La maldición de ganar un juicio demasiado tarde

Los gitanos, que han visto pasar imperios, guerras y persecuciones, tienen una maldición particularmente cruel: “Que tengas muchos juicios y los ganes todos”.A primera vista, parece una bendición. ¿Quién no querría ganar cada uno de sus pleitos?
Pero la maldición no está en la victoria, sino en el trayecto. Porque quien ha conocido los tribunales sabe que un proceso judicial es, muchas veces, un castigo en sí mismo.Años de incertidumbre, gastos, insomnio, reputaciones destruidas, empresas quebradas y familias agotadas para que, al final, el Estado le entregue al ciudadano un papel que dice: “Usted tenía razón”.En Costa Rica hemos convertido la justicia pronta y cumplida en una figura mitológica, algo parecido a los unicornios, al Santo Grial o a las promesas de campaña del gobierno.
El artículo 41 de la Constitución la consagra con solemne belleza, pero en la práctica, la justicia avanza con la velocidad de un galeón con las velas hechas jirones.Nuestro sistema judicial produce una extraña alquimia, pues convierte inocentes en sospechosos perpetuos y transforma la absolutoria en una victoria amarga, pírrica. ¿De qué sirve ganar un juicio después de 15 o 20 años?
Es como encontrar el bote salvavidas cuando el barco ya se hundió.La historia y la literatura están llenas de tragedias semejantes. En El conde de Montecristo, Edmond Dantès pierde 14 años de su vida por una injusticia; Alfred Dreyfus, por otro lado, lo vivió en carne propia.
Pero al menos los franceses tuvieron la delicadeza de reconocer esos casos como tragedias. Nosotros, en cambio, hemos normalizado el absurdo.
La mora judicial se ha convertido en una pena no prevista en el Código Penal.El gobierno, en cambio, promete una gran reforma de la justicia. Se ataca a los magistrados, al fiscal general, se arengan megacárceles y se habla de nuevos delitos, como si la crisis del sistema pudiera resolverse a punta de conferencias de prensa y frases de ocasión.
Pero no hablan del tiempo, que es el verdadero verdugo de la justicia.El gobierno es silente en presentar una política pública seria para reducir la duración de los procesos, simplificar procedimientos o modernizar la gestión judicial con resultados medibles. Por el contrario, asfixian al Judicial con limitaciones presupuestarias como los liliputenses a Gulliver.Pero eso no debería sorprendernos.
Solo al presente gobierno podía ocurrírsele entregar la conducción de la política de justicia del país a una persona cuya única experiencia en materia judicial ha sido la de asistente de juicio en un tribunal penal. No hay deshonra alguna en ese cargo.
Pero pensar que esa experiencia basta para comprender la problemática de la mora judicial es como nombrar almirante a alguien que únicamente ha contemplado el mar desde el muelle.Es difícil entender el sufrimiento que produce un expediente que duerme 10 o 15 años en un despacho cuando nunca se ha sufrido con una audiencia suspendida, nunca se ha perseguido un expediente extraviado y nunca se ha tenido que decirle a un cliente que deberá seguir esperando porque se “volvió a suspender la audiencia”.El resultado está a la vista: mucho discurso, mucho insulto, mucho micrófono y muy poca ingeniería e inteligencia institucional.Mientras tanto, miles de costarricenses continúan padeciendo la antigua maldición gitana.Tienen muchos juicios. Algunos, los más afortunados, terminan ganándolos todos.Pero, para entonces, ya han perdido años de vida, oportunidades irrepetibles y una parte de sí mismos que ninguna sentencia puede devolverles.Se ha dicho que la justicia que tarda demasiado deja de ser justicia.
Se convierte en una forma elegante de miseria.Y no hay maldición más terrible que esa.caa@carguedas.comCristian M. Arguedas A. es abogado.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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