El lujo que desborda sus propios límites

El vehículo sale de Origins Astral rumbo a una finca vecina. Claudia Silva nos lleva a un tour de cabalgata que culminará con la visita a un mariposario.
Es una ruta que ella conoce de memoria.En el trayecto vemos una pequeña escuela, cerrada por ser fin de semana. Silva cuenta, al pasar, que el hotel ha contribuido a mejoras en el edificio, lo mismo que en la iglesia local.
Poco después frena. Hay un señor mayor arreglando una cerca.
Baja la ventana y lo saluda por su nombre. No son las diez de la mañana y en Bijagua ya el calor es denso, sin brisa que alcance; pero el hombre le devuelve el saludo con una amplia sonrisa.
Son viejos conocidos. Un poco más adelante, el vehículo se detiene de nuevo.
Aquí no hay nadie, pero Silva señala hacia la izquierda: una plantación de cacao. Las matas se ven resecas, amarillentas, con ese aspecto de cosecha que no va a llegar.
Las observa un momento y nos cuenta que estos vecinos han cultivado cacao por años, pero este año difícilmente van a sacar algo de esa tierra. La paradoja duele: el cacao de Upala fue reconocido entre los mejores del mundo en 2023, pero esa distinción no alcanza para compensar el efecto del cambio climático.Después de un momento, arrancamos de nuevo.Meses después, en la costa de Guanacaste, con otro grupo de periodistas, caminamos con Gabriela Meza por los senderos de Reserva Conchal hacia la Huerta Najui.
En el trayecto habla con soltura: cuenta cómo cambió el frío de Cartago por el calor del Pacífico, cómo llegó para un primer trabajo y nunca encontró razón para irse. Cuando llegamos, la esperan Filenia, Carolina y Claudia —tres jefas de hogar de pueblos cercanos que convirtieron un terreno en un proyecto agrícola que abastece los restaurantes del complejo.
Meza las presenta y se hace a un lado. Prefiere que sean ellas quienes expliquen cómo funciona la huerta, qué siembran, cómo lo hacen.
Las escucha desde el fondo con una sonrisa que no necesita ser protagonista.Afuera, en el apiario, dos millones y medio de abejas polinizan el bosque tropical seco. Adentro, tres mujeres que no estudiaron agronomía hablan de flores comestibles y técnicas agroecológicas.
Todo eso ocurre porque alguien se tomó el tiempo de construirlo.Una en las faldas lluviosas del Miravalles, la otra en la costa seca del Pacífico. Dos mujeres que no se conocen, en dos regiones distintas, que llegaron sin ponerse de acuerdo a la misma convicción: un hotel de lujo no es una isla.La mexicana de BijaguaClaudia Silva vino a Costa Rica por unos meses, con un contrato de consultoría.Mexicana de formación impecable —licenciatura en hotelería en Ciudad de México, maestría en alta dirección hotelera en Ginebra—, su carrera había pasado por Four Seasons en México y Punta Mita, por hoteles boutique en varios países, y por un proyecto de 250 millones de dólares en Nicaragua, donde aprendió algo que cambiaría su manera de hacer hotelería: que una propiedad de lujo en una comunidad rural tiene la obligación de acompañar a esa comunidad, o se convierte en un enclave.El encargo que la trajo a Bijagua era preciso: convertir una residencia privada en la montaña en un hotel boutique de lujo.
Ese hotel era Origins Floral. Cuando la consultoría terminó, el propietario le pidió que se quedara como gerenta.
Ella lo pensó.Era una oportunidad que no quería dejar pasar y aceptó. Años después vendría un segundo proyecto, igual de ambicioso: Origins Astral, una inversión de diez millones de dólares en siete villas diseñadas bajo la cosmología de la tribu Maleku, cuya apertura Silva acompañó desde la búsqueda del terreno.“Yo siempre digo que este es el último escalón al que un profesional de la hotelería puede aspirar: ser gerente general.
Y yo soñaba con eso.”La “mexicana”, como la conocen sus vecinos, lleva más de siete años en Bijagua. Y todo indica que echó raíces.La mujer de la bicicletaGabriela Meza llegó a Reserva Conchal hace más de veinte años desde Cartago, para su primer trabajo.
También terminó quedándose.Estudió Ingeniería en Seguridad Laboral e Higiene Ambiental en el TEC, luego hizo una maestría en Responsabilidad Social y Medio Ambiente en la Universidad de Salamanca. Una ruta que, vista desde afuera, parece diseñada para llegar exactamente donde llegó.
Ella lo cuenta diferente.“Toda la parte de Responsabilidad Social fue algo que no estaba dentro de mis planes. Pero cuando entro a Seguridad Laboral me doy cuenta de que velar porque la gente esté bien se volvió algo muy importante para mí.”Hoy lidera el área de sostenibilidad de Reserva Conchal.
Pero para entender cómo lidera, ayuda saber que fue nadadora profesional desde los seis años hasta los veintiuno. Entrenaba dos y hasta tres sesiones diarias, se perdió las fiestas y pijamadas de la adolescencia, y ganó medallas que, confiesa, no le producían satisfacción.
Cuando llegó a Guanacaste, necesitaba un deporte que fuera lo contrario: sin podios, donde el logro fuera completamente interno.Una en las faldas lluviosas del Miravalles, la otra en la costa seca del Pacífico. Dos mujeres que no se conocen pero que llegaron a la misma convicción: un hotel de lujo no es una isla.Para un cumpleaños su esposo le regaló una bicicleta de montaña.
El primer año se bajaba en cada cuesta. Al segundo pudo subirlas.
Luego se animó a bajarlas. Más adelante completó la Ruta de los Conquistadores, sola, con el miedo a los resultados todavía presente pero ya aprendido a silenciar.
En esos recorridos por los senderos de Guanacaste aprendió algo que llevaría al trabajo: que el espacio con uno mismo es donde se toman las mejores decisiones, y que el miedo no es una razón para detenerse, sino una señal de que vale la pena seguir.“La bici se convirtió en el lugar donde tomo las mejores decisiones. Si tenés que preguntarme algo valioso, pregúntame cuando me bajo de la bicicleta.”Ese principio lo aplica con las personas que trabajan con ella.
Habla con soltura de lo que hace y de lo que le apasiona, pero tiene una convicción que la define como líder: entre más le digan sus subalternos que algo les da miedo o no les gusta, más los reta a hacerlo. Don Jorge Moreno, el jefe del Centro de Valorización, es su mejor ejemplo.
Meza se tomó el tiempo de entrenarlo para hablar en público —algo que lo aterraba— y hoy es él quien recibe a los visitantes y les explica, con orgullo y detalle, los logros del proyecto. Ese es su estilo: formar a las personas hasta que puedan brillar solas.“Lo más importante era tener la capacidad de decir: lo hice mal.
Abrir esa discusión —de que equivocarnos es de las cosas más ricas que nos pueden pasar— fue el punto de inflexión.” — Gabriela Meza.El lujo que no aparece en los folletosHay cosas que no salen en las fotografías de Origins ni en los catálogos de Reserva Conchal.No sale la reunión en que Silva le explicó a un emprendedor local cómo estructurar un tour para que los turistas extranjeros pudieran pagarlo con tarjeta. No sale el tiempo que dedica cada semana a la Cámara de Turismo de Río Celeste —Caturi—.
No salen las horas que pasa acompañando a vecinos a formalizar sus negocios.Su método tiene un nombre que ella misma acuñó: mapear. Cuando llega a un lugar nuevo, recorre la zona, visita la municipalidad, va a las cooperativas, pregunta quién es quién, identifica talentos.
Ve qué necesita el hotel y qué puede ofrecer la comunidad. Con esa información arma un rompecabezas.“Uno no va a estos espacios a imponer una cultura.
Uno llega a acompañar, a sugerir. Porque sin la comunidad, no somos nadie.”En Reserva Conchal, ese mismo principio toma otras formas.
Cinco proyectos —un apiario, una huerta, un vivero, un centro de valorización de residuos y un programa de educación dual— funcionan de manera articulada, cada uno conectado con los demás.El apiario tiene 2,5 millones de abejas en 50 colmenas. La miel que producen ganó el Premio Platino en los London Honey Awards 2025, la única miel costarricense en alcanzar esa distinción entre más de 250 muestras de todo el mundo.
La Huerta Najui produce vegetales, hierbas aromáticas y flores comestibles para los restaurantes del complejo, abonada con el compost del Centro de Valorización, que aprovecha el 96,57% de los residuos de la operación. El Vivero mantiene más de 50.000 plantas de más de cien especies para reforestación y paisajismo.Y el Programa de Educación Dual —que Meza impulsó desde 2014, antes incluso de que existiera una ley que lo regulara— ha graduado a más de 400 jóvenes en gastronomía, servicio de alimentos y bebidas, mantenimiento hotelero y, desde 2025, inteligencia artificial.
El 85% de los graduados encuentra empleo; más del 70% se queda en el propio Conchal.Ese programa no nació sin tropiezos. Para trazarlo, Meza viajó a Alemania —su primer viaje en solitario— a entender el modelo original.
La primera generación no culminó como esperaba. Lo reconoció públicamente.“Lo más importante era tener la capacidad de decir: lo hice mal.
Abrir esa discusión —de que equivocarnos es de las cosas más ricas que nos pueden pasar— eso fue el punto de inflexión.”Las personas detrás de la experienciaEl tour a caballo en Bijagua termina en una finca vecina a Origins. Nos recibe una casa de campo con hamacas en el corredor y un silencio que solo interrumpen los pájaros.
Aquí, entre árboles y sombra, cultivan mariposas. Cuando entramos al mariposario, el grupo se dispersa instintivamente: todos intentamos lograr una foto con una morpho azul posada en la mano.
Es casi imposible no hacerlo.Ericka Martínez Bonilla lleva ocho años aquí. El mariposario lo inició su suegra, casi por accidente: quedó con tiempo libre después de distribuir la herencia en vida a sus hijos y empezó a criar pupas, sola, exportando quince por semana a dos dólares cada una. “No sé cómo le alcanzaba la plata”, recuerda Ericka.
Cuando llegó al negocio familiar, encontró algo que valía la pena sostener. Se quedó.Hoy son cuatro: la suegra, el suegro, el esposo y ella.
Producen morphos, cáligos y otras especies en un proceso que empieza con la recolección de huevos, pasa por laboratorio, campo y bolsas protegidas en los árboles, y termina con pupas exportadas a Nueva York, México, Europa y Arabia. Cuando el mercado de exportación se cierra —cosa que pasan—, tienen un cliente local confiable: el hotel Diamante en Guanacaste, que les puede pedir hasta 800 morphos por semana.Lo que Silva hizo fue ver en el mariposario un atractivo turístico, y en Ericka una guía natural.
La conectó con los huéspedes de Origins, le explicó qué espera un viajero internacional y la acompañó en el proceso de formalizar la experiencia.“El acompañamiento es la clave del éxito”, dice Silva. “Si uno como empresario no acompaña a la gente que necesita ese espacio y ese tiempo, difícilmente van a poder tener una visión más clara de su negocio.”“Lo más importante era tener la capacidad de decir: lo hice mal. Abrir esa discusión —de que equivocarnos es de las cosas más ricas que nos pueden pasar— fue el punto de inflexión.” — Gabriela Meza.Para Ericka, el mariposario no es solo un ingreso: es tiempo.
Tiempo cerca de sus dos hijas, un trabajo que transcurre en el mismo terreno donde vive y que le permite estar en casa cuando ellas regresan de la escuela.En Reserva Conchal, el mismo principio tiene otras protagonistas. Filenia, Carolina y Claudia son jefas de hogar de poblados cercanos al complejo que tomaron un espacio de tierra y lo convirtieron en la Huerta Najui: un proyecto que abastece de ingredientes frescos —flores comestibles incluidas, desarrolladas con la asesoría de una estudiante de la UCR— a los restaurantes de uno de los complejos hoteleros más grandes del país.
Clientes de otro nivelLos viajeros que llegan a Origins o a Reserva Conchal ya estuvieron en los Four Seasons, en los Rosewood, en los Aman. Ya durmieron en las mejores habitaciones del mundo, ya probaron los mejores vinos.“Ellos tienen un poder adquisitivo muy elevado pero son muy sencillos en su ser”, dice Silva. “Ya vienen buscando estar más aquí, con el empleado, con la autenticidad del lugar.
Están dispuestos a descubrir nuevas cosas porque lo demás ya lo hicieron.”El viajero que viene a Bijagua a ver la niebla sobre el Volcán Miravalles y escuchar las ranas de noche, o el que llega a Guanacaste a caminar por el bosque tropical seco y probar miel con sabor a manglar, no quiere solo comodidad. Quiere conexión.
Quiere saber que lo que vive ahí no podría vivirlo en otro lugar: descubrir morphos en su estado más natural y encontrarse con la abeja reina en un apiario.La arquitectura está. La comida también.
Pero lo que convierte una experiencia extraordinaria en algo que el viajero no olvida va más allá de los acabados y los menús: se construye con tiempo, con conversaciones, con una gerenta que mapea su comunidad antes de pensar en su oferta, y con una directora de sostenibilidad que resuelve el mundo en bicicleta y vuelve con las ideas más claras. Eso es lo que ningún catálogo puede prometer, y lo que estos dos destinos sí tienen.No hay una definición oficial del nuevo lujo en Costa Rica.Pero si uno mira cómo trabajan Claudia Silva en Bijagua y Gabriela Meza en Guanacaste, algo se vuelve claro: el lujo que importa no es el que se mide en metros cuadrados ni en el precio de una copa de coñac, aunque ambos también estén.
Es el lujo de un modelo que funciona porque beneficia a más de uno.Lo que convierte una experiencia extraordinaria en algo que el viajero no olvida va más allá de los acabados y los menús.Ericka Martínez sigue criando mariposas. Filenia, Carolina y Claudia siguen sembrando flores comestibles.
Los jóvenes de Guanacaste siguen graduándose. Y en una finca de Bijagua, una plantación de cacao lucha contra el clima: un recordatorio de que este modelo no lo puede todo, pero sí lo intenta.Y las dos mujeres que tejieron esas redes siguen en sus puestos: mapeando, pedaleando, acompañando, sin necesidad de ser protagonistas de las historias que ellas mismas hicieron posibles.El turismo que vale la pena —el que genera raíces en lugar de extirparlas— siempre tiene ese rasgo: que cuando se observa de cerca, detrás del hotel hay una comunidad.
Y detrás de la comunidad, hay alguien que se tomó el tiempo de conocerla.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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