de sistemas antimisiles, especialmente frente a proyectiles balísticos. Los números lo demuestran.

De los 24 misiles balísticos Iskander-M lanzados contra Kiev este jueves, Ucrania solo logró interceptar cuatro. Un mes antes, 30 de los 33 misiles que lograron impactar también eran de este tipo.

El presidente Volodimir Zelenski volvió a insistir en que la defensa antiaérea es una "prioridad crítica" para su Ejército. "Defenderse contra misiles balísticos es imposible sin un número suficiente de misiles para los sistemas Patriot.

Esta es nuestra máxima prioridad en este momento", aseveró en X. Y es que los misiles balísticos representan una de las amenazas más complejas para las defensas antiaéreas modernas.

A diferencia de los misiles de crucero o los drones, ascienden hasta el borde de la atmósfera y descienden después hacia su objetivo a velocidades hipersónicas. Eso hace que solo sistemas como el Patriot estadounidense, equipado con interceptores PAC-3, puedan destruirlos con garantías mediante un impacto directo en pleno vuelo.

No obstante, son esos interceptores el recurso más escaso para Kiev en la actualidad. "Cuando se habla de una crisis de defensa aérea, en realidad se está hablando casi exclusivamente de la capacidad para interceptar misiles balísticos", explica a EL TIEMPO el politólogo Dmytro Korniienko, fundador del centro de análisis internacional Resurgam.

"Los drones Shahed y Gerbera, así como buena parte de los misiles de crucero, pueden ser derribados con sistemas ucranianos o europeos. El verdadero cuello de botella son los Patriot y los PAC-3 capaces de detener los Iskander", agrega.

Oleksandr Bazar, director del Instituto de Interés Nacional de Kiev, explica a este diario que durante mayo Ucrania interceptó el 92 % de los drones rusos, pero solo el 53 % de los misiles de crucero y balísticos. "Ucrania se está quedando sin misiles para los sistemas Patriot, NASAMS e IRIS-T", señala.

Y, según sus estimaciones, ni siquiera las capacidades actuales de EE. UU. podrían inclinar la balanza.

El experto estima que este año la compañía Lockheed Martin planea producir aproximadamente 700 misiles PAC-3 y que, para 2030, Washington pretende aumentar esta cifra hasta casi 2.000 anuales. No obstante, según la inteligencia ucraniana, la industria de defensa rusa planea fabricar aproximadamente 700 misiles para el sistema Iskander, más de 480 para los sistemas S-300/S-400 y hasta 60 misiles hipersónicos Kinzhal solo este año. “Esto permitiría lanzar hasta 100 misiles balísticos contra Ucrania cada mes.

Por lo tanto, en la actualidad, la producción total de estos misiles en Estados Unidos es insuficiente para satisfacer las necesidades de Ucrania”, advierte. No obstante, la falta de misiles no es nueva y Ucrania ha aprendido a combatir bajo esa limitación.

"Es un problema serio, pero no crítico", sostiene Korniienko, quien señala que el país se ha preparado para esta contingencia: "Las instalaciones industriales están dispersas por todo el país, las aeronaves operan bajo una doctrina de redespliegue constante y las Fuerzas Armadas llevan años adaptándose a combatir con recursos limitados". Aun así, advierte que la principal consecuencia será un mayor y creciente número de víctimas civiles, ya que "el Kremlin utiliza con más frecuencia sus misiles balísticos para aterrorizar a la población".

Mientras tanto, Kiev busca alternativas. Zelenski insistió en que Washington autorice a su país para fabricar sistemas Patriot bajo licencia, y mantiene conversaciones con Alemania y otros socios europeos para impulsar una producción propia de tecnología antimisiles.

Paralelamente, Berlín negocia fórmulas para ceder más interceptores, asimismo de contratos financiados por aliados para adquirir nuevos misiles. Asimismo, los analistas consideran que el recrudecimiento de estos bombardeos responde también a la situación sobre el terreno.

Este jueves, el Ejército ucraniano llevó a cabo un ataque contra una refinería en Rusia, esta vez propiedad del gigante energético Lukoil y situada en la región de Nizhni Nóvgorod, a unos 450 kilómetros al este de Moscú. También, el Ministerio de Defensa ruso comunicó del derribo de 327 drones ucranianos de ala fija sobre 18 regiones de Rusia y las regiones ocupadas de Ucrania, el mar Negro y el mar de Azov.

Al respecto, Korniienko sostiene que Rusia atraviesa uno de sus momentos más complicados en el frente, con avances cada vez más limitados y elevadas pérdidas humanas, por lo que intensifica su campaña aérea para compensar esos retrocesos. "El objetivo es crear una demanda de paz a cualquier precio mediante el terror a la población civil", afirma.

Mientras Ucrania continúa golpeando refinerías, centros logísticos e infraestructuras militares rusas y trata de contener el avance enemigo sobre el terreno, la carrera por reforzar su escudo antimisiles se vuelve cada vez más urgente cuando los misiles balísticos rusos siguen encontrando cada vez menos obstáculos antes de caer sobre sus ciudades.