Fue Pablo Neruda, con su tono alto y épico, quien dio una definición certera de la poesía de Delia Domínguez Mohr en un prólogo de 1973, un mes antes de su muerte. “Es atrevida y descalza: sabe caminar sin miedo entre espinas y guijarros, vadear torrentes, enlazar animales, unirse al coro de las aves australes sin someterse al tremendo poderío natural para conversar con tristeza o con amor con todos los objetos y los seres”. Acaso porque era oriunda de Osorno, y en su corazón siempre anidó un encanto por los verdosos pasajes del sur, lo cierto es que la poesía de Delia Domínguez fue una de las más originales de su tiempo.

Parte de la Generación Literaria de 1950, contemporánea de nombres como Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra, su trabajo tiene tanto de la magia de la naturaleza como del punzante humor parriano, todo en una mirada propia. Un proyecto poético de los más relevantes de la literatura chilena y que ha quedado injustamente sumergida en la noche larga de los tiempos.

Más aún, la mismísima Isabel Allende, quien fue su amiga, resaltó su poesía: “Delia habla y respira en verso. A veces la sacudo, porque no aterriza en lo práctico, se tropieza, se confunde y, con un gesto que me desarma, confiesa que otra vez ‘la hicieron lesa’.

Con la edad, la poesía va invadiéndola, como la invade el soplo de Dios. Se acuesta y se levanta murmurando poemas propios y rezando por el gusto de dar las gracias”.Hoy, es Ediciones UDP que la rescata poniendo en circulación uno de sus títulos fundamentales, Contracanto, de 1968, que no solo se publicó en formato libro, también en longplay, editado por el sello local Arena Producciones.

Esto último no era un hecho tan poco corriente para la época, pues el mismo Neruda se grabó recitando su poesía (por ejemplo, el Alturas de Machu Picchu). En Contracanto, Domínguez regala pasajes como: “Insisto con la niebla en mi zona / porque la tengo pegada al hueso / y una persona con arraigo -pienso yo-/ no puede tirar la casa, la enseñanza, el lugar del nacimiento o de la muerte / con la misma soltura del cuerpo de quien tira mierda al río”.

O “Se puede vivir en el cielo y jugar a la Gallinita Ciega / Se puede vivir en el infierno y jugar a la Gallinita Ciega / Pero es mejor vivir en la tierra y no jugar a la Gallinita Ciega”.O en Blue jeans, donde rescata el espíritu de la contracultura de ese movido 68: “Me gusta la línea azul de tus caderas / apretadas como un libro de poemas que todavía no se ha abierto / y la mezclilla gastada, delatora de tus ritos secretos / (En este rato, me acuerdo / de la querida Joan Báez / que con su guitarra / les saca pica a los imbéciles / que pelean por blanquear la piel del mundo).Un humor levemente nostálgico¿Cuáles son las claves de la poesía de Delia Domínguez? El argentino Matías Serra Bradford, editor de las páginas de Literatura y Libros de Revista Ñ, ensayista, narrador y traductor, responde a Culto: “Su voz es un meteorito llegado de lejos y cae con todo el peso de la ley de la gravedad ligera.

Una ironía silvestre; es decir, la libertad inaugural de un talento dado, recibido. Una soltura de campo abierto, inhallable para tesistas de posgrado.

Un vaivén geográfico: pionera literatura expandida. Ejercicios espirituales insolentes de una intransigente sin dogma.

Esa moral de los que no lloran al ser heridos. El remate de los que tienen oído (entre otras cosas, para bajar el telón de cada poema).

Desde una mecedora cadenciosa, entonces, versos cortados a cuchillo. Líneas que cortan el aire -la tensión, el suspenso- con el afilado borde -el canto- de una hoja recién estrenada.

La responsable de estas infracciones se llama Delia Domínguez, victoriosamente inimputable”.Por su lado, Bruno Núñez, editor de Ediciones UDP, indica: “Es un libro de madurez, no solo porque es el quinto que publica y porque aparece cuando tiene 37 años, sino porque en él encuentra un tono que luego se volvería característico de su poesía. Su particular delicadeza lírica se despliega aquí con desparpajo, en un registro muchas veces coloquial.

Ana María Cuneo señala que ya en su poemario anterior, Parlamentos del hombre claro (1963), Domínguez incorpora procedimientos de la antipoesía, un rasgo que aquí se profundiza aún más. Diría que funciona como una bisagra, en la medida en que deja atrás el romanticismo nerudiano de sus primeros libros para alcanzar un verso cada vez más limpio, acompañado de ese humor levemente nostálgico que distinguirá toda su obra posterior.

Por todo esto, creo que Contracanto es uno de sus trabajos más logrados y, al mismo tiempo, uno de los menos conocidos".La escritora y editora Marcela Fuentealba fue quien llevó a cabo el prólogo de esta edición. Consultada por Culto, aborda la manera en que Delia Domínguez dialogó con los escritores de su tiempo: “Delia Domínguez es una poeta inscrita en su generación, reconocida y valorada por sus pares, en diálogo con ellos, y al mismo tiempo independiente, porque sus temas y ritmos son propios.

Puede sentirse cerca de Violeta Parra, porque se identifica como poeta campesina, pero su paisaje y sus cantos ancestrales son otros, su mezcla huilliche alemana, si se quiere, le da otra impronta. Contracanto en particular, que la puede asociar con la antipoesía de Nicanor Parra, por los juegos de lenguaje y el humor, tiene una carga sensual y personal que la distingue.

Es muy libre, y eso la marca como voz femenina”.¿Cómo dialoga Contracanto con la poesía chilena actual? responde Marcela Fuentealba: “Su carácter musical –no olvidemos que se hizo en forma de disco al mismo tiempo–, su faceta política y el interés en los pequeños personajes, su sensualidad, el humor, el diálogo con la muerte y con lo cotidiano, y una fuerza vital inusitada, hacen que este poemario, que es muy de su época, los años 60, sea muy contemporáneo y que pueda leerse como si fuera escrito hoy. Es un libro que no tiene nada de hermético ni de simple experimentación, sino que está abierto a otras voces desde su concepción, a muchas profundidades existenciales, lugares y momentos, y esa variedad también lo vuelve actual".