El Walkman de Sony se lanzó el 1 de julio de 1979 en Japón. La fecha se recuerda porque inaugura, en términos de uso cotidiano, la idea de “audio personal”: escuchar lo que querés, cuando querés, sin ocupar un espacio ni molestar a otros.

La innovación no fue “reproducir casetes” —eso ya existía— sino hacerlo realmente portable y centrado en el usuario. El Walkman combinó tres decisiones clave: tamaño reducido, auriculares livianos y un enfoque en reproducción (no en grabación).

Incluso incorporó detalles prácticos como doble salida de auriculares en el primer modelo y un modo de conversación (“hot line”) para hablar sin quitarse los auriculares. El proyecto se gestó dentro de Sony con el impulso de sus líderes, Akio Morita y Masaru Ibuka, y con el desarrollo técnico encabezado por el ingeniero Nobutoshi Kihara, quien adaptó un grabador portátil para convertirlo en un reproductor pensado para uso diario.

El primer Walkman comercial fue el Sony TPS-L2, un reproductor estéreo de casete que se volvió reconocible por su diseño y por fijar el estándar: música portátil con auriculares, sin necesidad de parlantes. Antes del Walkman, lo “portátil” solía ser grande, pesado y orientado a grabar, con parlante integrado y uso más doméstico o puntual.

El Walkman, en cambio, sacrificó funciones para ganar movilidad real, comodidad y un ritual nuevo: caminar, viajar o entrenar con una banda sonora propia. Fue un éxito porque encajó con hábitos urbanos que crecían en Tokio, Nueva York o Buenos Aires: transporte público, caminatas, running.

También porque ofrecía una mejora tangible: privacidad, control y continuidad (tu música te acompaña), a un precio y tamaño que lo hicieron masivo. El Walkman empujó una economía alrededor del casete: más ventas de álbumes en ese formato, auge de compilaciones y “mixtapes”, y una escucha más individual.

Cambió la pregunta de la industria: de “qué suena en casa” a “qué suena en la vida diaria”. El Walkman dejó un principio que hoy domina: la música es un servicio personal y portátil.

El iPod, los smartphones y el streaming heredaron esa idea (y la mejoraron), pero la lógica sigue siendo la misma: auriculares, movilidad y una biblioteca que viaja con vos.