La canarinha demostró su jerarquía en la Copa del Mundo este lunes. ¿La eterna candidata ya empezó a mostrar sus credenciales?Los jugadores de Brasil celebran su triunfo en Houston contra Japón.

Kenneth FernándezDos de la tarde en Miami, pleno Downtown. El bar estaba repleto y no le cabía un brasileño más.

Aunque, cómo no, tal cual pasó en México y Guadalajara, había colombianos colados en algunas mesas. Y no uno ni dos: eran varios.

Cuando terminó la primera mitad del partido, y Japón iba ganando 1-0, el ambiente era de velorio. El DJ intentó levantar el ánimo y clavó Parado No Bailao.

Y aunque uno que otro movía el hombro, la situación no ameritaba ni medio paso. Brasil se estaba quedando fuera del Mundial.

Un viejo, con el 10 de Pelé en la espalda, creyendo seguramente que estaba en el banquillo, instruía, como si fuera el mismísimo Ancelotti, a su hijo. La instrucción del profe improvisado era clara: Casemiro tenía que salir.

El menor, confundido, se atrevió a decirle que ese era un jugador que nunca debía salir, lo que hizo elevar el tono al mayor, que le sacó en cara su experiencia: “¿No sabes cuántas veces he visto a Brasil ser campeón del mundo? El primer tiempo de Casemiro es de espanto, debe ser el primer cambio.

¡Cuando yo te lo diga!”. La decepción del hombre fue total cuando, saliendo por la boca del túnel, en el TV vio la cara del cinco. “¡Porra!”, gritó a los cuatro vientos, pero el madrazo quedó opacado cuando el resto de hinchas, lentamente cocinados bajo el sol de la Florida, vieron, en cambio, entrar a Endrick. “¡Papá, mira quién entró!”, lo advirtió el hijo.

Pero el padre, que amargamente pasaba un trago de su Corona, estaba echado a la pena: “Realmente no importa, por culpa de Ancelotti ya estámos afuera”. Lejos de Miami, en Houston, Carlo, aquel italiano que ahora canta el himno brasileño y que responde las conferencias de prensa en portugués —como si hubiese sido un italiano exiliado que vivió desde hace décadas en São Paulo—, vio algo que el viejo no había visto.

Brasil, que entró al descanso asustado por el gol de Kaishu Sano que puso a ganar 1-0 a Japón, salió con otro impulso al segundo tiempo. Y en aquel bar, que minutos atrás parecía un funeral, empezaron a hacerse insoportables los gritos.

Primero con el intento de Vinícius Jr., más de una mesa voló por los aires. Pero después, al 56, cuando fue Casemiro el que se levantó, ni bien el mediocampista de Manchester United había cabeceado la pelota, las cervezas ya estaban volando por los aires.

¡Qué golazo, por favor! De sentirse afuera, los brasileños vieron que el partido lo tenían en las manos y ahí empezó el carnaval.

Incluido el viejo, que no volvió a mencionar el nombre del goleador, y el hijo, que emulando a su padre, empezó a decirle a Ancelotti a través del televisor que si quería ganar el partido al que tenía que meter era a Neymar. Y a él también le sacó la piedra el tano cuando vio que en vez del 10 entró Gabriel Martinelli.

Algo sabrá Carletto, algo que los demás entrenadores del mundo no ven, porque terminó siendo el delantero del Arsenal el que le dio la victoria al Scratch. 2-1. No les sobró nada, pero mostraron jerarquía.

Contra un rival muy complicado, un Japón que llegaba invicto, como favorito tapado y luego de una fase de grupos en la que complicó a equipos como Países Bajos. Y demostraron su nivel los samuráis azules, que estuvieron a un solo paso de hacer historia, pero se enfrentaron al pentacampeón del mundo.

Tiene una cosa curiosa Brasil. Como ha quedado tantas veces campeón del mundo, no existe nadie como ellos: han tenido equipos de todos los gustos.

Combos como el de 1970, que ganó exuberante y que hoy, casi 60 años después, se sigue recordando. Pero tiene otros conjuntos, como el del 94 o el de 2002, que no llegaban como favoritos y, sin desplegar el mejor fútbol, también se llevaron la corona.

Y en el fútbol, con esta clase de grandes, siempre hay una advertencia que debe hacerse: nunca darlos por muertos. Si hay un equipo jodido en los mundiales, ese es el brasileño.

La canarinha lleva años lejos de su mejor nivel; desde ese título en Japón y Corea, los pentacampeones del mundo no volvieron a ser protagonistas en la Copa del Mundo. Pero ahí, cuando nadie los tiene en la cuenta, es cuando son más peligrosos.

Y ayer dieron una muestra de ese poderío, de esa jerarquía. Me lo expresó el viejo un par de horas más tarde, cuando me lo encontré en “La casa de Ronaldo”, varias cuadras más arriba, en pleno centro de Miami.

Tremenda fiesta tenían armada ahí los brasileños. Había concierto, fútbol tenis, comida y muchísima cerveza.

Los hinchas se subían a cantar uno a uno a la roda de choro, en un carnaval a miles de kilómetros de casa. Todos, menos el viejo, que se quedó hablándome de cómo Brasil los va a sorprender a todos. “Créame a mí, que yo he visto muchas veces a mi país alzar la Copa del Mundo”, me expresó.

Y para picarle la lengua, le recordé que lo vi en el bar, horas antes, cuando parecía que se les venía la noche, pidiendo que sacaran a Casemiro, el que hizo posible esa fiesta. Se partió de la risa, pero enseguida se puso serio y me miró directo a los ojos. “Así toca con estos jugadores, a veces toca apretarlos”.

Entonces, se acabó la charla y empezó el baile.Siga a la nueva versión digital de la sección deportiva de El Espectador.El Espectador🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El EspectadorManténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE.

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