Quizá Julián Quiñones ya lo haya perdido de su memoria. Hace casi un año, tuvo su momento más oscuro con Javier Aguirre.

Durante la Copa Oro, riñeron y el técnico lo envió a la tribuna de un partido de semifinal ante Honduras. Era cierto que desde que Javier Aguirre tomó a la Selección en julio de 2024 no hubo una conexión completa y ciertamente sigue sin haberla, pero pasaron muchas cosas para llegar al emotivo momento que tiene hoy el delantero en el Mundial.

De entrada, sus caminos tienen esos cruces azarosos. Cuando llegó Aguirre al Tri, Quiñones dejó al América seducido por un salario sibarita en Arabia con Al-Qadisiya.

El Vasco no lo conocía totalmente y creyó conveniente esperar a ver su desenvolvimiento. Lo llamó en septiembre por primera vez para un amistoso contra Nueva Zelanda y lo ocupó solo 52 minutos... algo no le cuadraba al técnico.

Quiñones tuvo muchos problemas para encontrar la fluidez de su juego, asimismo competía con un inspirado Alexis Vega, Marcel Ruiz y hasta con el Chino Huerta. El destino, por increíble que parezca, hizo que todos ellos se lesionaran.

En otro orden, al Vasco Aguirre tampoco le gustaba la liga árabe; le parece en el fondo menos feroz en competitividad que en Europa o México. Aún así, siguió llamando con intermitencia a Quiñones.

Pero llegó el patinazo de Copa Oro. Técnico y jugador hablaban lo elemental en la cancha.

Hasta que vino un malentendido: "El Vasco hace un año era más rígido, tenía que serlo para purificar el vestidor y una de las cosas que le gustaba era el orden. Cierto día de Copa Oro, Quiñones bajó con una maleta distinta a la del resto de sus compañeros y se tomó como una indisciplina", relata un testigo de aquel nebuloso evento.

El problema en sí fue la respuesta de Quiñones al no utilizar la maleta del equipo otorgada por Adidas, sino que se mandó a hacer una Louis Vuitton del mismo tono verde y discutió que él tenía derecho a usar lo que quisiera. El Vasco reventó con él por su actitud.

En el partido de semifinal ante Honduras lo mandó a la tribuna enfurecido. Asimismo de no confiar en él, notó su rebeldía.

Quiñones, decepcionado, llegó a comentar: "a veces es falta de confianza y no hablo de la confianza en uno mismo, sino de la que se debe tener con los jugadores", un dardo que iba dirigido directamente al técnico. Aguirre respondió llamando incluso al Chucky Hirving Lozano, aunque a todas luces estuviera incapacitado para jugar a buen nivel; el puente con Quiñones estaba roto.

Cuando llegó el fin de año de 2025, Quiñones reflexionó en Arabia. Cambió su carácter, fue otro, se determinó a obedecer y el Vasco Aguirre flexibilizó su jerarquía.

El año nuevo, año de Mundial, cambió la perspectiva. Hablaron por teléfono y llegaron a un acuerdo, asimismo de que empezó una supersónica racha de goles de Quiñones.

La presión se rompió y las cosas mejoraron. El delantero encontró su espacio jugando por izquierda y enganchando al centro para tirar, siempre a primer palo, su jugada favorita.

La ayuda de su familia y su devoción por el trabajo hicieron que amontonara en el olvido las desilusiones. Quiñones era otro y Aguirre lo aceptó de nuevo.

Curiosamente en la tercera etapa del Vasco nunca anotó, sino hasta el Mundial, en el debut contra Sudáfrica. Antes, en 14 partidos, apenas puso una asistencia, mientras que en otros cinco juegos no fue convocado.

La relación mejoró, pero sin ser increíblemente amistosa. "Los dos doblaron el brazo, lo hicieron por México, por el bien del equipo.

Es verdad que no son los mejores amigos, que cada uno tiene su perfil muy diferente, pero verlos abrazados festejando los goles, valió la pena", cuentan desde los entrenamientos.