El mercado laboral chileno hace un tiempo que nos está dando señales de alerta. El desempleo se ha mantenido por 40 meses sobre el 8%, la desocupación femenina escaló recientemente hasta superar el 10% y el desempleo juvenil está sobre el 20%.

Estos datos reflejan que la economía está fallando donde más importa, en su capacidad de transformar crecimiento e inversión en oportunidades concretas. El problema es más profundo que un ciclo débil.

Hoy hay unas 944 mil personas que buscan activamente trabajo y otras 1,6 millones están fuera de la fuerza laboral, aunque quieren generar ingresos. Esa brecha revela una economía que no absorbe todo el talento disponible.

El costo se expresa en hogares con menos autonomía, jóvenes que postergan su proyecto de vida y mujeres que enfrentan barreras para entrar al empleo formal. Por eso la meta planteada por la presidenta de Sofofa, Rosario Navarro, de crear 500 mil empleos en tres años, debe leerse como una meta país.

Es una forma de ordenar la discusión pública alrededor de lo esencial, que no es otra cosa que recuperar la tasa de ocupación prepandemia, reducir el desempleo y volver a hacer del trabajo formal un mecanismo de inclusión y dignidad. Para lograrlo se requiere un cambio de mentalidad.

Chile no puede seguir enfrentando el empleo como si protección y flexibilidad fueran enemigos. La pregunta es cómo construimos un mercado laboral que proteja mejor porque incorpora a más personas.

Una regulación rígida puede parecer segura, pero si encarece la contratación formal o no conversa con las nuevas formas de producir, termina dejando fuera a jóvenes, mujeres y pequeñas empresas. La agenda debe partir por la inversión.

Desde Sofofa proponemos llevarla del 24% al 28% del PIB y acelerar al menos 100 proyectos relevantes, equivalentes a unos US$25 mil millones. En el Sistema de Evaluación Ambiental hay cerca de 400 proyectos por US$100 mil millones, con capacidad de generar alrededor de 160 mil empleos directos si se materializan a tiempo.

Cada permiso que se demora es empleo que no llega. El segundo eje es el capital humano.

La transformación tecnológica puede desplazar ocupaciones, pero también abrir mejores oportunidades si el país se prepara. La meta de formar un millón de trabajadores en habilidades vinculadas a inteligencia artificial apunta en esa dirección.

Capacitar, reconvertir y conectar la educación con las necesidades productivas es una condición para que el crecimiento se traduzca en empleabilidad real. El tercer eje es una regulación pro empleo.

Sala cuna universal, formación dual, reconversión permanente y adaptabilidad laboral no son piezas sueltas. Son parte de una misma ecuación: más inversión, más productividad y reglas que permitan contratar formalmente en el mundo del trabajo que ya existe.

Esperamos que esta invitación concite el apoyo de múltiples actores. El Estado debe acelerar permisos y mejorar gestión, el Congreso debe legislar con urgencia, las empresas deben invertir, innovar y formar talento y los trabajadores deben ser protagonistas de la adaptación tecnológica.

Chile necesita sacudirse del pesimismo y del conformismo y acometer un trabajo esencial e impostergable. Volver a crecer exige un salto de inversión, productividad y empleo.

La meta de 500 mil puestos de trabajo es exigente, pero necesaria: detrás de cada empleo hay una familia y una razón para volver a creer. *Por Gonzalo Said, vicepresidente de Sofofa.