México ya alimenta su fantasía mundialista con buen futbol. Resolvió un partido que hirvió más en la previa por tantas declaraciones de los aficionados y técnicos, que en la cancha.

Ganó 2-0, sino trotando, sí con la tranquilidad de quien se sabe mejor. Este equipo anfitrión que ha movido a las masas conectó por fín sus líneas y entregó su mejor partitura quizá, en todos los partidos mundialistas de su historia y rompe el malefició que los persigió durante décadas de no jugar un quinto partido.

Un aire caliente fue el que impuso el equipo mexicano en la cancha humedecida del Estadio Ciudad de México a causa de la tormenta eléctrica que obligó a retrasar una hora después de lo que estaba pactado el incio del juego. El Tri salió caliente al campo y abrasó a los ecuatorianos que mantuvieron su dignidad hasta el final, pero se desmoronaron cuando su defensa, el principal argumento que tenían para soportar a México, se desquició.

William Pacho, el gran jugador del París Saint-Germain, bicampeón de Champions, sufrió las calamidades de su pareja, Ordoñez que en ambos goles lo dejó en una situación comprometida. Entonces fue cuando Julián Quiñones lo hizo trizas con un golazo.

Naturalizado, pero más mexicano por convicción, Quiñones es el sol que inyecta de vigor a este equipo. Lleva tres en cuatro partidos y puede alcanzar de seguir con dinamita a Luis Hernández, máximo anotar en Mundiales para México con cuatro.

La otra ecuación la resolvió Raúl Jiménez con su golazo. Si Quiñones colgó su tiro en el ángulo izquierdo, Jiménez lo hizo en el otro.

En cuestión de 10 minutos, los más dulces para los aficionados, México resolvió un partido que se antojaba un trauma. Desde 1986, igual en casa, no ganaba un partido de eliminación directa.

México parece volar. Ha encontrado su propia ilusión.

Ten´ia que ser en su Mundial, dentro de su casa y con su gente enloquecida de fervor. Sus jugadores, sin ser de otro mundo, fantasean, eso los mantiene a flote y ahora a es autopía, le han agergado futbol.