Con un arcoíris que contrastó el cielo gris de Punta de Lobos, bastó observar unos minutos hacia el acantilado y el borde costero, para entender que todo gira en torno al mar. Surfistas esperando la ola perfecta, pescadores preparando sus embarcaciones, turistas paseando por los senderos del parque y vecinos que conviven a diario con uno de los paisajes más reconocidos de la costa chilena.Hasta ese rincón de Pichilemu llegó un grupo de periodistas de Chile, Argentina y Estados Unidos, invitados por Patagonia Chile para conocer de cerca una alianza que la marca mantiene desde hace años con Fundación Punta de Lobos.

La agenda contemplaba el lanzamiento de un nuevo traje para surf de olas grandes, entrenamientos de seguridad oceánica junto a figuras internacionales y un recorrido por el trabajo de conservación que ha convertido este lugar en un referente para quienes buscan proteger el borde costero desde una mirada distinta.Punta de Lobos se ha transformado en uno de los principales símbolos del surf y en un laboratorio para Patagonia, que ha decidido concentrar gran parte de su trabajo en torno al océano. No sólo a través de la innovación en productos, sino también apoyando iniciativas de conservación, educación ambiental y seguridad para quienes viven y practican deportes en el mar.La primera jornada estuvo marcada por la presentación de la nueva línea de equipamiento para surf de olas grandes desarrollada por Patagonia.

Entre las novedades, y con la presencia de embajadores globales de la marca y surfistas reconocidos, como Paige Alms, Pacha Light, Greg Long, Khol Christensen, se destacó el PSI Vest, un chaleco inflable con cartuchos de CO₂ diseñado para ayudar al surfista a regresar rápidamente a la superficie luego de una caída de olas grandes. A ello se suman los nuevos trajes de impacto, confeccionados para absorber golpes y aportar flotabilidad en condiciones extremas.A pesar de la innovación del producto, los expositores insistieron en un concepto más importante aún que tiene que ver con la seguridad.

Ramón Navarro, surfista de olas grandes reconocido a nivel mundial y colaborador de Patagonia, explicó que detrás de cada desarrollo existe una necesidad mucho más importante que lanzar un nuevo producto. “Acá en Pichilemu la mayoría de los surfistas de olas grandes usamos este chaleco y ese aporte lo lo hemos pasado nosotros. Es algo muy importante porque realmente ha salvado vidas”, explicó.

En esa línea, destacó también el valor de negocio de Patagonia que va más allá de la manera tradicional de hacer retail: “El chaleco inflable no es un negocio, porque fue un gasto de plata enorme sacar una tecnología única en el mercado, pero que ha salvado vidas, y ahí es cómo aportamos con el producto a la comunidad”.Más allá del deporte, recordó también que las primeras ganancias obtenidas con su comercialización fueron destinadas a apoyar la compra de terrenos que hoy forman parte de la Fundación Punta de Lobos, una señal clara de cómo Patagonia ha entendido que la innovación puede convertirse también en una herramienta para proteger los territorios donde desarrolla su deporte. “Un monto bien importante ahí de dinero producto del chaleco inflable llegó a la compra del terreno de la Punta. Es un aporte súper grande el de Patagonia a la Fundación Punta de Lobos y un buen ejemplo de el negocio más allá del producto”, remarcó Navarro.Aprender a enfrentar el océanoLa segunda parte del encuentro permitió entender la mirada del aporte a la comunidad con mayor claridad.

En paralelo al lanzamiento de productos, Patagonia apoyó la realización de una nueva edición del Surf Responder & Ocean Safety Summit, desarrollado por la Big Wave Risk Assessment Group (BWRAG), una organización internacional dedicada a promover estándares de seguridad para el surf de olas grandes.Durante dos días, surfistas de distintos puntos de Chile participaron en entrenamientos y capacitaciones junto a figuras internacionales como Greg Long, Paige Alms y Kohl Christensen, asimismo de Ramón Navarro y Patricio Mekis. Las jornadas combinaron clases teóricas y ejercicios prácticos sobre rescate, evaluación de riesgos, uso de motos de agua y protocolos de respuesta frente a emergencias en el mar.Más que una clínica deportiva, el encuentro funcionó como un espacio para compartir conocimientos que durante años se fueron construyendo a partir de la experiencia de quienes enfrentan algunas de las olas más exigentes del planeta y que hoy forman parte de una comunidad, que reúne diferentes países, unida por el surf.Desde la terraza del Hotel Alaia -que recibió a las principales figuras del surf de olas grandes, al equipo de Patagonia y a la prensa internacional- conversamos con la country manager de Patagonia Chile, Daniella Hartley, quien explicó cómo la mirada de la capacitación antes que el producto responde a la manera en que la empresa entiende su propósito. “Desde Patagonia decimos que estamos en el negocio para salvar nuestro hogar que es el planeta Tierra, que asimismo es el único accionista de la compañía.

Pero ese propósito muchas veces puede sonar inalcanzable, y ahí es cuando lo aterrizamos con los valores de la marca. Cada decisión busca generar un impacto positivo más allá del producto.

Nuestro rol implica preguntarnos qué pasa con las comunidades donde estamos presentes y cómo contribuimos a fortalecer esos territorios”, remarcó.De este modo, destaca también la importancia y la oportunidad que tienen los territorios del país para avanzar en conservación de su biodiversidad. “Todavía tenemos lugares prístinos hermosos que somos capaces de proteger. Entonces, es interesante ver cómo estos modelos, como el de Punta de Lobos, pueden ser replicados justamente para proteger y conservar, y donde no todo es proyecto inmobiliario ni un proyecto extractivo, pero cómo somos capaces de poner en valor estos recursos naturales de nuestra región”.Una alianza donde todos tienen un rolEn el recorrido de los senderos del Parque Punta de Lobos, entre vegetación nativa, quebradas y miradores al Pacífico, resulta más fácil entender por qué este lugar ha dejado de ser solo un destino para surfistas y se ha convertido en un proyecto de conservación privada clave para el país.Hace quince años, la amenaza de un desarrollo inmobiliario sobre parte del borde costero impulsó la creación de Fundación Punta de Lobos.

Desde entonces, el trabajo se ha concentrado en proteger este ecosistema, recuperar su biodiversidad, mejorar la infraestructura para visitantes y fortalecer el vínculo entre la comunidad y uno de los principales patrimonios naturales de Pichilemu.Pero el modelo, explica su director ejecutivo, Patricio Mekis, nunca buscó solo conservar un paisaje. “La gran innovación de Punta de Lobos no es sólo haber protegido este lugar, sino demostrar que la conservación también puede generar beneficios sociales, económicos y ambientales para toda una comunidad”.Hoy la fundación desarrolla programas de restauración ecológica, educación ambiental, investigación, voluntariado e infraestructura, asimismo de trabajar con escuelas, organizaciones sociales, emprendedores y actores del turismo local. La idea es que el parque sea parte de la vida cotidiana de quienes habitan Pichilemu. “Puedes tener mucho financiamiento, pero si la comunidad no se siente parte del proyecto, es muy difícil sostenerlo en el tiempo.

En cambio, cuando las personas entienden el valor de proteger su territorio, la conservación deja de depender sólo de los recursos y se transforma en una responsabilidad compartida”, expresó Mekis.Esa mirada también explica la relación que la fundación ha construido con Patagonia durante más de una década. La marca no sólo ha apoyado distintos programas de conservación, sino que también ha contribuido a posicionar Punta de Lobos como un referente internacional para el surf y la protección del borde costero.

Para Mekis, ese tipo de alianzas serán cada vez más necesarias. “Muchas veces se piensa que la conservación depende exclusivamente del Estado, pero mantener estos lugares requiere recursos permanentes. Las empresas tienen un rol fundamental cuando entienden que invertir en naturaleza también significa invertir en el desarrollo de los territorios donde están presentes”.La conservación como modelo de negocioDurante años y hasta la actualidad, el debate ambiental se ha construido sobre la contradicción de si acaso protección y desarrollo pueden ir de la mano.

Para Ramón Navarro, nacido y criado en Pichilemu, esa transformación en La Punta -ejemplo de que sí es posible avanzar en este modelo sostenible- ha sido evidente. “Cuando era niño, este lugar era conocido principalmente por quienes vivíamos acá. Hoy llegan personas desde todas partes del mundo para conocer Punta de Lobos.

Eso trae oportunidades, pero también una enorme responsabilidad”.Hijo de pescadores y uno de los máximos exponentes del surf de olas grandes, Navarro reconoce que durante mucho tiempo miró con desconfianza cualquier proyecto asociado al desarrollo del borde costero. Pero con los años entendió que el desafío no consiste en impedir que un territorio crezca, sino en hacerlo de manera planificada. “El problema nunca ha sido el desarrollo.

El problema es cuando se desarrolla sin pensar en las personas, en la naturaleza y en lo que queremos dejar para las próximas generaciones”.De este modo, explica, Chile tiene una oportunidad única para avanzar en esa dirección. Con más de cuatro mil kilómetros de costa y algunas de las mejores rompientes del mundo, el país podría posicionar la conservación como un motor para el turismo y las economías locales, siempre que exista una planificación de largo plazo.En ese camino, destaca la reciente aprobación de la Ley de Rompientes, que busca proteger las olas como patrimonio natural y deportivo. “Es una señal importante.

Por primera vez estamos entendiendo que una ola también tiene valor cultural, económico y ambiental”.El propósito detrás de PatagoniaDurante la entrevista, y con el océano como paisaje, Daniella Hartley resume buena parte del trabajo que Patagonia ha desarrollado en Punta de Lobos. “Hay una frase que me gusta mucho: ‘Si quieres ir rápido, anda solo; si quieres llegar lejos, vamos todos juntos’. Creo que eso refleja muy bien lo que buscamos hacer acá y la importancia también de las alianzas, de co-construir algo mucho más robusto y contundente, que tiene que ver con cómo hacemos parte a las personas para avanzar realmente en conservación”, remarcó.En ese sentido, Patagonia entiende que las empresas pueden desempeñar un rol mucho más amplio que desarrollar productos, pero que para eso es clave mantener el valor y la cultura como eje central de la estrategia. “Yo creo que un propósito une, arma equipos.

Junta a las personas a entender, a darle un sentido a tu trabajo. Y yo creo que despertarte todas las mañanas con la idea de que puedo entregar algo más que solamente o una linda colección, hay un juego de una trascendencia en cómo yo estoy aportando con algo, no para que quede en mí, sino que para que quede para las próximas generaciones, para que quede para un futuro más próspero”.Ese compromiso ha llevado a Patagonia a apoyar en Chile a cerca de 120 organizaciones ambientales mediante donaciones que superan los US$1,2 millones, asimismo de impulsar campañas de educación, innovación y protección del borde costero.El desafío, ahora, es que este modelo pueda replicarse en otras costas del país.

Así lo plantea Patricio Mekis: “Chile tiene olas increíbles y es importante protegerlas, no sólo por su valor ambiental, sino también por el motor económico que generan. En Punta de Lobos se ha beneficiado toda la economía local: desde las panaderías y pescaderías hasta el turismo y otros negocios que viven de quienes llegan a surfear o simplemente visitar.

El desafío es que otras comunidades, incluso las más pequeñas, puedan aprovechar ese potencial. Hoy tenemos un buen prototipo, con aprendizajes sobre conservación, sostenibilidad y planificación territorial, que puede servir para escalar este modelo a otras zonas del país”.