Escuela de calor
El verano que cumplí 18 años, mi premio por aprobar Selectividad fue pasarme los dos meses de vacaciones hasta empezar la carrera viviendo con mi abuela Gabina en su pisete de Alicante. No era listo ni nada mi padre, a la sazón su hijo.
Así, la nieta adolescente podía ir a la playa a diario y, de paso, hacerle compañía a la yaya, una viuda manchega que ríete tú de las de Almodóvar que, a cambio de darme manga ancha con la hora de llegada a casa, me metió en cintura en lo tocante a las tareas domésticas, que estaba la chica muy mal acostumbrada. Así, al segundo día, me puso a montar cortinas.
Montar, sí, no coser, que ni sabía ni sé enhebrar una aguja. Varias tardes nos llevó a las dos mano a mano ensartar uno a uno miles de palitroques formando tiras que, una vez colgadas de un riel del techo entre la salita y el balconcillo, resultaron ser un gigantesco parasol vertical blanco, azul y rojo, cual olas de la Explanada.
A ella le pareció “hermosismo”. A mí, un espanto, pero las dos estuvimos de acuerdo en algo.
Sombreaba la casa, dejaba entrar el aire y no los bichos, y bajaba un par de grados la temperatura de la sauna de la sala, en un tiempo en que el aire acondicionado era prohibitivo y los ventiladores de rulo amenazaban con salir volando del estruendo que armaban. No era tonta, mi abuela, ni nada.
Menos leer y escribir sabía de todo. Por algo no salía entre las diez y las siete y, después de cenar, se bajaba a la fresca a comer chufas y despellejar al prójimo con las vecinas hasta que, a la 1,30 de la madrugada, cual Cenicienta consentida, aparecía la nieta pródiga de su garbeo por el centro y se subían juntas al sobre.Seguir leyendo
Información de El País. Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.